
En mis larguísimos años como testigo de los procesos electorales en Colombia, nunca había presenciado un abuso tan sistemático de la manipulación emocional como el que hoy padecemos. He sido observador consciente de nuestra historia democrática desde el gobierno de Alberto Lleras Camargo (1958-1962), el primer presidente elegido del Frente Nacional, siendo yo casi un niño. Vi pasar la gestión del ahora recordado Guillermo León Valencia, la turbulencia de 1970 con Misael Pastrana Borrero, cuando yo estaba estudiando en la Universidad del Valle, y los mandatos de López Michelsen, Turbay Ayala, Betancur Cuartas, Barco Vargas, Gaviria Trujillo, Samper Pizano, Pastrana Arango, Uribe Vélez, Santos Calderón, Duque Márquez y el actual de Gustavo Petro. En más de medio siglo de ejercicio periodístico, jamás la estrategia había sido tan perversa: ya no se busca el debate y análisis de programas, sino el uso de la rabia y el miedo como herramientas de alta tensión para provocar un voto indignado.
Es en este escenario de manipulación donde aparece, otra vez, la figura de Salud Hernández-Mora. La periodista de la revista Semana aterrizó en Miranda no para informar, sino para «secuestrar» las emociones de los ciudadanos antes de que el razonamiento actúe. Su reciente afirmación de que figuras como Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella están «vetados» y que las Farc solo permiten hacer campaña por Iván Cepeda y Aida Quilcué en este municipio, es una falacia absoluta. Es un dramatizado preelectoral que encaja perfectamente con la estrategia desesperada de una extrema derecha que, presintiendo la derrota en las urnas, opta por la estigmatización de todo un pueblo.
A Salud Hernández la envían cada cuatro años a realizar este ejercicio de «periodismo de asalto» para activar estructuras cerebrales relacionadas con la amenaza. Los asesores políticos que la usan saben que el consumo constante de discursos cargados de indignación dificulta el análisis crítico. Al presentar a nuestros municipios como desolados y sometidos, Salud intenta vender la idea de que todos los nortecaucanos somos guerrilleros o estamos arreados por la criminalidad. Esta actitud no solo demuestra un total desconocimiento de la fortaleza ética de nuestra gente, sino un desprecio profundo por la libertad de un pueblo que, históricamente, ha rechazado las políticas extremas.
Nadie niega que las disidencias de las Farc ejercen un dominio territorial y económico en zonas donde el Estado ha mantenido un abandono histórico. Pero ese hecho, que nos convierte en víctimas, es precisamente lo que indigna al elector, no lo que lo obliga a votar en una dirección específica. Miranda es una población de más de 35 mil habitantes con capacidad de decisión propia. La señora Hernández-Mora, en su afán de cumplir el «mandado» de sus patrones, pretende tapar su propio sometimiento al poder económico, adjudicando falta de libertad a los mirandeños.
Ese discurso de la enviada de Semana describe al norte del Cauca como escenario sin autonomía, sometido a fuerzas que anulan la voluntad ciudadana. Esa narrativa simplifica la realidad, desconoce la complejidad del territorio y termina afectando la dignidad de quienes lo habitamos. El efecto es claro: erosionar la confianza en el proceso democrático y predisponer al elector desde el temor.
La realidad del municipio no admite esa reducción. Miranda es una sociedad con memoria, con liderazgo comunitario y con capacidad de decisión. La presencia de actores armados en algunas zonas del departamento es un hecho que el país conoce desde hace años. Esa condición convierte a la población en víctima de un conflicto prolongado. No define su conducta política ni determina su voto.
El debate público exige responsabilidad. La información sobre territorios en tensión requiere rigor, contraste de fuentes y conocimiento directo del contexto. Las generalizaciones sin sustento afectan la credibilidad del periodismo y profundizan la distancia entre el periodismo fabricado desde Bogotá y el de las regiones.
En estas circunstancias, la respuesta institucional ha sido clara y necesaria. El alcalde de Miranda, Walter Zúñiga, rechazó estas declaraciones señalando que su municipio es un territorio de paz, trabajo y esperanza, con proyectos como la Plazoleta Regional de la Paz y el Parque Temático Mirador Miranda que reflejan una realidad muy distinta a la desolación que vende Semana. Así mismo, la secretaria de Gobierno del Cauca, Maribel Perafán Gallardo, ha confirmado el trabajo articulado con la Registraduría y el Ejército para garantizar la transparencia y seguridad de los procesos electorales, contrastando con el tono incendiario de la periodista española.
El norte del Cauca no se dejará desmoralizar. La gente ya sabe cómo la pretenden manipular y reconoce el olor de la cizaña electoral. Miranda votará con conciencia y alegría, no con la rabia que pretenden inyectar desde las oficinas de Bogotá. Al final, así la revista Semana pierda la inversión hecha en su «mandadera», el pueblo de Miranda seguirá en pie, defendiendo su derecho cívico a elegir en libertad y demostrando que, frente al irrespeto y la estrechez mental, nuestra mejor respuesta es la dignidad democrática.
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