EL HOMBRE DE LA CARRETERA

JAMUNDÍ.

… Entonces llegaron en silencio y en parejas los chinos. No les fue difícil encontrar uno que otro cobertizo sucio por el abandono y la desidia de quienes tal vez con rencor y amargura recordaran momentos de placidez y alegría, sin duda alguna todo es pasajero, alguien opinaba con mucho humor que el tiempo al pasar deja huellas profundas como una aplanadora, quedan los baches, agujeros imperceptibles que se reconocen cuando las lluvias y las tormentas hacen de ellos pozos de agua sucia, en eso se convierten muchas veces las remembranzas de lo que fue y lo que pudo ser. Quebrar el espejo sería el mejor de los consejos, tirar el retrovisor a una zanja. Olvidar la imagen de hoy, vivir con la misma impresión de ayer, de todas maneras olvidar a la bella mujer de brillantes ojos de zafiro vestida de blanco como una novia que irremediablemente vendrá según la cita convenida y sin fecha previa. Le gustan las sorpresas y es conveniente estar prevenido para no tener disgustos ni desavenencias, las cuentas claras, el chocolate espeso, las deudas cubiertas, partir un día cualquiera cuando de manera imprevista se debe abordar el tren expreso. Ella estará allí. Siempre bella como un Ángel blanco. Será compañera en ese viaje. Cuando eso suceda, y sucederá, la suerte está echada, nada hay ya que hacer, todo es efímero hasta el amor que ardió como una llama, el intenso dolor en el corazón por aquella bella desconocida que en un momento dado se cruzó en nuestro camino, queda en la memoria una sonrisa, el resplandor de unas pupilas verdes y una mano desnuda de largos dedos como estiletes que se agitan, que nos hiere y nos dice adiós…
Entonces llegaron con sus ojos rasgados, convirtieron los cobertizos y los garajes abandonados al aquelarre de gatos y ratones en pequeñas tiendas donde ha sido posible a bajo costo adquirir relojes tan hermosos como si fueran suizos, atractivos modelos de calzado tan cautivadores y apetecibles como si provinieran de la bella Italia, ropa indiscutible de fina seda china, chaquetas de lana y cuero, todo cuanto era posible adquirir en los lujosos e inaccesibles centros comerciales con la diferencia de que ahora los centavos que sobran alcanzan para un emparedado y una taza de café en el quiosco de la esquina del parque o en el salón de té de doña Julia Usaquen Urquiso, quizá para que los chicos que incomodan con sus travesuras y ocurrencias puedan disfrutar de un helado de barquillo de dos pisos, uno de vainilla y otro de fresas, o de una barra de chocolate made in Taiwan allí mismo en ese cobertizo convertido ahora en la maravillosa gruta de Ali Baba.
El negocio de familia, heredado de abuelos a nietos, se echó a perder, no podía competir con los precios de los serviciales y eficientes orientales, era evidente que están subvencionados por las autoridades de su país que en forma lenta e inexorable van a la conquista pacifica del mundo, emulan a los musulmanes cuyo propósito es el mismo, no utilizan la fuerza ni el crimen ni los misiles como los gringos, pero son un rio que se desborda, sus aguas lo van cubriendo todo lentamente. No tuvo más remedio que liquidar, declararse en quiebra, hasta indemnizar a su esposa que decidió levantar tienda aparte, algo de andaluz tendría en ese Guadalajara que le vio crecer y supo que en cualquier camino habría un peregrino en aprietos, ningún favor se hace en vano, “Dios se lo pague’’ es la consigna del agradecimiento sincero, es una cadena ligada al advenimiento, todo pagaré tiene su fiador y todo llega en su momento, ninguna deuda queda sin saldar, así que no tuvo otra opción que alquilar un remolque, una grúa y se lanzó a la pesca milagrosa. Recordaba el Sermón de la Montaña, la multiplicación del pan y de los peces, las preguntas insidiosas de alguno de los discípulos. Así como mi Padre cuida a los seres del cielo y de la tierra tampoco se olvidará de vosotros. Y no faltaron carros accidentados, turistas desvalidos y gente en aprietos. Tenía sus buenas ganancias, buenas propinas en los talleres por los vehículos accidentados y en los albergues que ya no daban abasto de tanto cliente que les llegaba como lluvias de otoño, en uno de ellos, donde residía por fuerza mayor al abandonar Madrid conoció a quien podría llamar su ángel de la guarda, pues nada sucede por casualidad y Dios tiene sus extraños designios. Tampoco a ella le fue muy benigna la suerte, la crisis hizo mella en los numerosos hispanoparlantes que habían llegado a la península en la bonanza que fuera pródiga años anteriores al embeleco de hacer de Europa un continente parecido a Gringolandia, pero el rompecabezas ha sido muy complicado, puede existir una moneda común pero muy difícil modificar la idiosincrasia especifica para que un francés sea austero y dinámico como un alemán y mucho menos que un fanfarrón italiano pueda acomodarse al carácter mitómano de un español, aun cuando ambos gozan del buen vivir, de la dolce vita, del vino y la guitarra, de tal suerte que la desdichada colombiana como muchos de los desdichados ecuatorianos no tuvo más remedio que retornar a su país de origen convenciendo al bueno de José que la acompañe en la nueva aventura de descubrir América.
Caminar largo y tendido es mi deporte. El trayecto peligroso es atravesar la vía panamericana para alcanzar la orilla urbana de Jamundí. Este es un perímetro urbano que proviene de la parte alta desde donde arranca la autopista hasta Cotolengo, el asilo de ancianos, y el supermercado El Caribe hace poco puesto al servicio de esta población ‘’marginal’’. Los habitantes de esta zona, en especial del Condominio La Morada, han solicitado en varias oportunidades, después de catastróficos accidentes provocados mayormente por los motociclistas, la implantación de estratégicos semáforos ya que a causa de la desenfrenada velocidad que practican tanto las motocicletas como los autobuses, automóviles, camiones y otros cafres motorizados. Pero como vulgarmente se dice, la Secretaría de Tránsito y la Alcaldía argumentan sin mayores fundamentos que no es posible por tratarse de una autopista, así bautizaron este tramo, y se cagan en la noticia. Existe en Serbia un pintor naive, Jonás, retrata a los campesinos con cabezas diminutas y manos y pies inmensos. ¿Por qué? Le han preguntado, y responde: los campesinos no utilizan la cabeza, solo las manos y los pies. Siempre recuerdo a Jonás cada vez que debo atravesar la carretera, pues me parece que estos funcionarios oficiales de Jamundí tienen la cabeza pequeña y el culo inmensamente grande. La policía, como siempre, se asemeja al arco iris, aparece después de la tormenta.
¡Eccole! Le encontré de repente un día en la esquina de la calle 18 (la autopista debe ser la carrera una y dos), que desde la ‘’panamericana’’ inicia el ingreso al sector urbano. Vende salpicón. Ha instalado bajo los frondosos árboles en el andén una mesa de plástico, una silla, un taburete y el tronco de un árbol mutilado que sirve a la vez como un mueble doméstico. Frente a este improvisado expendio se encuentra el vivero ‘’Cataluña’’, es de otro español, Gabriel, catalán, tiene varios y el más importante ubicado en Pance, en estos días inaugura un restaurante en Cañas Gordas, pero aquí casi perdido en las proximidades existe un Ristorano Italiano. ¿Será italiano? Quizá algún día lo descubra, pues nada de raro tiene ya que en este municipio, según chismes que circulan, residen tres féminas alemanas, una profesora de idiomas de procedencia croata, un fabricante de títeres que vivió en Estocolmo y en Viena, una señora serbia madre de un oftalmólogo egresado de la Universidad de Belgrado, un croata propietario de dos clubes nocturnos en Palmeto, a pocos pasos de la Clínica Oftalmológica y quién sabe que otra clase de aves exóticas, aparte del gringo que dice ser de Tampa y vende perfumes en el centro comercial La 14. ¡Ah, claro!, también los japoneses dedicados a la gastronomía “china”.
No sé si le va bien a José con la venta de esta golosina, es generoso con las negritas ciclistas que suelen conversar con él, el barrendero siempre es obsequiado con un vaso de refrescante néctar, un pobre hombre que medía el camino a pie desde Popayán a quien invitó a tomar salpicón, “vamos, hombre, no te cuesta nada, yo te invito”, pero cuando supo que se dirigía a pie a Cali no lo pensó dos veces y le dio el dinero para que viaje en uno de los tantos autobuses de línea que pasan por la “panamericana”. Él dice que sí, que le alcanza para pagar el arrendamiento y otras menudencias, no pierde la esperanza de hacer algún negocio. Dios mediante, yo le creo y creo en los milagros.



