¿Registrador garantista?



Cada cuatro años nos repiten que la democracia está garantizada.
Que el sistema es sólido.
Que las instituciones funcionan.
Que todo está bajo control.
Pero la democracia no es un acto de fe.
En Colombia, la organización de las elecciones está en manos de la Registraduría Nacional del Estado Civil.
Esa es su función constitucional: logística, jurados, tarjetones, escrutinios preliminares.
Y sí, es una institución necesaria.
Pero de ninguna manera, es la garantía suprema.
La verdadera prenda de garantía está en algo mucho más simple y mucho más poderoso: —un testigo electoral—sentado en cada mesa.
Un ciudadano acreditado por cada partido o movimiento político que observa, anota, verifica, firma y, si es necesario, reclama.
Cuando hay un testigo por partido:
— Se vigila la instalación correcta de la mesa.
— Se observa el comportamiento de los jurados.
— Se cuenta voto a voto sin atajos.
— Se revisa el diligenciamiento del formulario E-14.
— Se dejan constancias si algo no cuadra.
Eso es control cruzado.
Eso es equilibrio.
Eso es democracia viva.
La corrupción prospera en la oscuridad.
Pero cuando hay ojos de todas las orillas mirando el mismo acto, el margen para el fraude se reduce dramáticamente.
No porque el sistema sea perfecto, sino porque la vigilancia lo obliga a comportarse.
Ahora bien, vale recordar un episodio reciente:
El registrador nacional, Hernán Penagos Giraldo, salió a varios medios hegemónicos a denunciar que millones de firmas para la inscripción de varios candidatos eran falsas y que habían sido anuladas.
Declaró que “eso había que castigarlo”.
La afirmación fue grave.
Gravísima.
Pero la pregunta que queda en el aire es: ¿se tradujo esa denuncia mediática en acciones judiciales concretas?
¿Se presentaron denuncias formales ante la Fiscalía?
¿Se conocieron resultados?
Cuando las acusaciones se quedan en el micrófono y no pasan al expediente, la duda en la institución crece.
La confianza institucional no se construye con ruedas de prensa, sino con coherencia.
Si algo es delito, se denuncia.
—El espectáculo mediático— de las denuncias del registrador se han traducido en desconfianza, porque a la final, solo fue eso, un espectáculo.
Y, desconfiar no es atacar la institucionalidad. Exigir consistencia no es sabotear la democracia.
Al contrario: es defenderla.
El voto no se protege desde un set de televisión.
Se protege en una mesa plástica, frente a un formulario, mientras se cuentan votantes uno por uno.
Por eso, la pregunta no es menor:
¿Registrador garantista?
Así las cosas, la mejor garantía para las próximas elecciones no es una declaración pública, no es la Registraduría, son los —testigos electorales— porque la democracia no se delega.
Se cuida.
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