EL NIETO DE DOÑA ANTONIA


Por Jaime Cárdenas
La importancia de la música de nuestro continente tiene un soporte indiscutible en Willy Colón, y hoy que sabemos de su muerte más convicción se tiene de que es uno de los grandes de la música Latinoamérica.
Es que si bien es cierto Willy Colón fue un ciudadano de New York, – nació en el bravo Bronx-, su voz se dirigió a los que inmigraron desde este Sur hasta la megalópolis, pero en lo fundamental a los habitantes de Latinoamérica.
Gracias a su abuela Antonia Román Pintor que cuidó a su nieto y allá en el Bronx le dijo que él era esencia puertorriqueño, y le compró a los 11 años una trompeta y además le dijo que en la vida, en el duro Bronx, como no tenía papá que lo defendiera, además de cuidar de la trompeta debía de darse trompadas si quería que no lo pisaran, si quería buscarse un lugar bajo del sol, gracias a ella tuvo un destino.
Y el niño creció y se hizo un talentoso músico al frente del trombón y fue un gran cantante.
Por algún tipo de celo se nos es difícil aceptar una versión que no provenga del compositor o de la primera y autentica versión. Es imposible pensar que alguien pueda cantar mejor Angie que Mick Jagger o Libre, sólo aceptamos a Nino Bravo. Sin embargo, con Willy Colón no ocurre así. O qué será, la oímos cantar en vivo muchas veces en el Brasil, traté de captar las ricas resonancias de esta canción-poema de Chicho Buarque, regresé al long play, oí nuevamente a Willy Colón en su versión y no pude menos que celebrarla, desde su brava introducción: “Yo creo en muchas cosas que no he visto y ustedes también, lo sé, no hace falta una prueba de certeza para aquello que es tan verdadero… es un tema en tecnicolor para hacer algo útil del amor”. Y empieza a cantar Willy Colón con esa voz firme y nostálgica, como cantada en una de esas tabernas donde van los que sobreviven a los naufragios.
“…Oh, qué será, qué será
Que vive en las ideas de esos amantes
Que cantan los poetas más delirantes
Que juran los profetas emborrachados
Está en la romería de los mutilados
Está en la fantasía de los infelices
Está en el día a día de las meretrices
En todos los bandidos y desvalidos
En todos sus sentidos, será qué será
Que no tiene decencia y nunca tendrá
Que no tiene censura y nunca tendrá
Y le falta sentido…”
Pero no quedan las cosas ahí con los grandes del Brasil. Willy Colón canta Distirimia de Martinho da Vila, el compositor y cantante de la escuela de Samba Santa Isabel de Río de Janeiro, “Yo quiero esconderme nena, bajo de saya para huir del mundo…”
La canta y nuevamente comprobamos que ya en otro idioma, con otro registro, bajo los cánones de la salsa, es posible esas conquistas, un paréntesis en lo que parece inigualable.
Se señala que el jazz, el rock, además del son y los ritmos caribeños están en Willy Colón. Valiosa influencia recibida en New York. Para los años de su formación New York era el centro cultural del mundo como lo fuera París en otro tiempo. En cuanto a esas influencias, de nuestra parte, encontramos un eco del bolero, de Tito Rodriguez, del mismo Daniel Santos, por ahí asoma ese toque nostálgico propio del bolero que llama a las evocaciones, a los buenos recuerdos.
Alguna insensatez y unas cuantas infamias dijo Willy Colón sobre los procesos sociales y los líderes de nuestra América. Los reflectores de New York, de Miami, son muy poderosos y costosos, en ocasiones nublan la vista y la razón se esfuma. Pero hay que ver, oír, a todos esos personajes de la cultura y subcultura popular que salen a la luz con Willy Colón, que cobran vida: el indio Camilo, Simón, Pedro Navaja, y cómo la ciudad, las ciudades de Latinoamérica son recreadas, para de esta manera ir más lejos de la simple ideología y reconocer que hay una exaltación a la vida popular. En este caso el arte borra esas graves equivocaciones, no las justifica, las supera.
El maestro Willy Colón se fue dejando un buen legado. En el café cinema de la 19, cuando suena Gitana, Idilio, la Murga, las parejas que bailan, los que escuchan desde las altas sillas, son todos en ese instante jóvenes, precisamente por el prodigio de estas canciones. En ese momento, el aire es más leve y la ciudad es menos gris. Ese poderoso hechizo, ese virtuosismo de entregar alegría con tan alto vuelo artístico, ¿cómo no reconocerlo y celebrarlo?
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