Santiago, el Gran Caballero


Sobre sus capas relucen
manchas de tinta y de cera,
tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras….
F. García Lorca
Cuando al Ángelus empezaban a doblar las pesadas y grandes campanas de San Cipriano, la ciudad parecía despertar de su modorra. El clima suave, nunca superior a los 21 grados centígrados y un cielo azul que raramente enturbian las tormentas, era propicio al sueño, a la inercia, al alcohol y a las llamadas por ellos aventuras caballerescas en las cuales el honor de alguna humilde doncella del pueblo quedaba a valer menos que el estropajo de las cocinas. Sin teatro definido para dar impulso a la farándula de los constantes balbuceos de su morboso espíritu quijotesco, lectores empedernidos de novelas folletinescas y profanos tergiversadores de los más nobles pensamientos de Goethe, el Doctor Fausto tenía en el corazón de cada uno de ellos el modelo, el patrón a seguir de su vida futura.
El Doctor Fausto surgía un poco después de que las grandes campanas de San Cipriano quedaran silenciosas, dando sombra al claustro adyacente que, a sus pies, solía agitarse con la presencia, en las jornadas de violenta animación política, de numerosos monjes indispuestos y gamonales deseosos de poder.
Fausto fungía ser el Maestro, hábil escamoteador de oscuros poetas y de otros tantos filósofos del sombrío mundo medieval. Era fatal y fetal su dialéctica de conceptos fríos, inhumanos a veces dentro de versos perfectos de sonora y contundente rima.
Los dictámenes del Príncipe eran un dogma de fe tan cierto como su firme convicción de las cosas extraterrestres. Ningún valor inspiraba el respeto a la amistad si el pequeño, el diminuto y soberbio Fausto sentía el capricho de requerir de amores a la esposa del amigo, aun a costa de la destrucción moral del afectado prójimo. Nunca le paró bolas al Sermón de la Montaña.
El escándalo era el pan cotidiano de estas almas mezquinas como ratas prontas a roer la honra de las casas vecinas, tal parece que el nefando sino de los excomulgadores de España gravitara en ellos con todos sus prejuicios de casta. Cada quien ha sido descendiente de tal o cual aguerrido capitán, pero dobladas cuidadosamente las páginas de la historia, olvidaron deliberadamente que hasta las mujeres que llegaron siguiendo a los rufianes nada tenían de santas ni de matronas de sabia y sana reputación. Pero no importa. El oro robado a los indígenas y los grandes feudos escamoteados donde antes existieran poblaciones aborígenes, sirvieron de basamento para colocar en las fachadas de las augustas y proceras mansiones de adobe y piedra, de anchos ventanales y enrejadas puertas, baldosas de mármol con imaginarios escudos de armas y divisas en latín procedentes de las hábiles manos de embaucadores y fraudulentos artistas de las casas reales de la península capaces de vender hasta el alma por el oro de las Indias.
La ciudad acusaba sus furtivos pasos después de la medianoche, su negra capa española al viento recordaba los trágicos presentimientos del gitano de Granada, al fondo el inminente volcán padre de todas sus tragedias era partícipe de las canallescas jornadas mal llamadas aventuras caballerescas, alguien hubo de gritarle que no buscara trancas para mantener los vicios de sus progenitores, todos aquellos que saliendo de las cárceles se embarcaron en el Puerto de Palos y quizá también en Alicante para alimentar la fiebre de un sefardí adiestrado en las ya casi olvidadas galeras de los vikingos.
Pero, ¿qué importa? El dinero todo lo borra y todo lo perdona. Los desposeídos creyeron encontrar en el hijo de este engendro de los siglos pasados una luminosa estrella, como aquella otra que los condenó durante la rotación del tiempo a la sumisión y a la noche eterna de los tabúes y las mentiras. Hecho por conveniencia política vocero de los pobres, estos humildes borregos de la indigencia y el hambre le siguieron hasta las urnas electorales, a la búsqueda de la multiplicación del pan y de los pesos, sellando entonces su fracaso frente a los grandes pulpos de tentáculos de acero asentados no en la tierra sino en las poderosas turbinas industriales. Tascando su odio de casta vencida juró, más allá de la tumba, volver un día a la lucha, pero ya los nobles de España no podían competir en nada con los mestizos ensoberbecidos por el crecimiento de la industria que alimenta su voraz apetito de poder y gloria. Ahora los siervos lo son de las máquinas y no de la tierra, ya no está Dios en los templos en donde el incienso y las pequeñas antorchas de cera acostumbraron al hombre a la penumbra, la penuria está hoy en el aceite, en la chispa y el petróleo.
¡Vive Dios!, gritaban entonces, “¡por Santiago!” añadían los demás desplomándose con furia y fuego sobre los supuestos bandos enemigos. Un eco de siglos regresa con otro potente grito “¡Alah es grande y poderoso!”
Revólveres y fusiles enriquecieron las manos de los civilizados bárbaros en el corazón de la gleba. Los grandes incendios de la selva, a 300 años de distancia, retornaron a prender sus lenguas de fuego en los inmensos caserones, a transportar la antorcha de la rebeldía en el filo de los machetes. El polvo regresó a la tierra, desandó el espíritu la despavorida fuga del aborigen frente a los mosquetes y la cuadrumana bestia. Pero una extraña y luminosa estrella empezó a arder inmisericorde en las lejanas plantaciones de tabaco y caña. El terror se hizo entre los carceleros y los lacayos del imperio. Los añejos y nobles señores de blancos guantes y gorgueras sellaron un nuevo pacto por la búsqueda de una fórmula mágica capaz de apagar tan demoniaco peligro, pensaron entonces en la ciudad perdida en el siglo de las brujas. La maldición de Fausto estaba cumplida. Redivivo en el nieto de los nietos, de elocuentes palabras, de gesto pragmático y gallardo, regresó con las huestes de Santiago, olvidando deshonores y ofensas, coronaron la melenuda testa con olivos y mirtos. Pócimas y retortas donde ardía azul el alcohol iluminaron sus noches, oh gloria inmarcesible, para que las sombras fatídicas de los verdugos encontraran su camino en los laberintos, salones y pasillos del Palacio de la República.
PAUL DISNARD



