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Jueves, 8 de octubre de 2026

Si algo me espera… ¡que me espere!

La experiencia que ilumina los caminos de la vida

Si algo me espera… ¡que me espere!
La experiencia que ilumina los caminos de la vida.

Alfonso Luna Geller

La añoranza, inclusive la nostalgia, tienen sus propias melodías, y este fin de semana, mi apreciado amigo y tocayo, Alfonso Trujillo, sintonizó con una de ellas. Me compartió un texto que es una meditación sobre las etapas de la vida, el desapego y la esencia de lo que perdura. Bajo el título «Los caminos del tiempo«, Alfonso nos regala una perspectiva madura sobre cómo la sociedad, los amigos y la familia se redefinen a medida que envejecemos, invitándonos, a los que ya hemos avanzado bastante en esta tarea, a ser luz y presencia, pues solo así, nos dice, alcanzaremos la eternidad.

A propósito, me he dado cuenta de que, desde la orilla de la juventud o la mediana edad, se cree que la llegada paulatina de los años es una carga que se va haciendo más pesada con el tiempo. Es una noción cómoda, quizá, para quien aún no ha cruzado ciertas fronteras. Pero, con la certeza que dan los soles acumulados en la piel, digo que es una gran falacia.

Entre más años van llegando al ser humano, más libertades se va tomando para hacer su existencia más ágil y dinámica. Aunque los más jóvenes, inmersos en su propia vitalidad y en la ilusión de la plenitud física, crean que los años disminuyen alguna facultad espiritual, cognitiva o de talento, permítanme disentir.

Es cierto, lo físico se desgasta. Es la ley ineludible de lo material, el tributo que el cuerpo paga al tiempo. Pero aquí reside la maravilla: el conocimiento, e incluso las esperanzas, lejos de menguar, se fortalecen. Se fortalecen para compensar, con creces, lo que se pierde en la superficie.

Con la llegada de los años, llega una increíble capacidad de análisis. Una cualidad que, sumada a la experiencia, forja la certeza necesaria para tomar decisiones trascendentales. Esa combinación garantiza la seguridad de las decisiones que se adoptan.

Otra condición que disfruto, no tenida en cuenta por Trujillo Fernández, es el desinterés por lo material, por supuestas riquezas, pues dejaron de ser mis temas vitales. No porque se hayan vuelto irrelevantes, ni porque nos sobren recursos, sino porque, sin faltar lo necesario, los esfuerzos se centran, ahora, en asegurar que nunca les falten a los demás, a quienes nos rodean en la primera línea, como diría Petro.

Por otra parte, se equivocan quienes creen que esta nueva etapa de la vida es una mera antesala de preparación para la muerte. No es así; creo que el riesgo de morir siempre está presente en todos los seres vivos. La muerte es algo tan vital, tan intrínseco a la condición existencial, que está latente en todo ser humano, desde el primer aliento.

Te cuento, mi querido Alfonso, que, como insinúas, me he ido preparando, hasta donde es posible, para ser faro que da luz cuando la oscuridad envuelve, para ser prudencia cuando la desesperación acosa y amenaza; y para evocar la decencia cuando la brutalidad impone violencia.

Y con estas reflexiones, me hiciste poner en evidencia la genuina alegría que depara acompañar el crecimiento exitoso de hijos y nietos que con su energía joven pretenden liderar el entorno que los acoge.

En resumidas cuentas, mi vejez es algo sencillamente increíble. Aprendí a distinguir el resplandor de la llamarada; aprendí a vivir -¿ya tarde, o qué?- No importa, aprendí que no se trata de dar consejos, ni de enseñar desde una cátedra distante. Se trata, de dar ejemplo y de VIVIR, así estemos, como siempre lo hemos estado, en el riesgo de morir. Porque la vida, en su plenitud, se saborea a cada instante, sin importar el número que marque el calendario. Ah, gracias a Dios, acompañado por una mujer con la que llevo casi medio siglo compartiendo días que nadie podrá volver a inventar. Vivir así es un privilegio.

Y sí, sigo en riesgo de morir. Pero mientras eso llega, me estoy dedicando, como nunca, a vivir. Mejor dicho, si algo me espera… ¡que me espere!


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Alfonso J Luna Geller
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