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Lunes, 12 de octubre de 2026

Una nueva aventura

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Imagen: https://www.facebook.com/yeisonjimenezoficial

Por Jaime Cárdenas

En la misma ciudad y en circunstancias similares en las que muere Gardel fallece Yeison Jiménez. Cuando el país apenas salía del letargo, de la resaca de las fiestas de fin año se produce el accidente. Inmediatamente los noticieros y las redes sociales comienzan a dar detalles y no van a parar hasta después del concierto que sella la despedida.

Coincidiendo con el trágico suceso viajábamos al lejano oriente colombiano. En la camioneta el conductor le rindió homenaje al cantor fallecido poniendo en su equipo a un volumen inapelable todo el repertorio, de manera que forzosamente supimos sobre el circulo temático que fue objeto de la inspiración del malogrado cantante: la traición de la mujer y el consecuente deshago en la cantina, el caballo, la envidia – de los malnacidos-, la parranda, el único Dios, la maldita traga, darles gusto a los placeres vaciando botellas con mujeres buenas, el aventurero.

La canción El Aventurero, cantada por Yeison Jiménez, se convirtió en nuestro Himno a la Alegría, así es el momento. No hay bar, emisora, estilo Olímpica o Candela, que no la seleccione, ni fiesta de trabajo que no tenga un émulo del finado que omita cantarla. Hubo que poner cuota de mala gana para ese ágape al jefe, pero pronto se olvida el asalto al bolsillo con esa música que le llega al alma de los que asisten.

Hay que ver a esas lindas jovencitas enternecidas – con dos aguardientes en su cabeza-, moviendo sus pestañitas postizas, a esos jóvenes ejecutivos eufóricos, todos ellos conocidos en el trabajo como la doc y el doc, cantando a voz en cuello:

“Y a mí me gusta la parranda
A mí me gustan las mujeres
Escucharme una buena banda
Y darle gusto a mis placeres”.

Hay un axioma: en el terreno de los gustos artísticos musicales, no hay parámetros que califiquen absolutamente una creación y por lo tanto no podemos menos que respetar la afinidad que cada cual tiene sobre la materia.

Mi vecino Riger, un gran músico, me ha explicado el mérito de Schönberg, sin embargo, mi mala educación musical no me ha permitido meterle muela. Por su parte, el maestro Javier Apráez ha escrito en favor de Leo Dan; particularmente una o dos de sus canciones me siguen sonando después de tantos años. Seguramente habrá quien, con buenos argumentos, no encuentre mayor mérito para esa elección. A un amigo de la infancia le parecía que cantaba bien quien decía llamarse Sabú y en Venezuela hay todavía quien crea que el Puma es buen cantante. Por mi parte, no veo nada que me conmueva de Sabina, menos aún de Arjona, y peor del tal Luis Miguel, pero en mi propia familia tienen esos mirlos sus defensores acérrimos, sin que vea en el futuro punto de conciliación todo lo cual antes que una desgracia es un hecho que alegra la vida, como esas canciones que de repente, de manera inesperada, cuando las creíamos sepultadas por el tiempo, el viento las trae y nos devuelven por unos breves segundos a un momento feliz de nuestra vida.

Solo cabe agregar a estas líneas la importancia de una buena educación musical que debe empezar, esta vez sí, en la infancia y que debe de consolidarse en los bancos escolares, de manera que se tengan opciones, que se pueda escoger, ponderar, privilegiar, y si no es pretensioso, ahondar en el conocimiento de la música, de manera que se formen verdaderos aventureros en el placer de deleitarla, llegándose, dado el caso, a elegir con buen oído a Pavarotti y no al cantante de marras.


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Jaime Cárdenas

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