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Jueves, 22 de octubre de 2026

LA TIERRA PLANETA VIVO EN EVOLUCIÓN.

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Álvaro Jesus Urbano Rojas

Durante siglos hemos construido ciudades, carreteras y grandes obras bajo la cómoda percepción de que la tierra que pisamos es firme, estable e inmutable. Pero esa aparente quietud es apenas una ilusión a escala humana. Nuestro planeta está vivo y actúa como sistema dinámico que desde hace aproximadamente 4.500 millones de años se transforma de manera permanente.

 

Mientras desarrollamos nuestra vida cotidiana sin percibirlo, la Tierra viaja alrededor del Sol a cerca de 107.000 kilómetros por hora. Y junto con todo el Sistema Solar se desplaza alrededor del centro de la Vía Láctea a unos 230 kilómetros por segundo, equivalentes a más de 800.000 kilómetros por hora. Vivimos, literalmente sobre un planeta veloz que nunca está quieto.

 

Pero el movimiento no solamente ocurre en el espacio. Bajo nuestros pies se desplazan enormes placas tectónicas. En sus límites se acumulan tensiones, se abren fallas, se levantan cordilleras, ocurren terremotos y asciende el magma que alimenta los volcanes. 

 

Sobre nuestras cabezas, una atmósfera igualmente dinámica que, por el calentamiento global, se afectan los océanos con enormes cantidades de energía solar desplazando inmensas masas de aire y humedad, formando tormentas, ciclones y huracanes capaces de liberar cantidades extraordinarias de energía con una capacidad destructiva inconmensurable.

 

Nada de esto es nuevo. Los terremotos existieron mucho antes que las ciudades; los volcanes hicieron erupción antes de que apareciera nuestra especie y los huracanes atravesaban los océanos cuando todavía no había seres humanos para ponerles nombres. La diferencia es que hoy somos más de ocho mil millones de habitantes, ocupamos territorios cada vez más vulnerables y hemos levantado infraestructura estratégica precisamente en lugares expuestos a fenómenos naturales.

 

Nuestra majestuosa cordillera de los Andes es también testimonio de esa extraordinaria actividad geológica. Los volcanes Galeras, Nevado del Ruiz, Cerro Machín, Nevado del Huila y Puracé, entre otros, nos recuerdan periódicamente que las montañas tampoco permanecen eternamente dormidas.

 

El terremoto de magnitud 7.4 Mw., del pasado 10 de agosto, recuerda que Colombia yace sobre dos áreas de subducción: la de la placa de Nazca con la placa Sudamericana, y la de la placa Sudamericana con la placa del Caribe. Catalogados por el Servicio Geológico Colombiano como zonas de alto riesgo sísmico y se localizan en Nariño, Cauca, Valle del Cauca, Chocó, Caldas y Santander. En este último se ubica el pueblo de Los Santos, que es considerado como la segunda zona más sísmica del mundo. Estudios de recurrencia establecen como tendencia sísmica anual, una frecuencia de treinta años, teniendo en cuenta los eventos sísmicos que azotaron el país desde inicios del siglo XX.

 

En retrospectiva se conoce al Terremoto de Armenia de 1999 como el más mortífero y destructivo en la historia del país. Los terremotos de 1906, 1958 y 1979 han sido otros de los eventos sísmicos más fuertes registrados en la historia, con magnitudes hasta de 8,8 Mw., con epicentros en el municipio de Tumaco y causaron tsunamis que desencadenaron múltiples estragos y destrucción a lo largo de la costa pacífica.

 

Para el Cauca esta realidad resulta especialmente cercana. El complejo volcánico Puracé–Los Coconucos forma parte de nuestro paisaje, nuestra historia y nuestra identidad territorial. Admirar su extraordinaria belleza obliga también a comprender su naturaleza. Un volcán activo no representa necesariamente una catástrofe inminente, pero tampoco puede contemplarse como una montaña ordinaria.

 

Popayán aprendió dolorosamente esta lección el 31 de marzo de 1983. Aquel terremoto demostró que pocos segundos pueden transformar una ciudad. Armero, en 1985, dejó una enseñanza todavía más dramática: conocer una amenaza no basta si el conocimiento científico no se convierte oportunamente en decisiones, prevención y acción institucional.

 

Necesitamos mejores sistemas de monitoreo, construcciones sismorresistentes, mapas de amenaza permanentemente actualizados, planificación territorial responsable, educación ciudadana y autoridades capaces de tomar decisiones antes de que llegue la emergencia y no únicamente después de contar las víctimas.

 

Quizás, entonces, hemos formulado equivocadamente la pregunta. No deberíamos preguntarnos cuándo dejará la Tierra de producir terremotos, erupciones o grandes tormentas. La Tierra no permanecerá quieta para garantizar nuestra seguridad. Somos nosotros quienes debemos aprender a convivir con su permanente transformación.

 

La Tierra de vez en cuando nos recuerda una verdad elemental que nuestra arrogancia suele olvidar: no somos dueños de un planeta inmóvil; somos pasajeros temporales de una Tierra viva, poderosa y en permanente movimiento. El verdadero desafío no es dominarla, sino aprender a habitarla sin destruir las condiciones que hacen posible nuestra propia existencia.


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Álvaro Jesús Urbano Rojas
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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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