Por: Juan Carlos López Castrillón.
Poéticamente se ha escrito que Popayán fue construida en un valle rodeado por siete colinas, como Roma, Lisboa, Edimburgo o Estambul. Así lo escribieron Carranza, Valencia y Mutis.
Con ese relato nos criaron en las casas de los abuelos y nos lo reforzaron en los colegios. Yo soñaba con conocer algún día la colina Palatina de Roma para descubrir qué tanto se parecía a la patoja colina de Belén.
Pero, con el paso inexorable del tiempo, esta ciudad fue creciendo y a las colinas periféricas de los poemas se les dio un nombre urbanístico muy bonito y protector: los cerros tutelares. Por definición, se dijo que eran intocables.
Sin embargo, después del terremoto de 1983, llegaron aceleradamente numerosas transformaciones. Esos cerros, en particular los del occidente, fueron avasallados en su mayoría por la llegada de pobladores que buscaban una solución de vivienda propia.
Del otro lado, en los cerros del oriente, donde están Molanga, Pomona, Tres Cruces, Pisoje, Claridad, Santa Bárbara, El Sendero, entre otros, y por donde desciende buena parte del agua que abastece el acueducto de la ciudad, aún sobreviven algunos humedales, bosques nativos y especies de fauna. Estos territorios han logrado salvarse parcialmente —por ahora— de la famosa motosierra autorizada por las autoridades.
Pero sobre estos santuarios naturales y otras miles de hectáreas del municipio se ciernen nuevas amenazas y oportunidades, dependiendo de lo que pueda suceder con el proyecto de Plan de Ordenamiento Territorial (POT). Está sobre la mesa la posibilidad de habilitar espacios para un presunto «volteo de tierras» y, entre otras consecuencias, permitir que esos cerros terminen destruidos en medio de un negocio más.
El famoso proyecto de POT acaba de ser radicado ante la CRC, autoridad ambiental de la región, para su estudio técnico, la formulación de correcciones y, si es el caso, la posterior emisión de un concepto favorable. A partir de allí se iniciará un proceso de debate y socialización, antes de llegar al Concejo Municipal.
Un POT es la visión de cualquier ciudad y tiene una vigencia de varias décadas. En nuestro caso, trazará la ruta de lo que queremos que sea Popayán en términos de sostenibilidad y desarrollo. Definirá qué zonas debemos proteger y cuáles podrán ser objeto de intervención.
Pero un POT va mucho más allá: es la impronta y el ADN de lo que fuimos y de lo que seremos como sociedad. Bien manejado, repito, representa una gran oportunidad; sometido a intereses politiqueros y de negocios, puede convertirse en una amenaza descomunal.
En esta etapa del proceso, su liderazgo estará en manos de la nueva secretaria de Planeación, quien, según la hoja de vida publicada, no tiene ninguna experiencia en la materia y llega a ocupar el cargo en cumplimiento de un compromiso político, sin ninguna consideración de perfil. Reemplaza al exalcalde de San Sebastián, hoy aspirante a la Alcaldía de Popayán, después de haber fracasado en su intento de llegar a la Alcaldía de Bolívar. Eso es lo que hay.
Dada la trascendencia de este asunto, es imperativo el acompañamiento del Ministerio de Ambiente, la Procuraduría Ambiental y el Departamento Nacional de Planeación (DNP). Pero, fundamentalmente, se requiere la participación activa y vigilante de nosotros, los ciudadanos, pues se tomarán decisiones que, una vez aprobadas, podrían ser irreversibles. De pronto no quedan cerros tutelares ni para remedio.
Posdata: Según el informe presentado por la Secretaría de Hacienda de Popayán al Concejo Municipal, con corte al 31 de octubre, solo en el sector central del municipio hay más de 2.000 contratistas vinculados mediante contratos de prestación de servicios. Informe en análisis.