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Sábado, 3 de octubre de 2026

Dublineses

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SILVIO AVENDAÑO

Cuenta Rafael Humberto Moreno Durán, en Mujeres de Babel (2004) que el mismo día en que el editor de Dublineses, conjunto de quince relatos, escritos por James Joyce, terminó de imprimir el libro (1912), un misterioso personaje, compró la edición integra y la quemó. De esa pira sólo se salvó un ejemplar que aquel personaje envío al autor.  No fue fácil que los relatos salieran a la luz pública. Por uno y otro motivo el libro no se publicó hasta el año de 1914. Mientras tanto James Joyce escribía El retrato del artista adolescente. De Dublineses dijo su creador: “Mi intención era escribir un capítulo de la historia moral de mi país, y escogí a Dublín para escenificar porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis.” Es llamativo que ya en los cuentos esté bosquejada la ciudad, que tardíamente, en el Ulises se concentra en el 16 de junio de 1904, día en el cual se plasmó la parodia de un día de la odisea contemporánea y, no con Telémaco sino con Stephen, no con Ulises sino con el señor Bloom y. en lugar de Penélope la bella Molly.

 

Hay varías traducciones de Dubliners al español. Una de ellas del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. En cuanto al tema de Dublineses es, como antes se ha indicado la parálisis, dicho en otras palabras, esa quietud, anquilosamiento, o inmovilidad. Más no es fácil escribir sobre los relatos, o bien hallar el hilo de Ariadna que permita hallar una unidad a la obra. Según algunos autores el hilo que hace posible la totalidad de los relatos es el tiempo. Es bien cierto que los quince relatos que componen Dublineses son como un caleidoscopio que estructura la ciudad. De la totalidad de la obra se puede ver que a través de la niñez, juventud, madurez y vejez se puede percibir la vida pública y privada, en una ciudad paralizada.

 

En uno los relatos de Dublineses: Clay (traducido como Polvo y cenizas), María es una sirvienta que, ha criado a Alphy y Joe. “Mamá es mamá pero María es mi verdadera Madre” solía decir Joe. Los muchachos crecieron, ella dejó de ser criada y, fue a trabajar en una lavandería. Ella, una mujer sola, que ni siquiera tuvo novio. Más, por una invitación de Joe se cambia “la falda de trabajo y las botas caseras”. Pronto sale a la calle, sube al tranvía y se dirige al centro de la ciudad. Va a una y otra pastelería. Compra y se encamina a la fiesta a casa de Joe. Ella que llevaba una vida gris, que había trabajado como criada, a quien se le proponía que por la vejez debe ir al convento, canta: “Soñé que habitaba salones de mármol/ con vasallos mil y siervos por gusto/ y de todos allí los congregados/ era yo la esperanza y el orgullo/ Mis riquezas era incontables, /mi nombre/ancestral y digno de sentirme vana, / pero también soñé, y mi alegría fue enorme/ que tú todavía me decías: “Mi amada” /

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