Carta al alma

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Hola Alma, Salud. Sólo a ti puedo escribir las cosas más felices de este mundo; a nadie más. Pierdo mi reserva, revelo mis secretos, dejo a un lado el pudor que los demás me imponen con su mirada entre inquisitiva, incrédula y sarcástica; no importa; ¿qué podría importarme? Yo, el anacoreta, ando en solitario, miro el fondo de lo imprevisible, mil eternidades guardo en mi maleta, la piel se ha convertido en ojos. Andando por tus predios, las estrellas me dan un nombre, una música, una palabra secreta; yo las siembro para ver nacer tus alas. He buscado a alguien con ojos de loto para contarle mis secretos, no la encuentro. No importa; ¿quién me va a creer? Nadie es profeta en su tierra, afuera sólo hay risas, suspicacias. ¿A quién podría mostrar tu brillo, sino sólo al secreto que te guarda, sólo a la íntima estación deshabitada?
Debería serte enteramente fiel, pero me pierdo muchas veces en los extramuros; perdóname. Sulamita hermosa, tu sonrisa serena es mi único espejo de las magias, tu río alegra mi Ciudad de Dios, canto aleluyas en la intimidad desconocida. Me despierto con tu gracia, me duermo en tu recinto; he grabado las palabras de San Agustín en todas mis paredes escondidas: “No salgas de ti, en ti habita toda la verdad”. Y también las de ciertos sabios de la India: “Eres Ser, Conciencia, Bienaventuranza”. Podría invitar a los demás, pero sé que no vendrán. Tal vez “profanizando” (invento el término) con palabras de sabios como Descartes, alumbraría la entrada de mi templo: “Así, vivere beate, vivir con felicidad (béatitude), no es otra cosa que tener el espíritu perfectamente contento y satisfecho”. O quizás del gran Spinoza, para que no haya dudas malintencionadas: “El sabio, por el contrario, considerado en cuanto tal, apenas experimenta conmociones del ánimo, sino que, consciente de sí mismo, de Dios y de las cosas con arreglo a una cierta necesidad eterna, nunca deja de ser, sino que siempre posee el verdadero contento del ánimo”. Ya lo ves, allí me regocijo, el “lugar secreto del Altísimo” es mi único minarete de la suerte para la fiesta de los días. Pero dime: ¿por qué eres “la piedra que los constructores olvidaron en el rinconcito”? Te guardo, te cuido en la bolsita que se había extraviado en los olvidos. “Si bien lo entiendes, en mí solo te has de alegrar, en mí solo has de esperar”, como dice cierto libro hermoso de Kempis que algunos habrán leído. Y entonces me pregunto: ¿Por qué te abandono muchas veces y caigo en los afueras? Aquí sólo están la inquietud, la envidia, la maledicencia y el temor; el monstruo de los siete días crece a cada instante en las esquinas y portales del humilladero; ese puente me agacha la mirada, me atrae hacia el suelo, me rinde con el remolino del cieno y la fatalidad.
Querida Alma, discúlpame si hoy he perdido el pudor revelando mis secretos, que son también los tuyos. Yo, el anacoreta, vuelve a su cueva de silencio, donde goza de un vino de intangible sabor, vendimiado en los desiertos… y al final siente un Aleluya totalizante, incontaminado y absoluto, así los demás no lo crean. Salud, Alma; te saludo desde el desierto; comeré ahora mis dátiles secretos, miraré tu cielo donde tienes sonrisa eterna. Si abres la puerta, nadie la cierra; si la cierras, nadie puede abrirla. Te conozco, prepárame tu lecho entre las nubes.
(Y a ti, amigo, si por casualidad encuentras mi carta perdida y arrugada en cualquier rincón de los arrabales y me lees, excúsame: El que pueda creer, entienda.)




