¿Qué queda de las fiestas?


¿Qué queda de las fiestas?, es la pregunta que se hacen los escépticos. Parangonan los efectos negativos de una celebración que se mantiene, que trasciende en el tiempo y el espacio. Muchos dan cátedra aludiendo orígenes sempiternos. Lo cierto es que a todos en un momento dado nos gusta la guachafita. Ansiamos unos días para dar rienda suelta a la locura, con derecho a descarrilarnos del orden impuesto por las cosas. Alguna vez desanudamos esa corbata imaginaria que nos mantiene rígidos, que nos impide explotar en una carcajada libre.
Añoramos un vestido repleto de color. Un olor etílico. Una bulla acorde que provoque movimientos convulsivos, con metódica estulticia de una danza, con acordes imaginarios de un drama siempre erótico, a resultas de la necesidad humana por tender al instinto del sexo como malicia, en el coqueteo y la conquista, ese don de la atracción de dos seres vueltos belleza y arte.
Es lo bueno de la fiesta, una necesidad intrínseca para construir el paréntesis que permite descansar de la fatiga. La fiesta, entonces, es una necesidad, y así debería estar contemplada en las normas de derechos humanos y de todas las constituciones: “Todo hombre y mujer tiene derecho a divertirse hasta donde le dé la gana.”
También es un espacio aprovechable. Lo aprovechan los de sentimiento turco para hacer riqueza. Son los burladeros del jolgorio quienes convierten la fiesta en una necesidad, y transforman su naturaleza en maneras de comprar y de vender. Es la parte de la descultura, para proponer modos y modelos con el argumento de la tipicidad: de allí surgen los sombreros y los paraguas, las ruanas y los retazos rojos, las botas del American West y las cotizas de cabuya. Todo un corolario estrambótico de chucherías que solo sirven para el oportuno disfraz al momento del jolgorio.
La fiesta, como carnaval, es también una ridiculización de la muerte y de la vida; primitivo instrumento para educar con la experiencia. Son los inventarios de quienes traspasan la orgía: nos dan al final índices de accidentes, muertos y heridos, y comparaciones con otras celebraciones, para concluir que un difunto más es el resultado natural del desborde. Aceptamos con tolerancia un porcentaje de riesgo para decir que somos una sociedad avanzada, llena de civilización, porque hasta la caricatura del hombre traspasado por el cuchillo es objeto de risa.
La ecología de la fiesta es intolerable. Solo cabe el instinto que todo lo depreda. La política acude en su auxilio para legalizar los desbordes. La antropología justifica con calendas precisas para ordenar las fechas y los años; la conjunción de los planetas son su objeto para decir que estamos destinados a repetirla. Al final la fiesta se hace tradición, y quién convence a quién que no debemos celebrarla.
Lo que queda de la fiesta no tiene valor. No tiene sentido de reciclaje. Las ganancias se las llevan otros. ¿Cómo convencernos que podemos vivir de lo nuestro, en el denuedo de avanzar al oscurantismo? La religión, que intenta ser la luz, también tolera y fomenta las fiestas. Entonces, pues: ¡A divertirse!



