LA DOCTRINA DEL PATIO TRASERO


En 1823, Estados Unidos proclamó la Doctrina Monroe con una frase que parecía casi emancipadora: “América para los americanos”.
Detrás de ese enunciado se ocultaba una advertencia clara: Europa fuera, Estados Unidos dentro.
No como vecino solidario, sino como dueño del terreno.
Con el tiempo, aquella doctrina dejó de ser un principio defensivo y se convirtió en licencia para intervenir, invadir, condicionar, derrocar y tutelar.
El Corolario Roosevelt terminó de afilar la herramienta: si algún país de América Latina se “portaba mal”, Washington se reservaba el derecho de corregirlo.
A golpes, si era necesario.
Pero esa lógica imperial no habita solo en los manuales de historia ni en los archivos de la Casa Blanca.
Vive, se reproduce y se naturaliza en lo cotidiano.
Existe también una doctrina casera, doméstica, que opera bajo el mismo principio: esto es mío, tú obedeces.
Es una doctrina aplicada durante décadas en nuestro país por los gobiernos que antecedieron al actual.
Es la doctrina del patrón que exige gratitud por el trabajo.
La del empresario que pide “sacrificios” mientras engorda sus ganancias.
La del medio hegemónico que decide quién puede hablar y quién debe callar.
La del político que dice representar al pueblo, pero le teme cuando el pueblo despierta.
Es la doctrina del “no se meta”, del “eso no le corresponde”, del “agradezca que tiene algo”.
Una doctrina que convierte los derechos en favores y la dignidad en atrevimiento.
La doctrina de apropiarse de tierras del Estado por el solo hecho de autodenominarse “padres de la patria”.
En Colombia, esta doctrina doméstica ha sido aplicada durante décadas con brutal eficiencia.
A los pobres se les pide paciencia.
A los inconformes, silencio.
En gobiernos anteriores, a quienes se levantaron a protestar —como cuando en plena pandemia se intentó imponer una reforma que gravaba la canasta familiar— los reprimieron con violencia: hubo asesinados, desaparecidos, mutilados.
El sistema no toleraba la protesta porque se asumía dueño del Estado.
Hoy, el gobierno que intenta salirse de ese libreto es castigado, desprestigiado y calumniado.
Así han actuado los cipayos locales, con las consecuencias que hoy estamos viendo: amenazas veladas y abiertas de quienes se creen amos del mundo.
Como en la Doctrina Monroe original, existe una línea invisible que no se puede cruzar sin consecuencias.
Cuando un pueblo decide opinar, organizarse o elegir distinto, aparece el mismo reflejo imperial: disciplinar.
No con marines, sino con titulares alarmistas, jueces diligentes, cortes alineadas contra las reformas que benefician al pueblo, gremios indignados y opinadores de turno que repiten el viejo libreto del miedo.
La Doctrina Monroe nos enseñó que el problema nunca fue Europa.
El problema siempre fue quién se arrogó el derecho de decidir por todos.
La doctrina del patio trasero funciona igual:
no busca orden, busca obediencia;
no busca estabilidad, busca sumisión;
no busca bienestar común, busca preservar privilegios.
Romper con esa doctrina —la global y la doméstica— implica algo profundamente subversivo para el poder:
que el pueblo deje de pedir permiso.
Que el patio deje de ser trasero.
Que la casa, por fin, sea de quienes la habitan.
Porque ningún imperio, ni externo ni doméstico, resiste mucho tiempo cuando los de abajo descubren que no son inquilinos: son dueños de su destino.
Quisiera pensar que Venezuela va a cambiar, que muchos venezolanos regresarán a su país porque la situación mejora.
Pero el pesimismo asoma cuando se teme que el cambio, una vez más, siga siendo solo para los de arriba; que las ganancias de sus riquezas no se distribuyan y que persista la vieja doctrina de siempre: “esto es mío”, como ocurre con el petróleo.
Colombia no tiene el petróleo que tiene Venezuela, pero posee algo que al poder le incomoda enormemente: una Democracia Participativa.
Y para los poderosos, eso no es un derecho.
Es un delito.
Y como tal, intentan castigarlo.
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