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Viernes, 2 de octubre de 2026

Tormenta en las calles

Imagen cortesía del diario El País

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Imagen cortesía del diario El País
Imagen cortesía del diario El País
Alguna vez – no tan en la mitad de la mar – asistí y probé con mucha ansiedad lo que puede ser una tormenta. Las he visto y oído en películas y videos, pero no las había experimentado en corazón propio.

Sí. Porque hay tormentas del alma y hay tormentas de ansiedad y de amor y de desamor. Y, son tan tormentas como las que uno alcanza a experimentar viendo una película con ventisca y lluvia en alta mar.

Entrar en esta clase de ventiscas, hallarse con ruidos de vientos fuertes y sentirse mojados de las gotas incesantes que vuelan sobre la piel encima de una barca, hay que haberlo experimentado. Y yo lo experimenté una vez llegando a Cartagena como a las 4:30 p.m. cuando empezaba a caer el sol.

Las olas no eran altas pero el mar estaba «encrespado». La superficie de la inmensa mole estaba con millares de crestas que se movían frente a uno, al lado y atrás y al más allá… Buscaban los ojos un resquicio en medio de la lluvia un pedazo de mar tranquilo y no lo había.

Arriba sonaba amenazante el cielo ennegrecido y algo llameante. Salían de su seno bocanadas de relámpagos con ruidos cavernarios y de animales que no se dejaban ver. Las golondrinas y gaviotas se habían escondido. Parecía que mil ballenas estuvieran bajo las aguas a lado y lado de nuestro minúsculo bote y se rebullían… parecía que la embarcación no debería haber programado a esa hora y esas condiciones predecibles para un barquero experto y conocedor de los vientos y marejadas.

Yo lo pensaba, desconsolado, mientras miraba a mi pareja que dejaba mostrar su rostro mesurado y reposado. Como si ella hubiera sido testigo en otras ocasiones y lugares de esta clase de tempestad que se cernía sobre nosotros y ahora nos mecía.

En verdad, después de que pasó el temporal marítimo y las aguas empezaron a decrecer en tamaño y fuerza, el corazón empezó a registrar las pulsaciones más tranquilas. Amainó el momentáneo temporal y ya los ánimos de todos, especialmente el mío, se tranquilizaron… Apareció el azul oscuro entre las aguas y la embarcación enderezó su ritmo. Ya la orilla y el puerto con sus amarras nos recibieron a los viajeros.

Pisamos tierra firme y se acabó la zozobra. El corazón volvió a dar el impulso necesario para disfrutar el atardecer con brisa y sol rojo allá, al final de la inmensa cuadra salada.  

Escribí que la tormenta era en las calles. Pero mi imaginación y el miedo de aquellos momentos me hicieron «cambiar de rumbo». Tocaba. Las cosas, los viajes y la vida no son siempre como uno quisiera… Se puede y se debe rematar sin sustos ni azoramiento. El susto había terminado, pero el viaje quedó en el recuerdo.

Si quieres saber lo que es el miedo, métete en el mar, dice una frase llena de verdad. El mar se impone.

18-03-19 – 10:51 a.m

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