¿Terminó la polarización en Colombia?


¿Terminó la polarización en Colombia?

Un nuevo mapa humano entregó la Registraduría Nacional del Estado Civil el pasado domingo 17 de junio, luego de las elecciones finales para escoger al presidente del Estado colombiano.
Este mapa político nos muestra que el país está integrado por dos naciones o patrias, cada una enmarcada en los límites de esa “polarización” conceptual, socio-económica y geográfica que le han venido imponiendo sus dirigentes en el transcurso de uno y otro gobierno hasta llegar a lo que tenemos hoy, una república inmersa en la incertidumbre, a pesar de estar a punto de estrenar presidente.

El pasado domingo quedó oficialmente establecida esa diferencia: más de ocho millones de ciudadanos supuestamente perdedores ubicados en la Costa del Pacífico Colombiano (Nariño, Cauca, Valle y Chocó), Putumayo, Vaupés, Sucre y Atlántico, y Bogotá, que la Registraduría en el mapa de resultados electorales tiñó de morado o violeta; y la otra parte, con más de diez millones de electores aparentemente victoriosos, ubicados en el resto del país, distinguido con un azul celeste, o algo así.
De este mapa diseñado por la Registraduría me llamaron la atención varias cosas.
Primero, la asignación de los colores. Bien escogidos, diferencian (y hasta estigmatizan) a unas comarcas y dan una connotación favorable pero excluyente a otros territorios.
El morado o violeta, que distingue a los 8 departamentos y al Distrito Capital, que votaron mayoritariamente por Petro, es un color que en nuestra cultura siempre ha estado asociado a lo litúrgico, representa la expiación, el arrepentimiento, usándose generalmente en todos los actos penitenciales. En el catolicismo representa luto y muerte. El azul, que resalta a los otros 24 departamentos donde Duque obtuvo sus votos preferencialmente, tiene asociaciones simbólicas con la calma, tranquilidad, pasividad, relajación, negociación, sumisión ante el poder; está asociado también a la modernidad, a inspirar visión de futuro.
No descarto la suspicacia por parte de este observador desprevenido, pero es lo que se ve en el mapa.
Segundo. Analizando las reacciones de parte y parte tras los resultados que consagraron a Iván Duque como sucesor de Santos y a Gustavo Petro en su retorno al Senado, el escenario preciso para desplegar sus talentos parlamentarios en la oposición, deduzco que no es fácil para muchos, aparte de los dos protagonistas principales, asimilar sus roles democráticos y contribuir desde todos los flancos a la unidad de la nación y a realizar esfuerzos conjuntos que busquen conjuntamente el crecimiento de la economía, la satisfacción de necesidades humanas básicas y a la distribución equitativa de oportunidades y derechos.
La región de morado, indudablemente es la que ha padecido históricamente la falta de nutrición y acceso a cuidados médicos básicos, al agua y saneamiento, al bienestar personal y familiar, a la vivienda digna, a la seguridad económica y personal, pero también al acceso a conocimientos básicos y a la educación superior, a disfrutar de calidad medioambiental, ha sufrido por el no-reconocimiento de los derechos humanos, por la falta de tolerancia y de inclusión. Históricamente ha sido víctima de la guerra, de la estigmatización, y en estas condiciones, frente a las nuevas realidades creo ver una oportunidad para que esos colores excluyentes comiencen a diluirse, a combinarse de común acuerdo y con paciencia. Con acciones gubernamentales definitivas.
No creo que sea bueno para nadie seguir avivando el fuego de las diferencias regionales o geográficas, inclusive étnicas o culturales, con emocionales argumentos que pueden convertirse en peligrosas relaciones o reacciones violentas entre unos y otros.
Tercero. Ojalá que los más de 10 millones que eligieron a Duque no sigan siendo retadores supuestamente victoriosos, ni que sus líderes se decidan por retaliaciones contra los otros ocho millones que creen perdedores o merecedores de agravios que incitan a la violencia como el de seguir utilizando la terminología descalificadora de la campaña como “castrochavistas”, “mamertos”, “guerrilleros” y otros que realmente ofenden, ni que éstos a su vez, brutalmente, o como forma de rebusque se crean con derecho a la venganza o la violencia. Ni lo uno ni lo otro.
Tenemos que bajarle también a esa fastidiosa publicación de noticias falsas e insultos de doble vía a través de las redes sociales.
La cordialidad y la sana convivencia deberían ser la consigna, sin necesidad de entregar nuestras creencias; Colombia está dividida entre adversarios ideológicos, no entre enemigos personales.
La tarea por la unidad nacional compete a todos, a quienes han de ejercer el gobierno y a quienes obligatoriamente nos correspondió la oposición política, también programática y consistente, exigiendo precisamente que los acuerdos de paz logrados para desarmar a las guerrillas se cumplan, y se implementen, se continúe con la búsqueda de la paz con el ELN y se eliminen los brotes paramilitares que persisten, para poder creer en el nuevo gobierno para todos como lo anunció Duque al hacerse a la victoria electoral.
Cuarto. A pesar de que desaparecieron los partidos tradicionales también es la oportunidad para que surjan nuevos liderazgos. Esto vuelve y comienza, porque seguimos en campaña, vienen las elecciones de 2019 para implementar el nuevo poder territorial. Si nos lo proponemos, como ciudadanos podemos contribuir a derrotar la corrupción y a mejorar las economías regionales si sabemos elegir buenos alcaldes y concejales y si no nos equivocamos en la preparación, con seriedad, para que la gente tenga las condiciones y conocimientos suficientes para escoger buenos gobernadores, y diputados.
Seguimos en campaña, y no debe haber temor a seguir con una saludable polarización conceptual que nos permita debatir, diseñar y escoger el nuevo poder territorial como obligación cívica que culmina en el 2019. Es la consigna.
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Otras publicaciones de este autor: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/editorial-alfonso-j-luna-geller/



