PIERO: “VENGO DE MI CALLE ANGOSTA”


Tal vez las primeras canciones que escuchamos de Piero en nuestro barrio de Cali del año 69 fueron: “Juan Boliche”, “Mi viejo”, “Tengo la piel cansada de la tarde”, “Fumemos un cigarrillo”, “Vengo”, “Tomamos un café”, “Como somos” … compilados en su primer álbum. Su cadencia y tonalidad, la profunda sencillez de sus letras cautivaron a una muchachada sentimental y dramática, deseosa de encontrar una muchacha para cantarle: “voy con ramas secas a buscarte, después llego hasta vos como la tarde”.
Para todos eran sorprendentes esas letras llenas de metáforas, símiles, metonimias, hechizándonos por su excelente estructura poética y musical. Canciones casi recitadas por una voz hecha de pausas, arrastrando el verso, pero donde la ternura tocaba la piel, el alma. Cuántas veces ensoñamos decirle a la amada: “fumemos un cigarrillo para poder conversar, tomémonos unas copas, tenemos mucho que hablar”. Y con el corazón en la mano: “siempre que voy busco tus ojos claros, porque soy que yo soy, y entonces te extraño”.
Con su canción “Vengo” nos identificamos, pues nuestros barrios se veían retratados en aquellas estrofas: “Vengo, desde el barrio chico, desde mi cuadra de casas alargadas…Vengo de mi calle angosta, yo no sé dónde andará María (…)”.
También el “Juan Boliche”, con su vida de pobre y su mirada triste; o “Tomamos un café”, canción que mostró a un Piero sabio y digno de las confesiones amorosas: Tomamos un café, después otro café, y tuve que esperar para volverte a ver. Nos vino la angustia, sin saber por qué, vivo una duda hoy, o es quizá, tal vez (…) Imaginación será, eso puede ser. Por qué nosotros hoy peleamos el amor, costumbre de querer, muy solos, somos dos”.
Si esta canción fue y es sabia en las lides amorosas, al escuchar “Cómo somos”, con la que ganó el Tercer Festival de la Canción de Buenos Aires, entramos en atmósferas cotidianas y metafísicas, donde la conciencia del paso del tiempo y de la muerte se hace presente y vigente por su intenso sentido existencialista:
“Cómo se nos van los años, ahora cuesta recordar, y tenemos más edad, ahora somos un cuaderno, de recuerdos arrugados y nos vamos a un entierro, de un amigo que tuvimos, de un amigo que está muerto. Todos tenemos parientes, tenemos. Todos por algo lloramos, lloramos. Somos de una vida corta, sabemos. Todos siempre nos buscamos”.
Canción que nos hace conscientes del tiempo, de la muerte y, como en el verso de Borges, del “ultraje de los años”. Poema que nos pone en plenitud de abismo y de una verdad indudable: somos hijos del tiempo y de lo efímero: “Cómo se arruga la piel de nuestros seres queridos. Cómo por las bocas viejas se nos van yendo las venas. Menos palabras tenemos somos menos inocentes, y cómo vamos creciendo para ser después la gente (…) Somos como barrilete que vuela y se rompe en flecos, somos como la tristeza que llega a otoño y nos deja”.
Y ese era el Piero que tenía tan solo 24 años. Nació en Gallipli, Italia, el 19 de abril de 1945, pero llegó a la Argentina en 1948, con tres años de edad. Murió en Buenos Aires el 7 de octubre de 2026, a la edad de 81 años. Cantor hondo en su serenidad y transparencia temática, rasgando nuestra adolescencia solitaria y soñadora; canciones que hizo en colaboración con el poeta José Tcherkaski. Sin duda, la canción que se hizo más popular de su primer álbum fue “Mi viejo”, donde se eleva el mayor homenaje de agradecimiento al padre. Su letra ha tocado las fibras internas de nuestra cultura; se ha vuelto ícono y rito en cada día del padre, a veces desgastando por repetición la fortaleza de su ternura. Sobre su canción “Mi viejo” Piero comentó: “Para mí es el tema que más importa. Es una reseña sin concesiones de la vida de un hombre cansado por el tiempo, descrito por el hijo. En la canción se vive un clima de gran intensidad emotiva. El hombre nuevo cuenta la historia del hombre viejo, posee una gran ternura, pero también es realista, sin falsos postulados, en ella se palpita la vida y el amor”.
En la carátula de su primer álbum se leen estas palabras: “Piero piensa actualmente que está en una etapa donde los cantantes y compositores entienden la importancia del mensaje”.
Con el paso de los años nuevas canciones nos llegaron. Recuerdo estar en las equinas cuando “Y todos los días” se hizo presente como un registro magistral de la vida de nuestras ciudades. La cotidianidad hecha símil del entorno rutinario: “Y todos los días, y todos los días la gente laburaba, noche y día, todos los días, todos los días. Y todos los días, y todos los días los diarios publicaban porquerías, todos los días, todos los días…”.
En 1970, las canciones “Si vos te vas” y “No te vayas por favor” nos ayudaron a soportar – en medio de una timidez aterradora- las despedidas, las ausencias de esos primeros amores, las pérdidas de una pasión, de unos labios y brazos con los cuales nos sosteníamos en el naufragio:
“No te vayas por favor, tengo tanto que contarte, me fue creciendo la luna en el zaguán de mi calle. Cuando respiro el otoño y tengo abril en la piel, guardo los años y extraño… te extraño, te extraño…”
“Si vos te vas mi amor si vos te vas, nada más podemos decirnos mi amor, la vida se nos va como la tarde y nos quedamos apagados, muy apagados…»
Ese fue el Piero amoroso, de ternura total que cantó a “ese amor que pasea conmigo…ese amor que nació en la almohada, que me hace olvidar hasta el nombre”. El Piero nostálgico de “Piel de diciembre”, un hombre que mira las cosas por donde respira, buscando una mano, tendiendo sus manos, extasiado en el recuerdo de aquella piel donde floreció el deseo y se tatuó un beso, una caricia, esfumándose como hierba que crece en verano, como espuma en la playa, pasajera de la orilla: “Yo tuve un amor que vino hasta mí, fue piel de diciembre nunca más la vi (…) Y fue con el mar verano caliente, arena de playa, de lluvia, de gente. Tengo en mi cuerpo un poco de vos, ahora la tarde no es más de los dos…”
En tardes y noches Piero llegó a nuestras casas y esquinas de barrio para producir imaginaciones, tenaces posibilidades de amor con solo escuchar: “Tengo ganas de dejar la vida quieta y perderme todo el tiempo mirando tu cara, tengo ganas de decirte que te quiero tanto y esperar tu mirada como el agua clara…”
El Piero de “María madrugada”, de “Ahora es el otoño”. El seductor de “Quiero ser de vos”, “Cómo decirte ahora”, y el de aquellas composiciones que, en pleno furor de una generación politizada y de izquierda, nos dejaron con la rebeldía en la voz cuando cantó “Los Americanos” en 1972. Entonces conocimos a un Piero comprometido, camarada y compañero de ruta, partidario en la esperanza revolucionaria. Este cómplice espiritual compartió con nosotros su solidaridad al componer “Pedro nadie” un hermoso canto de hermandad con el campesino sin tierra, marginado y pobre pero digno: “Pedro venía con la mañana a cuestas, pensando en la Juana para la siesta; tenía en las manos trigo de lunes y un amor puro como la tierra; tenía en las manos trigo de lunes y un amor puro como la tierra…”
Vuelve a la memoria una noche que, sentados en algún muro del barrio, escuchamos por primera vez “Las cosas que pasan”, canción del voyerista que, con ironía y humor político, retrata la situación social de las ciudades. Con esta canción, Buenos Aires se volvió más cercana, más real y mundana para todos: “Qué lindo es sentarse en la puerta de un bar, y ver a Buenos Aires pasar y pasar… Pasa un cartero en bicicleta con telegramas color violeta, un patrullero de la policía que busca a un chorro hace 15 días. Pasa el lechero con cara de nada vendiendo leche contaminada. Un escribano serio y cerrado tirándole besos a un abogado (…) Pasa el país y el continente, pasa mi vida estúpidamente… Mientras estoy en la puerta de un bar, viendo a Buenos Aires pasar y pasar…”
En plena dictadura militar argentina, entre las más terribles torturas, desapariciones y asesinatos; bajo el eufórico y terrible Plan Cóndor, organizado y financiado por la CIA y el gobierno norteamericano; con las dictaduras de Pinochet en Chile, de Uruguay, Paraguay y Brasil; las represiones en Bolivia y Perú, el “Estatuto de Seguridad” de Julio César Turbay Ayala en Colombia, escuchamos en la voz de Piero un manifiesto de protesta llamado “Coplas de mi país”. Allí nos confesó: “Me estoy muriendo de frio, tengo la bronca en la voz, porque a esta parte del río le apuñalearon el sol (…) Ay país, país de nube, lleno de humo y alcohol, cómo le canto a mi gente lo que yo pienso de vos, cómo le canto a mi gente país, lo que yo pienso de vos. Que esta patria la fundaron, a golpes y a cachetazos, cuántas voces se callaron a machete y a balazo, cuántas voces se callaron país, a machete y a balazo. Ay país, país, país…”
Esa canción fue grito de batalla; propuesta y protesta generacional.
Con “Que se vayan ellos”, “Para el pueblo lo que es del pueblo” se fortalecieron nuestros pliegos de peticiones políticos-existenciales. Después de este escándalo de protesta, lo admiramos más, lo hicimos más cómplice de nuestros sueños, luchas y fracasos. En 1976 se exilió debido a la dictadura en su país. Vivió en Italia y en España hasta su regreso en 1981. Hacia finales de los 70 y comienzo de los 80 escuchamos un Piero más cerca al pop y al rock con un álbum, quizás el menos conocido de su producción discográfica: “Autopistas no”. Allí, sin perder la frescura y ternura poética nos volvió a enamorar con “En un mundo de fruta encendida”, “Fábulas del mar”, “Que viva el gran amor”, “Quisiera también yo aprender a no verte”, “La casa del bisonte”, “Autopistas no”.
Este es el Piero que nos gusta y escuchamos con amor, complicidad y agrado. El Piero de los sesenta y setenta. El que nos ayudó a sostenernos en el umbral de la pubertad y la adolescencia con sus hermosas, sugerentes y poéticas canciones; el que nos lanzó tablas de amor y humanidad en medio de la hoguera histórica, con poemas cantados que quedarán tatuados en la memoria.
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