MENTALIDAD DE ESCLAVISTA



El presidente de Fenalco, Jaime Alberto Cabal, quien devenga cerca de 60 millones de pesos mensuales, se ha mostrado entre los más indignados por el aumento del salario mínimo. Lo califica como “pan para hoy y hambre para mañana”.
Esa frase resume, sin pudor, la mentalidad de esclavo que durante décadas le han querido imponer al pueblo colombiano.
Esa mentalidad no nació sola.
Fue sembrada con método, con paciencia, con una pedagogía del miedo cuidadosamente diseñada.
Durante años le repitieron al pueblo que no merecía más; que pedir derechos era ingratitud; que exigir justicia era resentimiento; que cuestionar al poder era peligroso.
Le enseñaron a agachar la cabeza y a agradecer migajas como si fueran privilegios.
Esa mentalidad se construyó desde la escuela que premiaba la obediencia y castigaba la crítica; desde los púlpitos que confundieron fe con resignación; desde los noticieros que glorificaron al rico y criminalizaron al pobre; desde una política que convirtió la miseria en herramienta electoral.
No fue casualidad.
Fue un proyecto.
El mensaje se repitió hasta el cansancio:
“No proteste.”
“No reclame.”
“No piense demasiado.”
“Agradezca lo poco que le dan.”
Así lograron que muchos confundieran dignidad con silencio y humildad con sumisión.
Así normalizaron que el poder humillara, robara y decidiera por todos, mientras el pueblo pedía permiso incluso para existir.
Por eso no sorprende que el corrupto de corruptos, Efraín Cepeda, haya dicho alguna vez que “el pueblo no tiene permiso para convocar una constituyente”.
Porque para quienes se creen dueños del país, el pueblo solo sirve cuando obedece.
Pero esa mentalidad —aunque profunda— no es eterna.
Hoy empieza a resquebrajarse.
Y se nota en el miedo de quienes siempre mandaron.
Porque cuando el pueblo comprende que no es inferior, que no debe favores, que no nació para obedecer sino para vivir con dignidad, el andamiaje del abuso comienza a crujir.
Por eso reaccionan con furia.
Por eso desinforman, atacan y amenazan.
Por eso llaman “populismo” a la justicia social y “peligro” a la conciencia.
El aumento del salario mínimo dejó al descubierto a los verdaderos esclavistas modernos: aquellos que defienden sus fortunas desde el poder y gritan crisis cuando el pueblo gana apenas un poco de dignidad.
El despertar ya comenzó.
Y esta vez no hay marcha atrás.
Porque un pueblo que despierta
ya no vuelve a arrodillarse.
¡Feliz año, pueblo!
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