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Viernes, 9 de octubre de 2026

A mí me encanta no entender la poesía

A mí me encanta no entender la poesía

A mí me encanta no entender la poesía

Lectura crítica de Pallaksch, de Felipe García Quintero

Alfonso Luna Geller

Mi papá decía algo que siempre me ha hecho pensar. Aseguraba que nunca había comido nada más delicioso que un buen chorizo o una buena rellena, en mesa-larga de galería. Pero advertía inmediatamente una condición: que por favor nadie le explicara cuáles eran exactamente los ingredientes ni cómo se preparaban. Estaba seguro de que, si llegaba a conocer demasiado bien el proceso, probablemente no volvería a probarlos.

Durante mucho tiempo pensé que esa frase era apenas una broma de mesa. Hoy creo que encierra una pequeña sabiduría sobre muchas cosas de la vida. Incluida la poesía.

Porque algo parecido me ocurrió con Pallaksch, el libro que Felipe García Quintero tuvo la generosidad de compartir conmigo como novedad editorial. La lectura se asumió desde ese gesto y desde la responsabilidad de responder con la misma franqueza que exige el amigo.

García Quintero es uno de los poetas colombianos más reconocidos de su generación. Profesor de la Universidad del Cauca, doctor en Antropología, ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Neruda, del Premio Eduardo Cote Lamus y del Premio Encina de la Cañada, entre otros. Su obra acumulada —Vida de nadie, Piedra vacía, La herida del comienzo, Mirar el aire, Terral, Algún latido, Rengo— habla de un proyecto poético serio, sostenido, consciente de sí mismo. Y el hecho de que Pallaksch llegue prologado por Eduardo Milán, uno de los críticos y poetas más influyentes de la poesía hispanoamericana contemporánea, sitúa el libro en un nivel literario que no admite discusión fácil.

Ante semejantes monumentos a la palabra, ¿qué podría decir un mortal como yo?

Precisamente eso: lo que dice un mortal. No un especialista. No un par académico. Un lector común que se dejó atravesar por el libro durante varios días y noches, intentando descifrar un lenguaje intensamente trabajado, de alta densidad verbal, escrito todo en el mismo registro: grave, abstracto, elevado, constante.

El libro despliega un control verbal riguroso. Hay conciencia de forma. Hay una decisión clara sobre el tipo de poesía que se quiere construir. La poesía de García Quintero no narra. Tampoco describe. Instala un estado. El lenguaje opera con autonomía, no remite a una experiencia reconocible, no construye una escena compartida. Cada verso se afirma en su propia intensidad.

Esa distancia no es un accidente. Es una decisión.

El poema se cierra sobre su propia estructura. La experiencia no se comparte: se sugiere. Permanece en una zona donde el lector no siempre logra establecer relación. El acceso al sentido no se ofrece de manera directa. La comprensión no se produce en el recorrido natural del poema. Se desplaza.

El prólogo de Milán orienta. Sitúa la obra en una discusión mayor sobre la poesía, su forma y su lugar en el tiempo. Pero esa mediación también confirma una condición del texto: el poema requiere un marco externo para sostener su interpretación. Ese hecho no disminuye el trabajo del autor. Lo define. Pallaksch se inscribe en una línea de escritura que exige un lector preparado para ese registro. No busca la comunicación inmediata. No se interesa por la transparencia. Trabaja en otro plano.

Y aquí es donde debo ser honesto, con todo el respeto que le debo al amigo y al poeta.

No logré entrar.

La dificultad no se resolvió en la relectura. No se abrió con el tiempo. El poema siguió operando en una zona donde el sentido no se comparte. Ese límite no invalida el libro. Tampoco lo eleva por sí mismo. Lo ubica en un territorio específico de la poesía contemporánea: aquella que construye distancia en lugar de comunidad.

Siempre he creído que la poesía no se aprende. Fluye de manera natural en ciertos seres predestinados a administrar las palabras que, dulce o agriamente, pueden interpretar la vida. Quienes han osado estudiar y enseñar estructuras, ritmos y cadencias han construido a lo largo del tiempo verdaderas fortalezas teóricas, pequeños guetos intelectuales que buscan explicar aquello que, en esencia, siempre parece escapar a la explicación definitiva. Pero basta que alguien proponga una lectura distinta para que muchos de esos castillos conceptuales se tambaleen y obliguen a empezar otra vez.

La poesía habita en un territorio ambiguo: necesita conocimiento, pero no nace de él. Puede estudiarse, pero nunca queda completamente atrapada en los estudios. Admite teorías, aunque ninguna logre poseerla del todo.

Tal vez por eso nunca he intentado ser poeta. Disfruto demasiado a los poetas. Y siempre he tenido el temor de que, si me adentrara demasiado en los engranajes íntimos del poema, se perdería parte de ese asombro limpio que se produce cuando uno se encuentra con un verso que lo detiene o con un libro que lo desconcierta.

Prefiero habitar la poesía desde la orilla del lector. Desde ese lugar donde el poema todavía conserva su misterio.

Pallaksch me desconcierta. Me detiene. No me deja entrar, pero tampoco me deja indiferente. Y quizás eso, viniendo de un lector sencillo frente a un poeta de esta estatura, sea ya una forma de reconocimiento.

Sigo leyendo sus versos como quien saborea un buen chorizo de pueblo, en mesa-larga: con gratitud, con placer, y sin preguntar demasiado por los ingredientes.


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