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Viernes, 16 de octubre de 2026

La talabartería Jorge Mina preserva la memoria de un pueblo

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En el centro de Santander de Quilichao, sobre la calle Cuarta, frente a la galería municipal, hay un lugar donde el tiempo parece no avanzar. Entre el olor a cuero, las hebillas colgando y el sonido metálico de las máquinas de coser que sobreviven desde los años setenta, se mantiene viva la talabartería Jorge Mina, un espacio que guarda más que objetos: conserva la historia de una familia y la memoria de un pueblo.

Fundada hace más de medio siglo por don Jorge Mina, aquel taller nació del aprendizaje heredado de un viejo artesano llamado Marinillo, quien le enseñó el arte de trabajar el cuero. Con los años, Jorge convirtió ese oficio en su razón de vida y, sin saberlo, en un símbolo de identidad para la comunidad quilichagüeña.

Hoy, aunque él ya no está, su legado permanece. Las herramientas que moldearon miles de cinturones, monturas y estuches siguen en su lugar, como si esperaran el regreso de las manos que les dieron sentido. Nada ha cambiado: las paredes, las vitrinas y los bancos de trabajo conservan su disposición original. Es un pequeño museo vivo, donde cada objeto es testigo de una época en la que los oficios se aprendían con paciencia y se honraban con orgullo.

La voz que mantiene el legado

Luz Elena Caicedo, socia del negocio y parte fundamental de esta historia, recuerda con nostalgia los días en que la talabartería era el centro de su vida familiar:
—Prácticamente toda mi vida transcurrió aquí, al lado de ellos. Cada rincón me lo recuerda. Entrar a este lugar es como volver al pasado —dice mientras acaricia una vieja máquina de coser que aún funciona.

Cuenta que su madre y don Jorge unieron sus vidas cuando ella era apenas una niña, y desde entonces la talabartería se convirtió en el punto de encuentro de la familia. De sus cuatro hermanos, los hombres aprendieron el oficio directamente de él. Uno de ellos, Néstor, continúa trabajando en el taller junto con su sobrino, manteniendo las mismas técnicas y el mismo rigor que su maestro.

—Mi hermano siempre decía que don Jorge les enseñó a hacer las cosas bien, sin prisa pero sin error. Lo que se repara aquí dura —afirma Luz Elena, con la serenidad de quien sabe que el tiempo puede desgastar las paredes, pero no la memoria.

Un taller que resiste

Las máquinas que utilizó el fundador siguen en el mismo lugar. Algunas ya no se usan, pero ninguna se ha movido. “Mi hermana decidió dejar todo tal como él lo dejó”, explica Luz Elena.
El local ofrece ahora una mezcla de artículos que van desde escobas hasta pegantes, manilas y tintas para cuero, pero la esencia del oficio permanece intacta. Cada semana llegan campesinos y habitantes de distintos municipios del norte del Cauca para reparar un bolso, encargar una correa o simplemente saludar a la familia Mina.

Los miércoles, día de mercado, el lugar se llena de conversaciones sobre tiempos pasados. Muchos visitantes dicen con asombro que creían que la talabartería ya no existía. Otros cuentan que sus padres los llevaban allí cuando eran niños. En cada visita se reitera la misma frase: “Aquí trabajan bien, aquí las cosas duran”.

La herencia de un nombre

Jorge Mina falleció hace dieciséis años, pero su presencia sigue habitando el taller. Su familia conserva intacto el principio que guió toda su vida: “El buen trabajo se conoce sin tener que anunciarlo”.
Esa filosofía, transmitida de generación en generación, mantiene vivo el negocio. Hoy, Luz Elena y su sobrino se encargan del local, decididos a conservarlo como él lo dejó.

—Cuando murió mi papá, pensamos cerrar —dice—, pero mi hermana dijo que no, que lo que él construyó debía continuar. Y así ha sido.

Un símbolo de identidad

La talabartería Jorge Mina no es solo un comercio; es una herencia afectiva que resiste el paso del tiempo. En sus muros se acumula la historia de quienes crecieron, trabajaron y soñaron entre sus bancos de cuero.
Cada costura, cada olor y cada herramienta son parte de un relato mayor: el de un pueblo que encuentra en sus oficios una forma de permanencia.

Santander de Quilichao cambia, crece, se transforma. Pero en medio de esa transformación, la talabartería Jorge Mina sigue siendo un refugio de memoria. Un lugar donde el pasado no es nostalgia, sino continuidad.
Porque, como dice Luz Elena Caicedo, “mientras suene una máquina y haya alguien dispuesto a coser, mi papá seguirá aquí”.

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