EUROPA, ARTE Y VERANO


Definitivamente, uno queda con los ojos encumbrados; Europa, una fiesta.
El calor agobiante del verano no vencía las miradas; la excelsitud estaba en cada calle, en cada esquina, fuente o ángulo. No sólo en los museos de la fama sino en todo paso recorrido por esas ciudades hermosas: Barcelona, París, Versalles, Florencia, Roma, Pisa, Tívoli, Girona, Tossa de Mar.
Entrar a la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona era un emocionado encuentro con lo insólito; semejante desafío a la tradición arquitectónica confirma la audacia del genio. Visitar las penumbras de Notre Dame en París era como pisar impresionantemente el atrio del cielo; allí me acordé del gran Fulcanelli, pero no entendí las analogías mito-hermético-alquímicas de las que habla en sus obras; música de órgano y una voz de soprano para el oficio religioso del momento acompañaban este regocijo de vitrales, y ciertamente las ojivas horadaban el cielo con su altura. Y entonces París era un sueño tocando realidad. En El Louvre consigo abrirme paso por entre la multitud, logro situarme frente al cuadro que era un anhelo desde siempre, mientras una chica invidente, guiada por un amigo, fueron las únicas personas a quienes se les dejó situarse más allá de la barrera permitida: hasta los invidentes quieren ver ese retrato de Gioconda; y la Venus, la única que sin brazos es toda una perfecta norma de belleza y equilibrio.
Roma con sus ruinas y fuentes, el Coliseo, el Castillo de Sant´Angelo, el Museo Vaticano y la Capilla Sixtina… Los frescos de Miguel Ángel y de Boticelli tienen fuerza titánica, ensimisman y atraen con poder fascinante: historia y genialidad que hacen perdurar toda maravilla; el «juicio final» no ha llegado a esta tierra, pero está allí el barroco grito de advertencia. En el Palacio de los Uffizi, en Florencia, se sumerge uno en contemplaciones trascendentes; Giotto y continuadores de la gran tradición, hasta el Renacimiento y más, nos recuerdan que el arte tiene raíces sacras; y en la Galería de la Academia, en Florencia, el gigantesco David, a quien todo el mundo obtura el lente, extasía cualquier posible lectura… En fin, Mantegna, Leonardo, Rafael, Bernardino Luini, Ghirlandaio, Caravaggio, Tiziano, Guido Reni, Corregio, El Greco, El Rosso Florentino… imposible nombrar aquí toda esta familia de genios que enriquecieron el mundo con sensibilidad, inteligencia y belleza… Se necesitan días para festejar cada minucia, detalle, cada impronta en esos innumerables galerías de bustos, esculturas, anatomías alegóricas donde nunca llegará el cansancio de la muerte.
Versalles, de belleza sin parangón, Palacio y ciudad; el imperio de los reyes cayó, pero la magnificencia y fastuosidad del Rey Sol permanecen como testimonio para quien quiera mirar allí la gloria con que se adornaba el poder…
En Barcelona me acosa la pena de no ver con suficiente tiempo toda la riqueza desde el gótico hasta el arte moderno en el Museo de Arte de Catalunya. Luis de Morales, «El Divino», iluminaba una excelsa exposición temporal; los esfumados pluscuamperfectos de esta pintura no verán morir jamás la luz en esas tablas.
En París, en el Museo d´Orsay, además de los antiguos, maravillan los impresionistas: Cézanne retrataba con color magistral; el vigor de Pisarro, las audacias de Van Gogh, los exquisitos, insuperables retratos de Fantin Latour, los simbolistas y orientalistas, las esculturas de Rodin…
En Figueres, el Museo Dalí es como presenciar una órbita de otras dimensiones; desde el ingreso a ese patio se siente el combate a la razón, como también en el Museo Picasso de Barcelona: 156 magistrales grabados entre otras cosas más, solicitan una mirada carente de prejuicios: el «orden» ha inventado otras leyes y lenguaje.
En fin, vimos la torre en Pisa que mira inclinada, subimos a la mole de acero que domina con su altura todo París. Calles, castillos medievales, parques y plazas, puentes y balcones, frisos,
esculturas y monumentos, rejas y tornos… todo en esas ciudades habla con encumbrado gusto, nobleza y belleza del mejor género y estilo.
El inmenso, incomparable azul del Mediterráneo en Tossa de Mar en España, coronó este periplo de verano, regocijo e interminables caminatas bajo un sol quemante de multitudes y turismo. Sólo puedo globalizar esta experiencia imitando palabras de Hemingway: Europa era una fiesta.
RVQ.



