EL CIRELIO / MÁNDROLA, PÉNDROLA, LÍNDROLA

EL CIRELIO

Una vez muerto, las aves rapaces no devorarán su lengua; él la ha protegido con coroláceas beatíficas, ha pronunciado los guarismas sagrados: el Arriba se superpone al abajo cuando la sal ha perdido la tinta que muere.
Volará más allá del regreso y el comienzo, y escribe en El Cirelio, su Gran Libro de Los Solitarios, que no duerme.
«Dame la clave, Señor, para ser Inmarcesible; me regocijaré encima de mis siete tumbas. Se abrirán las lápidas de resurrección, en tanto las palomas no mueran en siete estaciones de invierno».
«¿Quién podrá sobrevivir? Sólo quien pueda morir en su núcleo de llagas para ofrendarlas al Eterno Rincón de las Alas».
«Levantémonos, vamos a otro país, hay garzas singulares en lagos de paz; han abandonado la torre donde lloran la fosa y el péndulo».
Él las ha visto, rezan la fiesta de los vigilantes.
«Me gustan, aves de pico delgado; taladran el abscóndito ojo en la piedra, traman el cielo y la tierra en enredo indisoluble, son banderas cuidando la entrada al jardín que favorece el museo de las almas».
«Me gustan, aves de porte elegante; detienen el vínculo que sella los hierros; bendito el día que rondaron el cadalso para anular las penas del fracturador sentencioso».
Y las ha visto él entrar en la roca de atrás; pican el huevo de oro, no las moja el hielo, no tienen la libertad fracturada entre una noche y otra.
Él cree en su inmensa paciencia, de noche las oye hablar en la Fuente del Piloto y su Musa de Tules.
MÁNDROLA, PÉNDROLA, LÍNDROLA
Cáxilas son las señoritas danzantes del sueño; en él aparecen los torvos, los murios y cinelios del día; cornejas corren en medio del frío, erefios nacen por fin en la puerta de la cofradía que controla a los monjes. Aún quieren extender el sol más allá de la noche, han perseguido el mondador de sueños.
Tú asientes, yo siento el orgullo; tú me guiñas un ojo, yo entro al barril donde el fuego del alquimista me espera.
Sopla el calor del oro fundido, el agua regia.
Allí, vino añejo de gules adornado con leones rampantes de plata, penachos y lambrequines de alcurnia; el olor guía.
Y entonces viene el rey de la fiesta, se sienta en su trono de oro, suena la melodía de los ángeles, la campana retumba en los mundos.
Nada hay como eso, el árbol transmitiendo sueños de una estación a otra en el reino de las montañas de los cenicientos.
Los caballos ingresan al recinto cuadriculado de ajedrez, los vidrios lloviendo desde la tormenta de los cedros, la dama desnuda en la corola de las flores.
Mándrola, péndrola, líndrola, el reino es un acontecer de alburias.
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