RECICLAJE POLÍTICO



Hubo un tiempo en que se autodenominaron el “centro”.
Decían representar la moderación, el equilibrio, la sensatez frente a los extremos.
Hoy ya no se esconden: se quitaron la máscara y giraron sin pudor hacia la extrema derecha. No por convicción ideológica, sino por pura supervivencia.
Lo que presenciamos no es una evolución política.
Es reciclaje.
Los mismos nombres.
Los mismos apellidos del poder.
Los mismos miedos de siempre, empaquetados en discursos “nuevos” para engañar a un país que ya aprendió a reconocer la trampa.
Cambian de logo, de alianza, de discurso.
Pero nunca de intereses.
Hablan de “orden” cuando en realidad defienden el privilegio.
Hablan de “libertad” cuando lo que buscan es impunidad.
Hablan de “institucionalidad” solo cuando el pueblo deja de obedecerlos.
Su relato no nace del amor por el país, sino del pánico a perder el control que durante décadas ejercieron como herencia privada. El miedo es su motor; el cálculo, su brújula.
Pero el país cambió.
Las mayorías ya no se dejan asustar con fantasmas reciclados ni con discursos gastados. Por eso, aunque griten más fuerte y ocupen micrófonos, pantallas y titulares la realidad es contundente: juntos no alcanzan ni el diez por ciento. Mucho ruido, poca representación.
Mucha nostalgia de poder, cero futuro político.
Este reciclaje no es una alternativa.
Es el último acto de un modelo agotado.
El intento desesperado de seguir existiendo cuando ya no logran conectar ni con la gente ni con su tiempo.
Y de pronto —como por arte de cinismo— descubren a los campesinos.
Ahora les duele la pobreza.
Ahora prometen devolver tierras.
Ahora hablan de educación pública, después de haberla desmantelado sin pudor.
Se quitan el traje del lobo feroz y se visten de leñadores solidarios, fingiendo rescatar a la Caperucita que ellos mismos empujaron al bosque.
Pero la historia siempre cobra factura.
Y esta vez no habrá maquillaje que oculte la decadencia.
Las máscaras caen.
Los disfraces se rompen.
Y los reciclados del poder quedan hablando solos, mientras el país sigue caminando sin ellos.
Porque se les olvida —o prefieren fingir amnesia— que cuando tuvieron el poder se opusieron a todo lo que oliera a reivindicación popular.
Hoy dicen defender al pueblo que ayer despreciaron.
Y en esa contradicción queda al desnudo su mayor derrota.
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