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Ricos al Reino de los Cielos

Ricos al Reino de los Cielos

Por Jairo Castaño Moreno
Por Jairo Castaño Moreno
“Si te conocieras demasiado a ti mismo, dejarías de saludarte”
–Ramón Gómez de la Serna-
Conocí hace poco al físico nuclear Arístides Gonzaga Conda. Jubilado ya, vive ahora en su laboratorio particular en un sitio ubicado entre San Pedro y El Turco. Muy joven se fue de auxiliar en barcos de cabotaje por la costa Pacífica y llegó al puerto de Long Beach. Su natural intuición para los números y su destino lo llevó, luego de atravesar de occidente a oriente el territorio norteamericano, a ingresar a la reconocida Universidad de Princeton, donde estudió matemáticas y se doctoró sin honores en Física de Partículas.
La asombrosa vida de este quilichagueño, como podrán entrever, merece una divulgación distinta a esta humilde columna; por ello, me limitaré al prodigioso experimento que está llevando a cabo. El profesor Aristi, como gusta que le llamen, es poseedor de un espíritu de infinita caridad. Hace dos décadas empezó en los Estados Unidos a trabajar con base en la parábola bíblica citada en Mateo 19-24: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico llegue al reino de los cielos”. Preocupado, porque él también es rico y creyente cristiano, dedicó todos sus conocimientos a encontrar una solución al divino enigma, para salvarle el alma a los ricos y asimismo.
Ricos al Reino de los Cielos
Primero, la vio fácil, como todo. Pensó forjar una aguja gigantesca con un ojo acorde al tamaño de un camello, buscó la opinión de un pastor adventista y éste le recordó, con Biblia en mano, que al Dios hebreo no le agradan las bromas. Fue entonces cuando tuvo una revelación audaz: pulverizar un camello, proyectarlo en un chorro de electrones y así, pasarlo por el minúsculo hueco; ya al otro lado, organizar los electrones, integrar átomos, moléculas, células y tejidos, órganos, músculos y dientes y recepcionarlos en un artefacto parecido, en principio, al botellón que semeja una pantalla de televisión.
El profesor Aristi me dejó ver una nota periodística del Miami Herald que decía: “El reconocido físico Gonzaga Conda ya logró pasar de un lado a otro, sin tocarla, una micra de azufre puro y pudo calcular hasta donde lo permite la cautela de la materia, la energía cuántica suficiente para disparar una oreja de camello…” Sería aburridor fatigar aquí al lector con cifras matemáticas, y mucho más, con el costo fantástico que vale la construcción del acelerador de neutrones que semejante hazaña requiere, y demás datos que contenía la nota.
En los días siguientes la Fundación Aristi, que sólo contaba con el profesor, un kilo de azufre, un camello sin oreja y una aguja, hizo colapsar al banco con las donaciones que millonarios del mundo hicieron. Las puertas del cielo están abiertas, pensaron, gracias a las investigaciones del singular profesor.
Ricos al Reino de los Cielos
Entrando en materia, el científico me dijo que la construcción de la aguja debía hacerse en aleación de elementos tales como titanio, osmio, acero aberrante y columbita-tantalita (coltan), purificados en agua regia y fraguados con trozos de aerolitos, para alcanzar temperaturas de infierno, necesarias para su fundición. Sólo así, la aguja resistiría la fricción del chorro de electrones inyectados a una velocidad próxima a la de la luz.
Hasta ahora, Aristi ha logrado evaporizar una décima de camello, pero al otro lado, la reorganización normal de las partes sigue complicándose: el resultado son fenómenos tipo Frankenstein.
De todas maneras, las investigaciones continuaron y el célebre investigador decidió trasladarse a su natal Quilichao, con todo y equipos.
Como siempre, los más informados son los ricos, y ya el profesor tiene una lista de aportantes, entre ellos, acaudalos sensibles, traquetos arrepentidos, e inversionistas que ven en los experimentos del profesor una cantera de posibilidades para el transporte de seres y cosas, vivas o muertas.
Así las cosas, el proyecto no tiene pierde de volverse realidad; sería eliminada la injusta cláusula de no permitir el ingreso de los ricos al cielo y de paso, revolucionaría el sistema de transporte y el envío de personas, carga y demás, que se haría cubriendo grandes distancias sin peligro, en chorros de luz.
Siendo pesimistas, porque todo hay que decirlo, saliéndole mal las cosas a mi amigo Aristides, y si al cabo de unos años, lustros o decenios, no le funciona la cosa, también es bueno porque el profesor Aristides Gonzaga Conda pasaría a la Historia, sin duda, como el gran desintegrador mundial de capitales y fortunas; y los ricos inversionistas empobrecidos en serie por los altos costos de financiación de las infinitas investigaciones, entrarán lánguidos y pelados al Reino de los Cielos, por el ojo de la aguja.
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Esta columna fue publicada originalmente el 4 Mar de 2011.

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