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Domingo, 4 de octubre de 2026

¡Que viva la música!

¡Que viva la música!

¡Que viva la música!
(y el pogo también)
Desde la trinchera del amor, el ruido y la clave
Crónica de un papá rockero y salsero de 50 años

Vine desde Cali en flota con mi hijo. Doce horas de carretera, tinto amargo en la terminal y un par de audífonos compartidos: primero Iron Maiden, luego algo de Grupo Niche. Él tiene 20 años, está lleno de preguntas, y yo 50, lleno de historias. Nunca imaginé que algún día iría a Rock al Parque no como el joven que fui, sino como el viejo que lo mira todo con ojos brillantes y oídos aún rebeldes. Y, sin embargo, aquí estoy, en pleno Simón Bolívar, con los zapatos embarrados, el corazón acelerado y la dicha de ver a mi hijo saltar en medio del pogo.

Llegamos el sábado en la tarde. El cielo parecía de plomo pero no llovía. Había ese olor que sólo tienen los festivales: mezcla de empanada, cebolla y marihuana. Todo suena fuerte, todo vibra. A los pocos minutos ya estábamos en trance con La Pestilencia, y mi hijo me agarró del brazo cuando empezó “Sólo hay una salida”. Le grité al oído:

—¡Eso lo escuchaba yo en cassette cuando tenía tu edad!

Él sonrió, hizo cuernos con las manos y me abrazó como si no importara el tiempo ni la distancia. Ahí entendí que el rock también es un puente generacional, hecho de distorsión, memoria y cariño.

Dormimos donde un primo en Kennedy, en colchonetas y risas, y volvimos el domingo más temprano, con el sol colándose entre las nubes y las ganas intactas. Vi muchas caras jóvenes con camisetas de bandas viejas y muchas cabezas canosas con mochilas negras y tatuajes descoloridos. Vi familias enteras, bebés con audífonos, señoras en ruana coreando a Aterciopelados, y hasta un viejito bailando ska en bastón. Eso también es Rock al Parque: una fiesta multicolor que no discrimina arrugas ni adolescencias.

En medio de tanta distorsión, pensaba en Cali. En el Petronio, en la salsa brava que me enseñaron mis tíos, en la conga que también me eriza la piel. Porque para mí, el rock y la salsa son hermanos rebeldes: uno con guitarra eléctrica y el otro con timbal; uno grita en inglés, el otro en clave; pero ambos tienen corazón y calle, resistencia y sentimiento.

El rock fue mi adolescencia de pelo largo y pantalón ajustado. La salsa, mi madurez sudada en las salsotecas del centro, girando con mujeres de mirada firme.

¡Que viva la música!

Y ahora, mi hijo quiere el pogo, pero también baila conmigo Llorarás en las fiestas de diciembre. En eso nos entendemos sin decirlo.

Y pienso también en Andrés Caicedo, en su novela ¡Que viva la música!, que fue mi biblia adolescente. Ese libro que gritaba que la rumba podía ser una forma de vivir y morir con intensidad. Caicedo entendió antes que muchos que no hay fronteras entre el rock y la salsa, que ambos laten con la misma angustia vital de una juventud que no quiere que la vida se le pase por encima sin meterle ruido, sudor y grito.

—La música era la única salida —dice su protagonista.

Y yo lo creo. Por eso estoy aquí, porque todavía salgo a buscarme entre guitarras y tambores.

Mi hijo tenía su itinerario en el celular, yo iba con papel arrugado en el bolsillo. Él quería ver a The Warning y Carbure, yo soñaba con Kraken y Elkin Ramírez que ya no está, pero sigue en cada riff que truena desde el escenario Plaza.

—Papi, ¿alguna vez fuiste a un concierto así cuando joven?

—Sí, pero nunca tan grande. Y nunca contigo —le respondí, y él entendió.

El lunes cerramos con Masacre y Alcolirykoz. Cantamos hasta quedarnos sin voz, nos mojamos un poco, nos abrazamos más. Yo con mi barriga cervecera y él con su energía intacta, los dos agradecidos con esta ciudad caótica que nos regaló tres días de música, rebeldía, memoria y amor.

En el bus de regreso a Cali, mientras dormía con la cabeza recostada en la ventana, mi hijo me dijo:

—Gracias, viejo.

Y no hizo falta nada más. El rock me lo ha dado todo, incluso esto: la posibilidad de no sentirme tan viejo si sigo cantando con él.

Y aunque en Cali me esperan la clave, la maraca y el trombón, sé que en el fondo es la misma cosa: seguir vibrando con lo que nos hace humanos, sudorosos y libres.

Y allá, entre páginas rayadas con esfero y portadas de vinilos, sigue sonriendo un muchacho eterno con cara de cineclub: Andrés Caicedo, quien lo gritó primero y con todas sus letras:

¡Que viva la música! —con sangre, con baile, con vida y con ruido.

Texto e IlustrArte Digital: Keshava Lìévano


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Kesahava Liévano

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