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Viernes, 9 de enero de 2026

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Recuerdos de navidad

Recuerdos de navidad
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Dedicados a los que queman pólvora

FELIPE-SOLARTE-NATES

Sin duda fueron los mejores en el contorno semisalvaje, de selva tropical domesticada en que me movía en el pequeño y acogedor pueblo que era el Quilichao de los años 60.

Entre calles empedradas y la orilla del río, donde convivían peces con renacuajos y arañas, bordeado de gigantes samanes y ceibas entre cuyas ramas se movían pájaros, ardillas y zarigüeyas, a diario caminaba en medio de la fantasía propia de la edad, plagada de personajes y animales que hablaban y compartían en las fábulas de las primeras lecturas en la escuela Tello.

En Navidad, con la cosecha de mangos en apogeo en los amplios solares de las casonas y potreros, y las canciones de la Billos Caracas Boys, los Melódicos, la Sonora y Buitragito profusamente emitidas desde las emisoras de Cali, también llegaban las historias del Niño Dios al que con ansias esperábamos con sus regalos a medianoche del 24.

El olor a almíbar, los desamargados y las grandes pailas de cobre desempolvadas en varias casas para batir el manjar blanco, complementaban nuestras felices expectativas de niños mecateros, felices cuando las vecinas llegaban con bien surtidas bandejas de regalo.

El ambiente cambiaba de color, cuando a todo lo ancho del templo principal empezaban a montar el gigantesco pesebre sobre el cual, a las 12 de la noche en la teatral misa de Gallo del 24 de diciembre, descendía el Niño Dios.

Días antes, en las novenas, en las calles del pueblo circulaba la chirimía de los indígenas que cargaban una imagen del Niño Dios, mientras por las calles algunos de los miembros de la banda municipal de músicas improvisaban conjuntos con cumbias y música antillana relacionada con la época.

Desde el 16 de diciembre, frente al templo en el parque central lleno a reventar, cada noche se organizaba la novena colectiva, con previa retreta de los “chupacobres”, quema de cuetones, del castillo y juego de la vacaloca, además del pateo al azar de grandes pelotas hechas de trapos impregnados de petróleo, mientras los asistentes hacías fintas para eludir el fuego que venía del cielo.

Era una mezcla de felicidad salvaje con aires de circo romano y uno que otro chamuscado por tanta candela explotando y volando en la atmósfera.

Para la fiesta de Reyes magos, adornaban a los burritos con cintas y estrellas de varios colores y el día 6 de enero se organizaba la ceremonia principal con representación teatral de la llegada de los reyes magos, escenificaba sobre una tarima instalada afuera de la estación del tren que todavía hacía viajes entre Quilichao-Timba, empatando con la línea Cali-Popayán.

Era una época feliz, hasta que el 24 de diciembre de 1965, cuando tenía 10 años, después de ver en la vespertina del desaparecido teatro Paz, una película sobre el “rey Pelé”; para ir a quemar con mis amigos, de la caja de pólvora que habían comprado en la casa me dio por guardarme en los bolsillos gran cantidad de totes, entre la pretina del pantalón varias bengalas y en la mano una docena de sacaniguas o buscapies.

Al encender un sacaniguas se me devolvió y encendió los demás, la camisa de manga larga y a cuadros verdes que me cosió mi mamá y estrenaba, el pantalón con los totes que al correr avivaban más las llamas, hasta que Alfonso Luna Geller, que pasaba cerca a la casa me alcanzó y ayudó a apagar.

Estuve una semana infectándome en la sala general del precario hospital que existía en Santander de Quilichao, tres meses más en el Hospital Universitario San José de Popayán, donde fui trasladado de urgencia y 8 meses más, en la casa de mi tía y madrina Emma Solarte Hurtado y su esposo y padrino de bautismo Roberto Ante Mosquera, completando el incómodo proceso de curación y cicatrización, que de recuerdo me dejó en el abdomen un tatuaje en alto relieve, cuando aún no se había generalizado la moda.


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