UN CABALLERO DE BRONCE EN LA HABANA


Siempre se le veía por San Rafael y Galeano, 23 y 12, Belascoaín e Infanta… Pero aquel día el Caballero de París estaba tendido cuan largo era sobre una banca de un parque cercano al monumento a los chinos, participantes en la guerra independentista cubana del siglo XIX, contra el imperio español. Mientras la locomotora revolucionaria le echaba humo por su lado a las once en punto de la mañana.
Fue cuando mi hijo de tres años al ver al extraño personaje, asombrado dijo: “Mire papá…” Y yo le expliqué que ese hombre era un obrero de la “locha”, que con bloqueo y todo construía esa mañana frentes fríos la nueva sociedad. Pero creo que no me entendió. Ni porque hacerlo con su corta edad. Tampoco que la Revolución lo protegía como un patrimonio cultural de la ciudad, después de que todos los seres parecidos a él habían desaparecido.
Muchas generaciones de habaneros lo habían visto rondando parques, aceras, esquinas y portales de casas y edificios. En un portal cercano a la cinemateca, lo descubrí a mitad de la tarde y el Caballero de París esa vez no dormitaba a pierna suelta bajo el radiante sol del Caribe, sino que recortaba unas tiras fílmicas, y cuando me vio frente a él me dijo sin más ni más, y sin preguntarme de dónde yo era, como todos lo hacían cuando me veían por primera vez…
Él también era de París, pero más habanero que ninguno. Me extendió un pedazo de la cinta recortada diciéndome: Désela a Fidel y este al Che… y este a Raúl…Y este a Camilo, y grita viva la Revolución. Siguió recortando fragmentos, que seguro había recogido de la basura de la cinemateca. Alagado se los recibí, pues nadie y menos un personaje tan acéntrico como él, nunca en mi vida me había obsequiado nada, como no fuera un palazo tiempo atrás dado en Bogotá cuando el mendigo montó en furia al apreciar como ofensa, la pequeña moneda dada de baja denominación. Esa vez con cubano orate me sentí feliz de saber que hasta los locos del país, estaban protegidos, y alguien también me contó su vida de capa y viejos periódicos bajo su brazo.
Me dijo que la leyenda hablaba, que el caballero de París llegó a la isla con una compañía teatral española por la década de los treinta, muchísimo, pero muchísimo antes, que la tropa de barbudos libertarios con Fidel a la cabeza irrumpiera en la ciudad. Siendo abandonado cuando se le alborotó la esquizofrenia. Otros afirman que era el sobreviviente de un naufragio. De todas maneras el legendario personaje con el paso del tiempo se convirtió en un mito. ¿Dónde estaba en los días de la victoria, cuando empezaron a transformarse de repente los sueños y la vida en general.
Seguro que el Caballero de París, se encontraba en Mazorra, el hospital para locos. Porque el que hoy existe se llama siquiátrico y tiene una verdadera asistencia sin discriminaciones para los alienados de todas las razas y colores.
También contaban que se dio la orden a los restaurantes de los sitios recorridos por él Malecón arriba, para que le dieran comida, mientras iba con sus pedazos desechados de cintas fílmicas. No era atendido como mendigo sino como otra estampa con capa de caballero andante medieval, perteneciente al paisaje habanero.
Hoy sigue en trashumancia, convertido en escultura, que los turistas miran, tocan y abrazan, puliendo con sus manos la capa esquizofrénica del bronce.
Alegría de Pío. 1/30/2015/ 7:35 A.M




