ENTRE EL ODIO, LA ANARQUÍA Y LA PERVERSIDAD



En Colombia y particularmente en el Cauca, la democracia ha alcanzado un nivel de sofisticación casi quirúrgico. Los electores se manipulan con emociones desde el resentimiento social, impulsadas por estructuras de poder territorial cuidadosamente aceitadadas. Las llamadas “mafias electorales” —ese eufemismo elegante para describir redes de intermediación política, contratación dirigida, favores burocráticos y control territorial del voto— con discursos incendiarios que se adaptan, mutan y negocian con el poder de turno.
El fenómeno es casi irónico: se construye una narrativa de confrontación entre élites y pueblo, pero al mismo tiempo se consolidan estructuras políticas locales que operan con lógica de maquinaria. Alcaldes, gobernador y sus círculos de influencia se convierten, en época electoral, en actores estratégicos silenciosos. No necesariamente mediante órdenes explícitas, sino a través de la orientación burocrática, la gestión contractual, la movilización institucional y el sutil mensaje que en política territorial siempre se entiende sin necesidad de ser pronunciado.
Así, el votante es bombardeado con discursos ideológicos en la esfera nacional, mientras en el nivel local la ecuación sigue siendo más concreta: quién tiene la estructura, quién controla la logística electoral, quién incide en la contratación pública y quién puede traducir poder administrativo en capital político.
En ese contexto, la incitación al odio y la polarización social cumplen una doble función. Por un lado, movilizan a las bases y simplifican el debate; por otro, distraen del análisis estructural sobre cómo realmente se construyen las mayorías electorales. Porque mientras el ciudadano discute en: ¿cómo superar la crisis y el caos social? – las maquinarias trabajan en términos organizativos. Una discute relatos; la otra gana elecciones.
Resulta particularmente crítico cuando las maquinarias oficiales de alcaldías y gobernaciones —amparadas en la legitimidad institucional— se alinean, abierta o tácitamente, con determinados proyectos políticos. La frontera entre gestión pública y activismo electoral se vuelve difusa: programas sociales oportunamente visibilizados, contratación estratégicamente ejecutada, eventos institucionales con carga simbólica electoral y redes burocráticas que, sin hacer proselitismo directo, orientan climas políticos locales.
La paradoja es evidente: se invoca la pureza del mandato popular mientras operan engranajes políticos profundamente pragmáticos. Se habla de revolución democrática mientras se reproducen prácticas tradicionales de movilización electoral; se acusa al adversario de representar intereses oscuros, mientras las propias alianzas territoriales se tejen con abanderados de la infamia que dominan el mapa electoral local desde hace décadas.
De cara a los próximos comicios, el riesgo no radica únicamente en la polarización discursiva, sino en la convergencia entre retórica incendiaria y estructuras clientelares que terminan moldeando la voluntad popular. Por estas sombrías circunstancias, mi voto será por el médico NELSON PALECHOR OBANDO, del Partido Liberal L-104 en el tarjetón, como expresión de protesta para que en el Cauca la política no se sustente en el odio, la envidia y la perversidad de actores políticos que desde la anarquía activan estructuras con discursos de lucha de clases, maquinarias oficiales y mafias electorales recicladas, desde un sistema electoral que se moviliza desde la emoción pero son las estructuras corruptas quienes pretenden definir el resultado.
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