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Viernes, 2 de octubre de 2026

SOMOS FLECHAS AL VIENTO

SOMOS FLECHAS AL VIENTO
SOMOS FLECHAS AL VIENTO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

SOMOS FLECHAS AL VIENTO

SOMOS FLECHAS AL VIENTO
Imagen: https://batallasenlahistoria.wordpress.com/2016/03/16/carro-de-combate-egipcio/

Al poeta Javier Félix Galilea

En nuestra corta vida somos un soplo que nos impulsó la boca de nuestra madre cuando nacimos. Somos una flecha lanzada solitaria al mundo que salió de ese carcaj tibio y amoroso. Y por largos días lo había olvidado. La flecha salió y está cumpliendo su parábola en los avatares del viento, la claridad y veleidades. Todo en la vida cumple un ciclo. Se han caído imperios, civilizaciones, catedrales y demiurgos. ¿Quién soy yo para olvidarlo?

Me acuerdo de mis padres que se fueron sin despedirse. Y no dudo que me querían. Se fueron mi niñez y juventud. Solo me queda un pasado lleno de historia risueña que aún me conforta y me acompaña con su rastro y experiencia. Ah… de los éxitos, la risa, los viajes, los hijos, las amistades sinceras, la escritura y la Poesía… son todas las cosas que me hicieron, me sostuvieron y me siguen como sombra. No me han soltado de su mano. Y me agarro a ese fardo valioso y lo echo al hombro como lo hizo Claret cuando fue nombrado arzobispo. Algunos pensarán que estoy vencido, pero me asiste una estrella allá en el fondo.

Sí. No soy viento. No soy rápido como los pistoleros que mandan su brazo rápido para sacar de la funda su arma para ganar a su contendor. Pero estoy acostumbrado a obrar con lentitud y ganarle a la liebre como la tortuga. ¿Quién dijo que yo soy un tío vivo? No, soy reflexivo y puedo esperar parado en una esquina para verla doblarse. Porque las esquinas también se doblan.

Soy flecha. De esas que se elevan y parecen que se quedan colgadas de la punta y se demoran en dar la vuelta y llegar a su destino. Nunca me gustó la obediencia ciega. Por eso estoy aquí, donde escogí. Soy un inconforme, un rebelde, casi un apátrida sin dios ni ley. Tantas veces eché la suerte contra lo previsible. Y sobrevivo. No he sido esclavo de la comodidad y la rutina. Tres veces he echado las redes en aguas nuevas y emerjo y pienso, y canaleo, y encuentro la playa esperándome. Mi barca sigue incólume.

Soy flecha. La parábola aún está rasgando el aire, aún busca con su minúsculo ojo el punto hábil para caer ensartado en la tierra en el punto indicado. Hay que darle tiempo al tiempo y al destino. No a la suerte en la que nunca he creído. Menos a los ensalmos ni al mal de ojo.

Sé esperar. Mi barca no hace agua. Tengo vituallas y mi respiración está como la de caballo a galope. Miro hacia adelante confiado, toco las teclas para sacarle música a mi trabajo y suena la melodía propia de un Bulevar alegre, juicioso, coherente, no disminuido ni retrasado. Por algo se llama «de los días». Porque da cuenta de lo divino y lo humano, de la realidad lanzada hacia el futuro.

16-01-18                                              11:13 a.m.

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