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Lunes, 5 de octubre de 2026

Crónica de la Calle Real

Crónica de la Calle Real 1

Crónica de la Calle Real
El Loco, Oráculo Callejero

Keshava Liévano
Por Keshava Lìévano

Gustavo cumplió 70 años hace unos meses. Es acuariano con ascendente en Géminis, es decir: inquietamente profundo, como un río que cambia de cauce pero nunca de origen.

Nació en San Francisco, California, adonde llegó su madre, oriunda de Buenaventura, ayudada por un marinero gringo del que se enamoró en una fiesta de puerto. Cruzó el océano escondida en una bodega de plátano, en el buque donde él trabajaba de maquinista.

Lee el Tarot del amor desde hace medio siglo. Aprendió el arte con una hippie cubana que lo adoptó en los años de neblina y comunas allá en Gringolandia.

A los 25 se regresó al país como polizón en un carguero rumbo a Japón y luego a Colombia, buscando unas raíces que, como suele pasar, no estaban enterradas sino flotando.

Ha recorrido medio país con su arte de quiromancia y vive en Bogotá desde hace ya un buen rato.

Es mediodía —su hora más productiva— cuando alcanza a hacer tres consultas para oficinistas despechados o curiosos de alma.

Crónica de la Calle Real

Le ofrezco invitarlo a almorzar, pero me dice que mejor le dé lo que quiera, y me lee el Tarot.

Saca su baraja avejentada, manoseada por años de calle y destino. Son cartas únicas, dice, pertenecieron a una vieja adivina rumana que le enseñó a escuchar el silencio entre las palabras. La baraja fue ilustrada siglos atrás por el olvidado maestro medieval Scapelli, cuyos arcanos parecen susurrar desde otras vidas.

Elijo mi carta.

Sale El Loco.

Se retira los anteojos, me mira con esos ojos como ventanas de humo y me dice:

—Has sido afortunado en el amor. Agradece. Ahora es tiempo de crecer… y de amarte a ti mismo.

Me entrega un pedazo de fotocopia algo borrosa con un mantram egipcio que, según él, debo repetir cada noche para bendecir mis sueños.

—Los mantras —agrega bajito, como si revelara un secreto— son como llaves de vibración que abren puertas invisibles. No hay que entenderlos, hay que dejarlos actuar.

Le doy cinco mil pesitos y nos despedimos…

Hace un par de noches me acordé del mantram. Busqué el papel entre libros y cajones, pero lo encontré hecho trizas por una de mis gatas. Quizás, con suerte, aún lo sueñe.

Posdata

El Loco camina sin mapa, con una flor en la mano y el abismo en los pies. No tiene pasado ni futuro, solo presente.

Gustavo dice que quienes lo sacan del mazo están listos para un nuevo comienzo, aunque no lo sepan.

Y que en el fondo, todos los que buscamos respuestas en la calle, en las cartas o en los ojos de un extraño, somos también un poco El Loco.


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