Gregoria, la Indogmable

Gregoria, la Indogmable
(En memoria de las Mujeres que siembran futuro)

Dicen que sin tierra y sin fogón… no hay vida sabrosa. Y yo lo aprendí de Gregoria, una mujer que cocinaba el sancocho como se cocina la vida:
a fuego lento, con leña viva, con historia en cada hervor.
Hoy la recuerdo como si fuera ese caluroso día de finales de junio, en su cocina sencilla, en territorio de la gran nación Zenú, allá en tierras Sucreñas,
al pie del fogón, con la leña escasa pero el pulso firme, paloteando el sancocho entre risas, con la mirada firme de quien no se deja quitar la palabra.
Gregoria, la indogmable, lideresa, recuperadora de tierras, sembradora de memoria, mujer de Setenta y pico años, toda una vida de lucha sin descanso. Cuando la miseria la arrinconó,
y la injusticia le arrebató el pan y el porvenir, optó, como tantos jóvenes en el campo, por la lucha armada —ese camino que algunos llaman reclutamiento forzoso, – pero que muchas veces es la única puerta abierta cuando todas se han cerrado.
Después de mucho tiempo honrando la dignidad y la memoria de sus antepasados, librando batallas por la tierra, dejó las armas para volver al surco, a la palabra dicha en asamblea, a la cocina como trinchera, al fogón como altar.
Y hasta su último aliento siguió defendiendo la tierra como se defienden los hijos, como se defiende el agua.
No estuvo sola.
En ella habitan las voces de muchas otras mujeres que tejieron historia con sangre y semilla:
Policarpa Salavarrieta, la de ojos claros y verbo encendido,
que enfrentó al imperio con aguja e inteligencia.
María Cano, la flor del trabajo, que alzó la voz por los obreros y las obreras cuando nadie lo hacía.
Catalina Luango, negra rebelde, que lideró cimarronajes y no permitió que su espíritu se encadenara.
La cacica Calarcá, guerrera pijaque, que defendió su territorio contra los conquistadores
con lanza, con sabiduría, con furia sagrada.
Todas ellas —y muchas más que no tienen calle ni estatua—
nos enseñan que la historia verdadera no se escribe desde los escritorios,
sino desde el surco, la olla y la palabra.
Todas ellas, como Gregoria, nos enseñaron que la historia no se escribe solo con decretos,
sino con el barro de los pies, el sudor de la siembra y la palabra que no se calla.

Yo me quito el sombrero —y lo seguiré haciendo—
ante estas mujeres que han dado la vida por esta tierra
que es nuestra, aunque nos la quieran seguir quitando.
Agradezco a la vida y a mi trabajo por reconstruir la historia que me han puesto en estos Caminos y a la Red Nacional de Mujeres Excombatientes
por darme la posibilidad hace unos años de hacer memoria, de recordar y contar, desde la oralidad y la radio, desde la comunicación y la pedagogía, desde la cocina, desde la memoria compartida.
Desde el Territorio Zenú, con el corazón palpitando como tambor, le pude echar leña a este fogón de la memoria, porque solo con fuego lento se cocina la verdad.
Como dijo el maestro Fals Borda —el sembrador de conciencias—:
la ciencia también se hace con el alma, y el alma está en el pueblo.
Y el pueblo, muchas veces, tiene nombre de mujer.
Texto e IlustrArte digital, a partir de fotos de mi autoría.
Keshava Lìévano
Marcela Quintero
Ilich Leonardo Rojas Diaz
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