EL TIEMPO, LOBO INSACIABLE



Es venerable niño con barba, parecido a un viejo lobo de selva o mar. Es lobo con garganta oscura y dientes de zahorí insaciable que sale del vientre de la noche a buscar de comer. Pasa segundo a segundo su vista por sobre templos, bares o covachas buscando a quien devorar. Mira atento a su víctima y sale corriendo a seguir el rastro de un hecho, de un nacimiento o naufragio, atentado o invento para engullirlo en su panza.
Oh, el Tiempo… Cuánta historia guarda en su hígado y cuántos sabores recuerda en su lengua. Recuerdo una frase irónica que recoge el protagonista Stephen Fermoyle de El Cardenal de Henry Morton Robinson: «Il tempo fa passare l´amore ma il amore fa passare il tempo«. Sentimientos, temores, ilusiones, amores y diluvios han pasado por sus fauces. Porque el tiempo no tiene predilecciones, antojos o fobias. Es un personaje neutro que come y no mastica, que traga entero y no discrimina.
Sí. El tiempo es el montón de monedas que uno lleva en el bolsillo para gastar día por día. A cambio de ellas recibe el que compra amor, dicha, éxitos, odio, rechazos, envidias o ingratitudes. El tiempo no mira corazones ni razones ni tonos ni cunas, ni timbres ni honores. Es un ser de paso corto que anda hasta que se acabe la cuota entregada al principio de su tiempo previsto. El tiempo no concede plazos ni mueve la cola para consentir al cliente. Llegado el momento ¡zas! viene la dentellada en el cuello, la ingle, el colon o el páncreas.
Implacable señor es don Tiempo, diré parodiando a Francisco, mi requeteantepasado. Aunque pase por Cortes, por hospitales, por hospicios u hoteles o playas o aviones será porque debe cumplir con el deber de contar las horas si fijar su cara en qué lugar se encuentra o qué aventura esté sucediendo.
Sin embargo, el Tiempo, – que anda con rostro enfundado de negro y con una guadaña para ayudar a sus dientes – llega de improviso para no aumentar la pena de bajar la barda como un peaje. A nadie avisa su visita sorda ni asusta como un presagio. Su golpe es de un tajo en la nuca y el cliente, así, cae redondito en la almohada, cuando se contrae la arteria en la ambulancia o cuando el bus rueda al abismo.
Parece cruel el tal señor llamado Tiempo. Ya sabrán por qué es un Señor. Da contado centavo por centavo al comienzo de la vida y cada quien lo gasta o lo invierte, lo malgasta o lo pierde, lo pone en un banco o en una ruleta o lo regala – ¿de verdad? – a un ancianato o a un hospital de cardiología. Cada uno se hace dueño de su tiempo regalado desde el primer segundo.
Todavía guardo un puñado de monedas. No me he puesto a contarlas. En algún momento creí que se me había roto el bolsillo. Pero no. Tampoco fue que el Tiempo se hubiera compadecido y me hubiera dado algún plazo o aumentado la puñada inicial. Qué pregunta tan indiscreta: ¿Cree usted que su bolsa está casi llena o algo vacía?



