- Un libro que rescata la memoria de los macheteros del Cauca
- Puerto Tejada guarda en este libro su tradición libertaria

El pasado sábado, 12 de septiembre, en la Casa del Cacao de Puerto Tejada, el maestro Miguel Vicente Lourido presentó «Esgrima Cimarronaje Libertario», un libro que reúne la memoria de la grima caucana, el arte marcial de las comunidades negras del norte del Cauca. La obra recoge una historia que empezó como práctica de resistencia y que hoy convive con la danza, el deporte y la defensa simbólica de la vida y el territorio, en una región marcada por el despojo y el conflicto.
Allí, entre recuerdos familiares, plantas de cacao, machetes, bordones y voces heredadas, el maestro Miguel Lourido, de 67 años, dirige la Academia de Esgrima de Machete y Bordón de Puerto Tejada y encarna la sucesión de los legendarios macheteros del Cauca. Con este libro plantea un ejercicio intergeneracional que revitaliza saberes heredados, fortalece el tejido comunitario y apuesta por la cultura como camino de paz, identidad y permanencia en el territorio.
La esgrima de machete y bordón, conocida tradicionalmente como «grima», es el arte marcial ancestral de las comunidades afrocolombianas. Su historia está ligada al cimarronaje libertario, el proceso en el que las personas esclavizadas rompían sus cadenas, huían de las haciendas coloniales y fundaban palenques, comunidades libres y autónomas. Recientemente la disciplina recibió su mayor reconocimiento institucional al ser declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de Colombia, un paso que consolida su tránsito de arma de combate a herramienta de memoria e identidad.
De la esclavitud a la libertad

Durante la época colonial, las poblaciones afrodescendientes fusionaron técnicas marciales de origen africano con elementos de la esgrima europea. El machete, impuesto como herramienta de trabajo forzado para el corte de caña de azúcar, fue apropiado por los cimarrones como instrumento de defensa. El cimarronaje fue el movimiento libertario y de rebeldía permanente que llevó a estas poblaciones a huir hacia enclaves de difícil acceso, como el norte del Cauca o el litoral Pacífico, donde la esgrima se convirtió en el método principal de defensa personal y supervivencia colectiva. Los mismos machetes que cortaban caña sirvieron después para enfrentar a los ejércitos esclavistas y defender los territorios liberados.
El entrenamiento en la técnica caucana de la esgrima empieza con el bordón, un bastón de madera, para desarrollar reflejos antes de pasar al machete. Es una esgrima saltada y dinámica, que exige agachar el cuerpo y desplazarse con malicia para esquivar los ataques. El contacto visual directo con el adversario cumple un papel central: los maestros enseñan que mirar el rostro anticipa el próximo movimiento del contrincante. Durante generaciones, las reglas y los movimientos no se escribieron; el conocimiento se transmitió de manera oral, mediante entrenamientos estrictos liderados por los maestros.
La academia de Las Dos Aguas

A dos cuadras del parque principal de Puerto Tejada y de la iglesia Inmaculada Concepción, en la misma Casa del Cacao, funciona la Academia de Esgrima de Machete y Bordón, la escuela con mayor visibilidad nacional y una pieza clave en la declaratoria de patrimonio. En su patio crecen plantas de cacao, un detalle que conecta el lugar con el origen mismo de la tradición que allí se enseña.
El maestro Lourido cuenta que la historia «empezó a finales del siglo XVIII, cuando llegaron aquí africanos que huían de las haciendas esclavistas y empezaron una vida libre en el palenque conocido como Monte Oscuro, donde, entre otras cosas, cultivaron el mejor cacao de la región». Los africanos llegados a Monte Oscuro traían conocimientos de artes marciales y formas de esgrima de sus pueblos de origen, que se mezclaron en América con el uso del sable que portaban los españoles. De esa mezcla nacieron las técnicas que los primeros maestros adaptaron a los machetes y combinaron con el bordón, una vara hecha de guásimo, un árbol de madera flexible propio de la región.
Los registros históricos ubican a los macheteros afrodescendientes entre las principales fuerzas de las batallas de la Independencia, donde lucharon con la promesa de que se aboliera la esclavitud. Participaron también en la Guerra de los Mil Días. «Los macheteros caucanos, en ambos bandos, tanto liberales como conservadores, eran de los más temidos», dice el maestro. La última gran guerra en la que intervinieron fue la colombo-peruana, donde sorprendieron a las tropas de Perú en operaciones nocturnas.
El linaje de un ingeniero electricista

Un rasgo distintivo de Miguel Lourido es su doble condición profesional. Es ingeniero electricista, docente universitario e investigador, y esa formación analítica lo llevó a documentar el arte marcial con el mismo rigor con que lo practica, combinando la técnica corporal con la investigación histórica y una pedagogía estructurada.
«Yo me hice esgrimista por tradición familiar, porque mi bisabuelo materno, José Vélez, era maestro de esgrima de machete, y aquí hablaban mucho de eso. Yo estaba pequeño y me quedaba sorprendido con las aventuras que contaban, luego empecé a ir donde algunos maestros se reunían y, poco a poco, me fueron dando instrucción, luego mi bisabuelo se enteró que yo también iba por ese camino», recuerda Lourido. De niño se escabullía para ver entrenar a los legendarios «Macheteros de la Muerte» y a los 15 años se unió formalmente al grupo. Con el tiempo se convirtió en discípulo exclusivo del gran maestro Héctor Elías Sandoval, de quien heredó secretos técnicos coloniales y republicanos.
Sandoval, conocido como «don Sando», fue machetero, poeta, luthier y coreógrafo. Murió en 2022, a los 93 años, y el Ministerio de Cultura le otorgó el Premio Vida y Obra. Su frase preferida cuando invitaba a alguien a jugar la esgrima era «no traiga machete, que aquí le damos». Otra, «para la esgrima de machete hay que sabérselas todas y una más», resumía la exigencia técnica del arte, con paradas como el falso diagonal, en el que el machetero describe un triángulo de ida y regreso, amaga un lance para que el otro se cubra y luego manda el golpe al lado contrario.
De arma de guerra a herramienta de paz

Lourido lidera hoy la transición de un arma de guerra a un símbolo de convivencia comunitaria. En el barrio Las Dos Aguas de Puerto Tejada fundó la Academia de Esgrima de Machete y Bordón, donde desarrolló metodologías que alejan a los jóvenes de las dinámicas de violencia de las pandillas locales mediante el deporte, la filosofía ancestral y el autorreconocimiento étnico. La institución enfoca la grima como herramienta de etnoeducación y civismo.
La tradición del maestro llegó también a otros países. Viajó e intercambió saberes en Brasil, África y Estados Unidos, y trabajó con instructores de la diáspora en Los Ángeles, entre ellos Sonny Batata y el colectivo Pieter Performance Space, a quienes enseñó los fundamentos de la grima caucana. Participa además en redes globales que conectan esta tradición colombiana con otras artes de arma blanca de la cuenca del Caribe y Latinoamérica, como el juego de palo o el kokobale.
Alicia Castillo Lasprilla, directora del Centro de Memoria Étnica y Cultural La Casa del Cacao, ubicado en el mismo predio de la academia, sostiene que la práctica avanza hacia su plena salvaguardia. «Ya podemos decir que la esgrima de machete y bordón es un patrimonio cultural inmaterial, y estamos en el proceso de construcción del Plan Especial de Salvaguardia, creando esos programas, esas actividades para que este arte pueda ser sostenible en el tiempo y en el espacio, generando identidad, cohesión social y empoderamiento cultural aquí en el norte del Cauca y en Colombia», afirma. El plan define las acciones concretas para proteger la práctica en el tiempo.
El maestro Lourido añade un dato que atribuye a la disciplina misma: «la mayoría de macheteros han sido hombres longevos, fallecidos de causas naturales entre los 80, 90 y 100 años».
Un baile que ocultaba un arma

La grima es un arte marcial tradicional, una danza y un saber libertario ligado a la memoria de las comunidades afrodescendientes. El machete, herramienta original para cortar caña y abrir caminos en el campo, se transformó en manos de los esclavizados y los cimarrones en un instrumento de liberación frente a los opresores. La prohibición de portar armas de fuego o espadas llevó a disfrazar el entrenamiento como baile o juego, una estrategia que evitaba levantar sospechas entre los capataces.
A lo largo de la historia se consolidaron distintas escuelas y estilos de combate, transmitidos en secreto de generación en generación por los maestros de grima. Muchos de ellos vincularon el arte con rezos y secretos de la naturaleza, y practicaban el ritual de «cruzar» el arma para obtener protección espiritual durante el combate.
Hoy la esgrima de machete conserva su condición de expresión dancística, teatral y cultural en las festividades regionales, y sostiene el orgullo de la herencia afrocolombiana. Centros como la academia de Puerto Tejada trabajan con intensidad para salvaguardar esta tradición, que dejó atrás la confrontación violenta y se convirtió en instrumento de construcción de paz, pedagogía comunitaria y orgullo étnico. Mediante el baile, el juego y la simulación deportiva, las nuevas generaciones del suroeste colombiano reconectan con sus raíces y honran la memoria de sus ancestros libertarios. El libro del maestro Lourido, presentado este sábado en Puerto Tejada, queda ahora como registro escrito de esa memoria que hasta ahora había vivido solo en el cuerpo y en la voz de sus maestros.
Imágenes y cámaras: Periodista Juan Sebastián Pérez.
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