EL RÍO CALI MERECE TURISMO PROPIO


Loco-mbiano

Claro que uno habla según le vaya en el mercado. Como el sastre que alaba sus propias agujas, decía el refrán popular. Yo voy a hablar del Río Cali. De algo me ha servido estar recorriendo sus orillas diariamente, desde el Barrio Centenario hasta la entrada al Parque Zoológico. No hay nada mejor para la salud que gastar una hora completa caminando y viendo cómo cambia de color cada día, a los árboles que lo adornan y las aves que llegan a mirarse en sus espumas.
No importa que el Río a veces parezca un hilillo, flaco y macilento cuando hay sequía y es tiempo de verano intenso. No importa que receberas por el lado de Montebello y el Aguacatal le tributen greda y escombros. No importa que a la altura de la Biblioteca del Centenario y el Hotel Obelisco caigan aguas re-turbias como de sentina. Es el Río tutelar que riega de occidente a oriente con sus aguas y en las mañanas nos refresca, en las tardes deja oír sus rumores y en la noche nos arrulla.
¿Quién se acuerda del Río que lleva el nombre de la Ciudad? ¿Emcali, la Alcaldía, la CVC, la Sociedad de Mejoras Públicas, la Cámara de Comercio, el Dagma, la Secretaría de Turismo de Cali o del Departamento, los Bancos, su industria hotelera?
Por lo visto sólo las mirlas, los pájaros carpinteros, los petirrojos, las garzas, los garrapateros, las alondras gozan de su presencia. Y muchos indigentes que van a buscar su sombra y su abrigo. Y los habitantes de sus cercanías que vierten sus aguas negras y hacen sacar a sus perros a que defequen sin bolsa, tirados de una cuerda por sus amas de llaves.
Ahora en Cali rueda por sitios icónicos un bus de dos pisos de la empresa Coomepal, al estilo del turismo local en las grandes ciudades del mundo. Va uno a recorrer los espacios de interés visual e histórico y puede visitar museos, templos, palacios, plazas de mercado, monumentos y, por supuesto los ríos, como el Sena, el Hudson, el Támesis o el Volga con sus barcos y ferris o los canales navegables en Brujas y Ámsterdam.

Pero el Río Cali* no tiene el honor de figurar en la lista de lugares e íconos de la ciudad. Puede ser porque nadie se preocupa de adecentarlo y ponerle vestido nuevo. Anda andrajoso, con casuchas de sábanas, papeles, platos de icopor, desechos de almuerzos y helados, heces y basuras, fuera de la greda y lo que sale de los vertederos, aquí y allá.
Sus orillas se ven desprotegidas de la vegetación natural, como líquenes, papiros y cañaverales que poco a poco desaparecen para las floristerías o ventas callejeras o para ampliar espacios para otras atracciones. Así el Río pierde protagonismo, oculta su belleza y queda asimilado como un pordiosero más de pelo largo y sucio.
El Río Cali, merece cuidado, merece que las entidades que hacen turismo metan la mano al bolsillo y aprovechen este gran ícono para bien del futuro de la ciudad y, de paso, rendirle culto al agua limpia que nos siga acompañando alegre todos los días.
*Ver video del Río Cali con su rumor:



