Seis años de cacería y corrección de errores
Por Jairo Cala Otero / Periodista – Conferenciante
Al principio sólo fue un ensayo, algo así como “lo intentaré a ver qué sale de esto”. No había una proyección determinada. Tampoco sabía si el asunto “pegaría”, ni si con ello yo iría a cumplir alguna tarea provechosa. De lo que sí estaba seguro era de la intencionalidad: ayudar, a quienes lo permitieran, a mejorar el uso del español.
Eso, naturalmente, encarnaba un compromiso descomunal conmigo mismo y con quienes leyeran aquello que yo escribiera. Para cumplir la primera parte del compromiso -eso sí lo sabía- tenía que dedicarme a leer infatigablemente sobre gramática española; a completar lo que se me había quedado enredado en los años mozos. Pero, al fin de cuentas, era un desafío que yo me imponía. Nadie me mandó a meterme en esto, nadie me sugirió que si lo hacía obtendría réditos económicos, ni de otro orden. No me importaba que nada de eso no estuviese a mi alcance. Esa no era la meta. Hoy tampoco está en mis planes, aunque distinto es que yo ejecute trabajos profesionales en los que las bendecidas palabras sean las protagonistas; y, por ello, sí cobre lo que merezco por mi dedicación.
Hablo del comienzo de mi campaña para que se use correctamente el español. Aquel 27 de mayo del año 2004 amanecí con la idea “sembrada” en mi cerebro. Tenía algunas notas que figuraban, junto a otras decenas, en una amarillenta libreta, desempolvada de un escritorio. La idea era escribir lo que, en principio, llamé un boletín. Lo bauticé “Hablemos bien y escribamos mejor”. Seleccioné unas cinco anotaciones sobre igual número de errores idiomáticos, escribí sus respectivas enmiendas. Y luego de leerlo y releerlo, hasta verificar que no estuviese yo metiendo la pata, lo envié a unas veinte direcciones electrónicas que poseía como contactos. Confieso que tuve temor. Temor de que aquel boletín fuera rechazado por los destinatarios; que me cuestionaran lo que hacía, que consideraran que me estaba metiendo en sus vidas o tratando de juzgar cómo escribían o hablaban. En verdad, ninguno de esos ingredientes tenía aquel artículo, sencillo y casi ingenuo. Pero era mi temor, temor natural.
Recuerdo que dos personas contestaron diciéndome que borrara sus direcciones electrónicas. Me increparon por haberme metido en lo que no me importaba, según su parecer (Estoy convencido de que hoy me importa muchísimo, más que hace seis años, y que lo que escribo no hace daño a nadie; al revés, beneficia a una gran población de compatriotas y residentes de países vecinos). Uno más, un arquitecto, me insultó y me aclaró que no le enseñara a escribir porque él tenía dominio pleno del español. Su lenguaje era agresivo, y lo de la excelencia en la escritura lo puse en duda porque el breve mensaje traía faltas de puntuación.
Otros dos lectores, Roberto Posada García-Peña (D’Artagnan) –ya fallecido- y Alfredo Molano, respondieron con una lacónica felicitación. Me exhortaron a seguir la tarea, pues les había parecido de suma importancia, a fin de crear consciencia sobre el cuidado de nuestro idioma, de usarlo bien. Esas voces de estímulo me dieron moral, como dicen nuestros soldados. Y me dije que continuaría produciendo esos artículos. Cada semana escribía uno, tenía –como tengo todavía porque a diario recopilo errores del habla y la escritura- abundante material para apoyarme.
Hubo dos colegas del periodismo que me reclamaron. Uno dizque por ser tan intenso. Le parecía que un boletín semanal “mortificaba” a los lectores, que cada día crecían porque mi lista de contactos también crecía como espuma. Y el otro porque -según él- no estaba bien que yo revelara públicamente que algunos periodistas escriben y hablan pésimamente. ¡Vaya tesis! Éste último me dejó la espinita de que él era uno de los “afectados” por mis correcciones idiomáticas. Entonces, en honor a mi respeto por los semejantes y como un gesto de caridad cristiana, borré su dirección electrónica de mi banco de contactos. Para decirlo del modo que a él debió de agradarle seguramente: dejé de “atormentarlo” con la enseñanza del español correcto. ¡Gratuitamente, además!
En estos primeros seis años de campaña para que el español no sea llevado a las mazmorras del oscurantismo y para que no se lo envilezca, ni se mancille su esplendor, ni se corte su espíritu libertario, he recibido más aplausos que bofetadas. Doy gracias a quienes han mandado esos aplausos por internet, o los han expresado oralmente en medio de un ocasional saludo en la calle o en un sitio público. Claro, ellos no me engrandecen. Apenas me dan aliento, vigor y mayor entusiasmo, para proseguir esta cruzada hasta cuando mi cerebro se niegue a responderme porque haya claudicado a su función natural sobre la faz de este planeta. A las bofetadas que, en términos agresivos, me han proferido no más de cinco gamberros, que lanzan esputos sobre la oportunidad de ser mejores en lo gramatical, he respondido con la diplomacia y elegancia que permiten las maravillosas palabras. Entonces he comprobado que ellas obran milagros, que bajan el temperamento a los iracundos y les hace deponer las armas con que sólo buscan sembrar guerras estériles, como son todas ellas.
No hay celebración alguna en este sexto aniversario de mi cruzada lingüística. Apenas me dije, al comenzar este día: “He aprendido más en estos seis años que lo que aprendí cuando puse mis nalgas en una silla de un salón de clases”. Porque el compromiso con mis lectores me impone más dedicación cada vez. Y eso se traduce en más lectura, más estudio, mejor investigación, más confrontación con letrados y libros especializados, más alerta con lo que escribo. Los casi once mil seres humanos que están inscritos en mi banco de contactos son el alma de mi compromiso. He internalizado que no les puedo fallar, que sus mensajes de apoyo moral me empujan a ser constante; a procurarles más material con observaciones sobre los errores del habla y la escritura del diario vivir.
En ese largo listado hay gente de todas las condiciones: desde el Presidente de la República hasta modestos empleados de empresas, pasando por ministros, funcionarios de alto nivel administrativo, alcaldes, gobernadores, presbíteros, articulistas de prensa, secretarias, promotores turísticos, hoteleros, empresarios, estudiantes, docentes universitarios, periodistas…¡Todos tienen cabida!
No voy a detenerme. Esa masa humana me pide que no lo haga. Y quienes no me lo piden me dan, con su forma de escribir y su pensamiento a contrapelo de las normas lingüísticas, argumentación sólida para seguir atrapando y corrigiendo errores ajenos y propios. Por esta última razón inserto aquí el mensaje que el 14 de mayo del año 2008 me enviara una estudiante de bachillerato, como respuesta a uno de mis artículos idiomáticos. Ángela es su nombre, baste no más eso. Personas como ella me indican que el español necesita escuderos, y yo quiero seguir siendo uno de ellos.
“Está muy bueno ese artículo pero Dios nos hizo libres y cada uno habla como se le la relagada gana ademas es la moda y es mucho mejor ese idioma español actual que el que les enseñaron a los adultos era mas dificil es mucho mas chevere escribir haci” (Sic).
Juzgue usted, mi caro lector. Por esa misma razón sigo preguntando en dónde están los profesores de español (y de otras materias, porque el idioma nos incumbe a todos por igual). Repito lo que dije alguna vez: si los chicos de hoy siguen escribiendo y hablando como lo hacen, no habrá duda de que el mañana estará “tapizado” de profesionales mediocres, ignaros e incompetentes. De hecho, valga decirlo de una vez, ya están surgiendo esos “profesionales”. Se los ve enquistados en entidades públicas y empresas privadas. Todos los días trabajan mecánicamente, pero sus rendimientos son de bajo nivel. ¡La “doctoritis aguda”, que metieron con grandes dosis de vanidad en su cabeza, no les deja ser excelentes!
Las palabras son mis mejores aliadas en este apostolado. Son bellas, gráciles, obsecuentes. Producen efectos excelsos. Con ellas he fundado una “fábrica” de textos, para ayudar a quienes tienen dificultades para redactar documentos diversos. Lo que me causa sorpresa es que hay gente que me escribe interesada en el servicio y me pregunta: “¿Y eso tiene algún valor?”. Mi abuela materna contestaría: «¡La sola pregunta ofende, carajo!». Yo sólo advierto que todo tiene valor: desde lo minúsculo hasta lo mayúsculo. Cuesta nacer y cuesta morir. Entre esos dos extremos, en que la vida humana transcurre, todo tiene valor. ¡Entonces, lo que yo hago con lo que sé también vale!
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JAIRO CALA OTERO
Periodista – Conferenciante
Cultor del español correcto
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