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sábado 28 junio, 2014 a las 11:31 am

CAMILO CIENFUEGOS

PAUL DISNARD
Paul Disnard
N. Sandoval Vekarich 

Jamundí, junio 28 del 2014 

Fotos: Internet

A dos cuadras de mi residencia mexicana en el número 12 de la calle Guillermo Prieto y próxima al Monumento a la Revolución, existía, no sé si aún exista, un viejo caserón de dos plantas similar al de mi habitáculo que también a la vez era vivencia de unos refugiados peruanos cuyas reuniones, más que un aquelarre político, mal que bien, parecían tertulia de comadronas, sin clase y sin oficio, chismosas como loras desplumadas. Tal vez de este grupo dos eran una excepción, el poeta Manuel Mejía Varela, gran amigo de los mexicanos Juan Bañuelos y Montes de Oca, y Juan Pablo Chang Navarro, comunista moderado y miembro de “La Voz” de México. Juan, apodado “El Chino”, usaba unas gafas cuyos gruesos lentes semejaban, como vulgarmente se dice, “culos de botella’’. Me causaba gracia cuando algunas veces en horas de la mañana salíamos juntos de la residencia para tomar desayuno en uno de los tantos restaurantes chinos que abundaban en el sector de San Cosme. Pedía de entrada un enorme vaso de jugo de zanahoria y decía satisfecho “esto es muy bueno para la vista”. Era un hombre moderado y discreto amigo a la vez de otros dos poetas peruanos que disfrutaban por aquella época de la benevolencia y tolerancia del régimen mexicano de entonces, Gonzalo Rossi y Manuel Scorza que algunas veces y no siempre participaban en otro aquelarre de Gustavo Valcárcel, líder aprista igualmente asilado en México con su familia. Puedo hablar con propiedad pues asistí por simple curiosidad una única vez y nunca más para reforzar la mala opinión que ya tenía de ese grupo de apristas. Juan Pablo Chang Navarro “El Chino” murió en combate en la serranía de Bolivia al lado del Che Guevara.

Juan Pablo Chang Navarro “El Chino”
Juan Pablo Chang Navarro “El Chino” (al centro)

Conocí en Bogotá a Elmo Gómez Lucich, capitán de aviación del Perú, asilado aprista, fue de casualidad una tarde en el taller de pintura de Armando Villegas. Hicimos buena amistad. Un día jubiloso me comunicó que en la manifestación de universitarios para conmemorar la muerte acaecida en 1929 de un valeroso estudiante, asesinado por las autoridades del régimen de aquellos años, portaría orgulloso la bandera de Colombia. Quise disuadirlo porque intuía lo que iba a suceder pero no escuchó razones, se había inscrito en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Los fotógrafos callejeros eran cosa frecuente y normal. Dispongo de una gran cantidad de fotografías de la Bogotá de mediados del siglo pasado. Elmo y varios de sus compañeros fueron abaleados por el ejército. Alguien desde el segundo piso del Monte Blanco, famoso salón de té muy frecuentado por damas funcionarias oficiales y de los bancos en el centro de la capital, frente al Templo de San Francisco, registró con su cámara fotográfica el desplante heroico de un joven teniente que con parsimoniosa elegancia se acerca a un estudiante herido que intentaba ponerse de pie, no escatimando un gesto gallardo el militar colombiano le dispara un tiro de gracia en la nuca. El teniente Del Rosario, fue identificado, pero el gobierno cerró la investigación y lo enviaron como agregado militar a una delegación de Colombia en el exterior. Dicen que a Washington, nada de raro tiene que así fuera. Allí terminó la historia como tantas otras en las que ha intervenido el glorioso ejército colombiano.

Manifestacion del 8 de junio de 1929
Manifestación del 8 de junio de 1929

Cuando identifiqué el cadáver de Elmo, abrazando la bandera de Colombia, en una de las fotografías en primera plana del periódico El Espectador, fui de inmediato en busca de Armando Villegas. Nada podía hacer pues siendo aún ciudadano peruano podrían calificarlo de persona non grata. En esos días actuaba en Bogotá una folklorista peruana, tenía entonces Armando de huésped a un escultor peruano, así que los tres visitamos a La Cholita, ella no titubeó en ningún momento y reclamó el cadáver, me tocó a mí luego la peor parte, escribir a la madre de Elmo con gran dolor de mi alma y le envié dos o tres fotografías en las que figuraba con Elmo paseando por la carrera séptima. Elmo había enviado copias de estas fotografías a sus paisanos asilados en México. Lo supe porque estando al poco tiempo en México muy próximo al Palacio de Bellas Artes y vecino al edificio de los correos nacionales, un personaje alto y bien presentado me intercepta y me pregunta: ¿es usted Sandoval, el amigo de Elmo? Soy Carnero Checa, peruano, de la redacción del periódico “La Voz de México”, le he reconocido por una de las fotos que nos ha enviado Elmo. No fue tampoco casual que residiera en la misma casona habitada por Manuel Mejía Varela, idénticas iniciales a las de Manuel Mejía Vallejo a quien conocí en Guatemala donde hice escala antes de viajar a Chiapas, desde allí un avión de línea nacional me llevó definitivamente a la capital mexicana.

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Monumento a la Revolucion

Camilo CienfuegosEl ruidoso caserón próximo al Monumento a la Revolución, según supe después, estaba habitado por cubanos, lo cual me explicaba el bullicio tropical y alegre de la música del Caribe. Tropecé una tarde con un hombre joven, alto, muy simpático y atractivo, me hizo un gesto de saludo tocándose la frente con los dedos de la mano derecha. Ya en Belgrado tenía en mis manos unos ejemplares de “Granma”, el periódico de la revolución cubana, en una de sus ilustraciones fotográficas reconocí a quien tan cordialmente me saludara una calurosa tarde en la ciudad de México, era nada más y nadie menos que Camilo Cienfuegos. Fue grata mi sorpresa y me interesé en su protagonismo revolucionario. Era el más popular en el pueblo cubano, si aparecía al lado de Fidel Castro en el balcón donde este gesticulaba sus discursos los espectadores clamaban “¡Camilo! ¡Camilo!”, no sé si esto molestaba el ego de “Caballo” como llamaban cariñosamente al líder de la revolución, pero sí era un estorbo para Raúl Castro y su “carnal” el Che, como dirían los compadres mexicanos, de tal suerte que un día la avioneta en que viajaba Camilo Cienfuegos de Camagüey a una misión encomendada por Raúl Castro y el Che Guevara fue abatida por un caza militar según testimonio de un pescador que vio la proeza, el mecánico del hangar confesó que el avión de combate regresó con la metralla descargada. Tanto el mecánico como el pescador y el piloto desaparecieron misteriosamente, pero la incógnita ha permanecido sin serla de la memoria del pueblo cubano y de los “guerrilleros” sus compañeros que cayeron en desgracia y sufrieron la cárcel por “traidores” y “enemigos” del régimen. Camilo, a diferencia de Raúl Castro y del Che, no era comunista, era contrario a los fusilamientos, se comportaba como un apóstol, tenía la confianza de las clases desfavorecidas y la aceptación plena de los combatientes con quienes compartió siempre el peligro, la aventura y las veleidades de los campamentos de guerra. Fue Camilo Cienfuegos el Ángel, el Señor de la Revolución que tanto molestó el egocentrismo del Che Guevara y la tozudez reaccionaria de Raúl Castro.