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lunes 7 abril, 2014 a las 12:10 pm

Colombia: una conciencia colectiva errónea

DCF 1.0
Alfonso Luna elecciones 2014
Por Alfonso Luna Geller

El ser humano es conciencia. Todo lo que logra es fruto de lo que le ordenan sus creencias, sus tradiciones familiares y su cultura, sus conocimientos, sus conceptos de vida. Nada es azaroso, lo que la persona obtiene es resultado de la formación que ha adquirido para obrar, es decir, de lo que la conciencia decreta.

La suma de las actitudes y aptitudes individuales más relevantes de quienes integran una comunidad le da a esa sociedad unas características propias que la distingue de otras, es su conciencia colectiva.

Y por nuestra conciencia colectiva, Colombia es un país reconocido mundialmente por la violencia ancestral que padece, por los altos índices de corrupción con que se ejercen las funciones públicas, por su miseria arraigada en los cordones populares que rodean a las ciudades y en regiones como la costa del mar Pacífico, irónicamente, llena de grandes riquezas; por la destrucción permanente del medio ambiente con anuencia de gobiernos locales, regionales y nacional, por la ineficacia del sistema judicial, por la indiscutible falta de garantías oficiales para asegurar la salud pública, por la práctica cotidiana de una politiquería perversa que evidentemente logra siempre “mayorías” y que algunos creen que eso es “política” de alto nivel; por su frondosa burocracia oficial improductiva, por los angustiantes índices de inseguridad citadina y rural, y hasta por la falta de civismo y solidaridad social, entre otras tipologías negativas que determinan la conciencia colectiva colombiana.

En contraste, Colombia, de acuerdo con el Barómetro Global de Felicidad y Esperanza, que revela la red Mundial de Empresas Independientes de Investigación de Mercados (WIN-Gallup International), sigue siendo el país más feliz del mundo, con un índice neto de felicidad de 84 por ciento por encima del promedio mundial de 48 por ciento. Lo cual es una categórica incongruencia de la lógica, pero “normal” en un país como el nuestro, que está condenado porque para el “sistema” entre menor conciencia (individual y colectiva) se cultive, mejor se protegen aquellas realidades que favorecen a unos pocos que están en la cima de la brecha social, para que esas “mayorías” siempre sigan en la sima, aunque felices.

Estas elucubraciones fueron confirmadas la semana pasada cuando se le mostró al mundo que Colombia también es el país más atrasado en educación, y en consecuencia, esas realidades colectivas tienen clarísima explicación.

Detectadas nuevamente las fallas en la formación de los ciudadanos, de la conciencia colectiva, nada va a pasar, inclusive las autoridades encargadas de la educación ya tenían a mano justificaciones para lo que saben que ocurre en este país. Por eso, nada va a pasar. Porque antes de hablar de formación cívica con contenidos para prosperidad y mejoramiento de la calidad de vida, el sistema tiene como meta más cobertura, más presupuestos, no para la investigación y la ciencia, sino para meterle más gente al proceso de adoctrinamiento que causa la educación en Colombia y que la mantiene en las condiciones en que está.

Todos los males que padece la población colombiana son consecuencia de la educación, que como está diseñada sirve para mantener adormecida la conciencia, para responder sólo a estímulos asistenciales, no de creatividad o emprendimiento, de vibración espiritual o de anhelo de superación. La educación es apenas un calmante, no un proyecto de vida. Un abogado en Colombia estudia para ser secretario de gobierno, concejal, diputado o inspector de policía, los que más aspiran, a ser magistrados de cualquier tribunal (poco de investigación y ejercicio jurisprudencial); un médico estudia para ser el vendedor de las pastillas que producen las multinacionales de la farmacia, para que lo nombren gerente de una ESE o una IPS, secretario de salud en alguna institución del Gobierno; no conozco qué otra cosa hace en este país un ingeniero si no es contratista del Estado y siempre me he preguntado dónde están los ingenieros electrónicos que producen las universidades colombianas porque nunca he visto un emprendimiento trascendental en este campo, todo llega del Japón y de la China o de Corea; y los ingenieros de sistemas… no hay investigación propia, los abonos, por ejemplo, también son importados, los agrónomos sueñan con ser ministros de agricultura porque no hay emprendimiento agropecuario tampoco… Y toda esta formación académica, desde pre-escolar hasta la universitaria esta diseñada así, para conservar la conciencia colectiva ya descrita. Es la única explicación de nuestro subdesarrollo. Valga aclarar que no son responsables los profesionales, son apenas víctimas del sistema.

En resumen, la educación en Colombia domestica la conciencia individual que se satisface con encontrar apenas justificantes y lenitivos para patrocinar una conciencia colectiva invenciblemente errónea que garantiza mantener a este país, a pesar de sus realidades, infinitamente feliz.