SOMBRAS Y SILUETAS



Los sueños, sueños son, dijo una vez Calderón. Y no dijo por qué. Los sueños ocurren cuando la mente está descansando en la noche. Y ocurren en el reino en donde las sombras tienen pie y asiento. Como si vivieran como espantos viajeros o un mundo de muñecas con cabellos largos y vestidos raídos. Las casas son antiguas, los caminos escabrosos y los sucesos que muestran son desagradables la mayoría de veces.
Otras, pueden ser maravillosos y dejan la sensación al otro día de levedad, soltura y una ilusión de haber sido nuevos Ícaros con poder para volar. Despega uno de la tierra como un alcatraz torpe. Luego afina el vuelo y disfruta el monigote que es uno y planea como una avioneta por encima de valles y montañas. Qué bien se cruza el aire, sin respirar, siquiera, va moviendo uno los brazos como un A320. Por fin, el volador nocturno a medio día, aterriza como una garza, casi tropezando y sin paracaídas.
Sí. Detrás de las sombras de la noche y del sueño ocurren oasis, tempestades, paisajes nuevos sin sol y sin luna, con una claridad mortecina. Nada es igual al día. Es fantasmagórico lo que sucede. Los perfiles lucen indefinidos, las siluetas se achatan o se encogen, algunas son hermosas pero, al fin, el soñador despierta y cae en la trampa del sueño. Nada era real.
Las sombras nunca fueron buena compañía. Mas el sueño lo sumerge a uno en ellas. Y allí vive el humano casi la mitad de su Tiempo.
Dicen que los sueños son un desfogue del cuerpo, de la mente y del inconsciente. Es un espacio para que el cuerpo se libere de sus ilusiones fallidas, de sus miedos, indecisiones o de los fantasmas diurnos.
¿Qué fuera de los ladrones nocturnos, de los topos humanos, del ser humano que se cansa y tiene que dormir? Las sombras son necesarias. Mas detrás de ellas los perfiles se desvanecen, las caras se ocultan fácilmente y los ademanes parecen de vahos oscuros entre neblina y luces de neón. La noche es una cómplice callada y presta su manto para esconder acciones y delitos.
No me gusta soñar. Lo hago en la escritura y madrugo a fabular. Pero lo hago con los ojos muy abiertos y palpando letra por letra para no tropezar. Y para no engañar. Sé de la no verdad de los sueños cuando uno duerme y temo su llegada aún estando dormido. ¿Miedo a qué?, pregunto o interrogará alguien. A las sombras que todo lo ocultan y no percibe claro el ojo humano.
Nadie responde. Con las sombras nadie habla. En ese reino está prohibido contar lo sucedido. Nadie toma selfies ni hay videos ni registros de su música indefinible. ¿O, acaso alguien volvió de las sombras con el celular encendido y listo para enviar un wasap con las curvas y abismos en las vías o con las bacanales en las camas?
28-12-16 8:07 a.m.



