El instante abandonado

Rodrigo Valencia Q., 2011-2012
Especial para Proclama del Cauca
La primera mirada a este libro de Rodrigo Valencia Q. es para la portada: una pintura del autor, en matices azules y simetría geométrica; abajo, lado izquierdo, un jarrón; en el centro, un busto masculino de expresión silenciosa; ambos de rojo bronce. Del lado derecho, apenas insinuada, una figura femenina, evocación de la estatuaria clásica.
Sin abandonar la mirada, advertimos la composición de este sobrio libro de 60 páginas: encuadernado en hilo trenzado, obra también del autor. Este significante, aparte de sugerirnos la polifacética formación del artista, destella otros significados: la condición viva de los libros físicos. La suma de todo eso es un regalo para los lectores que nos resistimos a cambiar nuestros hábitos de lectura por los conciertos virtuales de los polifemos informáticos.
Entrados en materia, ojeamos las hojas blancas del libro y advertimos la intención del autor: poner en cada página una prosa poética con el tema respectivo, cincuenta en total, con los asuntos que le han ocupado en el último tiempo su pensamiento de hormiga arriera. En el primero Hay un sueño… y el último Una puerta de aire. En la mitad una miríada de instantes sugeridos al interés del lector.
Para orientar este artículo, indagué sobre las constantes temáticas, y encontré (los describo en orden a su frecuencia):
AMOR. En las líneas de este tema es posible inferir las distintas realidades del amor como búsqueda, exploración…:
Es mejor el amor al conocimiento.
he quebrado miles de ánforas intentando el amor.
EROS. Es el amor, específicamente como deseo, demanda…:
el deseo era imperioso, el sudor unía nuestras profundas latitudes.
Crujen las sedas, las trenzas se deshacen, algo ocurre en la gloria de los cuerpos.
MUERTE / TANATO. El Yo de estos requiebros sabe la filiación que hay entre amor y muerte, no otra cosa es el orgasmo: un morir en el instante para vivir la plenitud:
Ella murió en mis brazos
Se me va haciendo ajena la existencia, voy huyendo de todo compromiso con los labriegos del día.
…mi funeral fue el comienzo de la vida.
Me dijo: “Muérete”.
CIELO. Para un lector inquisitivo es ya notable que esta frecuencia responde también a la unidad estructural interior, no obstante que cada texto puede leerse independiente del otro. Cómo negar, por ejemplo, la intrínseca relación entre amor, eros y cielo:
¡quién pudiera abrir eternamente el cielo!
Serían necesarias siete veces siete caricias para despertar el paraíso…
El cielo me reclama… la puerta está cantando.
MISTERIO. Si las líneas hasta ahora destacadas en esta descripción argumental han pulsado la emoción del anónimo lector, se ofrece la otra cara de la luna poética, el misterio:
…descubrir el misterio que guarda su castillo.
El misterio me miró profundo.
Uno nunca sabe… El pino protegió nuestro misterio.
<>. Así es. El sentido del texto poético habla de modo distinto a cada lector, el poeta no es dueño de esa alada escritura, y es posible que ni sospeche lo que nos está revelando. Por eso nos convoca a “descubrir el misterio que guarda (en su) castillo”.
PALABRA / VERBO. El autor tiene plena conciencia de ser un amanuense de la palabra; sabe del camino incierto que transitará su verbo. Sabe que el poeta habla para sí mismo, y si acaso hay otro receptor de la inutilidad de su arte, se asegura que no sea un sujeto animado, por eso nos dice que:
soy sólo palabras sin cuerpo.
cierta displicencia era su único lenguaje.
“La vida es escalera de palabras, el cielo es el origen del verbo”.
leo mis poemas a las piedras.
CONOCERSE A SÍ MISMO. Consciente de su indefensión ante el “desocupado lector”, el autor se despide, señalando el grado de responsabilidad que nos asiste, al menos al garante de estas líneas, quien ha pretendido aproximarse a los arcanos de Rodrigo Valencia Q.:
…todo está en ti mismo.
conocí la cara oculta de las cosas
he mirado adentro, y he aprendido.
Para decir: Yo soy.




