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Lunes, 5 de octubre de 2026

EL LIBRO ES CABALLO Y BAJEL

EL LIBRO ES CABALLO Y BAJEL
EL LIBRO ES CABALLO Y BAJEL
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

EL LIBRO ES CABALLO Y BAJEL

EL LIBRO ES CABALLO Y BAJEL

Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel –
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel –

Emily Dickinson

Me acerqué por primera vez a un libro cuando tenía 11 años. Doctor Savage era su título. Despertó en mí una especie de ensalmo, de fascinación y elevación mental. Dentro de mi ser ocurrió una transformación. Como si fuera una aparición o un ser extraño hubiera allá debajo de la carátula con un retrato rojo, ensangrentado.

Sospeché en mi inocencia que no merecía tomarlo entre mis manos porque mi padre lo arrebató de mis manos. ¿A dónde me transportaría, qué regiones habría allá adentro, qué personajes habitarían en sus páginas? Sin duda había secretos y fórmulas y abismos a los que no podía acercarme.

Desde entonces los libros son para mí vehículos que encierran paisajes, personajes, ángeles, demonios, manantiales, caminos, diálogos, vuelos, sonidos, relinchos, quejas, aguas tormentosas, música de alas, tormentas, jardines o infiernos. Sí. Son diligencias, barcarolas, almadías, canciones lejanas de unas horas que encierran amores, recuerdos y lecciones.

Cada libro que tomamos en la mano o que abrimos es un carruaje o equino que nos lleva en su lomo a ciudades, fiestas o abre caminos e ilusiones. Ante nuestros ojos van rodando imágenes, fechas, hechos pasados o eventos que no esperábamos. Hay sorpresas agradables o vuelven a asustarnos fantasmas que habíamos olvidado. Nos hacen reclamos, hacemos preguntas, cruzan ráfagas de caras y peligros, de sospechas y presentimientos que alguna vez tuvimos.

El libro es, entonces, un espejo que guarda la inconsciencia o las experiencias. Es martillo que vuelve a golpear y nos despierta del letargo o nos descubre lo que había quedado en la penumbra. También puede darnos pistas de viajes, peligros o suposiciones nunca resueltas.

En el libro, pues, viajamos en canoa o cabalgamos, nos solazamos allá encima de sus flancos briosos y nos holgamos de ver a su altura cómo pasa de cerca la vida. Oímos el río o su cascabeleo, sentimos la frescura de las aguas y, paso a paso van quedando atrás costumbres, rostros amigos, modos de vestir y actitudes pueblerinas.

Quien inventó dibujar con estilo sobre el papiro y plasmar por escrito en un libro su modo de pensar, sus inquietudes y su ingenio nos legaron un regalo mejor que un artículo exótico o una joya de brillo que no ofrece sino vanidad y peligros. El libro ilustra, recuerda, saca de la ignorancia, da otra visión de un asunto. Mientras hace su labor el lector viaja con el ojo abierto por ese mundo o caverna maravillosa que disfrutó Platón hace siglos.

La invitación de Emily Dickinson no caerá en el vacío. Para escribir, para pensar, para hablar con propiedad hay que escapar de la ignorancia, hay que lanzarnos a la aventura de leer a Borges, Virgilio, a Ortega y Gasset, Shakespeare o a Kavafis: «Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar. Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta. Todo esfuerzo mío es una condena escrita y está mi corazón – como un cadáver – sepultado. Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo»

04-06-18                                            9:55 a.m.

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Otras publicaciones de este autor: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/

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