UN ESCRITO Y PINTURA DE 1989


Especial para Proclama del Cauca

He intentado copiar el famoso cartón de Leonardo da Vinci (esto, en 1989): la Virgen, Santa Ana, Jesús y San Juan Bautista niños. Obra maestra del arte de todos los tiempos, reposa en la Galería Nacional de Londres, exhibida por el maestro en 1501, cuando él contaba 49 años de edad. Como muchas de sus obras, quedó sin terminar, lo que no le hace ninguna falta ni merma, ya que su grandeza en concepción y emoción, su belleza y maestría, hacen de esta maravilla algo exonerado de cualquier lugar común. Su mismo fondo inacabado, boceto lleno de frescura y fuerza viva, es un logro de valores estéticos venerable. El vigor de las líneas, trazos de perfección y musicalidad, belleza y sabiduría perfectamente combinadas, emoción y dinámica interactuantes, empujan la visión a un recinto que conmueve con sus tonos ocres, luces apolíneas, y esos rostros de sonrisa ambigua, marcados con ese misterio que ha insinuado cualquier página entre la tentativa psicológica y el extravío puramente lúdico y sensual.
El dibujo de Leonardo es una escuela de sabiduría; las líneas encierran ritmos de poéticos valores; nítida, segura, expresiva, aprisiona con fuerza y delicadeza la síntesis de contrarias pulsiones. Son huellas de un espíritu grande, inquieto, ávido, sumido en el misterio de sus cavilaciones. Terreno y etéreo a la vez, sólido y liviano, contundente con su vigor material, sensual, idílicamente espiritual o angélico. Un dibujo antiguo y moderno a la vez; más moderno que cualquier modernidad pedante, más viejo que su propio tiempo; recoge el saber plástico reunido hasta su momento, lo convierte en imágenes simbólicas, carismas ontológicos del espacio-tiempo exquisito y mensurable.
He tratado de aproximarme, imitar, proceder un poco en el círculo mágico de esta composición. La veo como un talismán cargado de poder, rendijas perceptuales para cierta otredad poética; días y noches concretándose en atmósferas que procuran su protagonismo plástico, luz dorada acercándose a lo intangible, sabia concesión a una hermosura insistente. Imitar esas líneas es rastrear, invocar un estado anímico y dinámico para el desciframiento de formas, luces y sombras a veces en indefinición brumosa. El trazo revela rictus de un apasionamiento en busca de caricias mágicas; el sombrado se mueve en diagonales estremecimientos; el claroscuro tienta con su esfumado; las sonrisas invitan a una contemplación atemporal, mientras la mano izquierda de Santa Ana señala con un gesto simbólico el arriba metafísico de todas las aspiraciones nobles. He hecho un intento, sin poder afirmar que lo haya logrado; la estructura espiritual de ese cuadro supera cualquier remedo en los dedos de un extraño. El cartón original me sigue demandando sus reclamos, mientras el sabor en el espíritu es el comienzo de una tregua con el mundo.



