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Martes, 6 de octubre de 2026

“Renunciar a mis libros es renunciar a mi memoria”

Renunciar a mis libros es renunciar a mi memoria - Guido Germán Hurtado

“Renunciar a mis libros es renunciar a mi memoria” / Por: Guido Germán Hurtado Vera / Historiador y Politólogo.

Guido Germán Hurtado

Es un día para acomodar los libros de mi biblioteca. Sobre el polvo que, a diario, se cuela entre las ventanas y descubierto al sacar los libros que estaban ocultos y mientras los limpio y organizo me pregunto, por qué guardo tantos libros que no volveré a leer.

Cada vez que presto o regalo un libro digo, pocos días después, precisamente era ése el que estaba buscando para leer. Tengo muy claro que no hay ningún libro en los que no haya encontrado algo interesante y educativo.

Compro libros y los acumulo en mi biblioteca por muchas razones, pero ante todo porque sé que más adelante me servirán de algo: para pasar una tarde de melancolía, para reflexionar después de una discusión familiar, para calentar el alma en un día frío y lluvioso o para simplemente tener la excusa de preparar y tomar un delicioso café.

Me ayuda estar tranquilo al saber que el tercer piso de la casa es mi madriguera inexpugnable. Donde conservo una estantería atiborrada de libros. Me satisface saber que estoy sitiado por algo que se iguala a un catálogo de mi vida, dándome a diario señales sobre mi porvenir.

Me agrada hallar, entre las páginas amarillas de libros casi ya olvidados, vestigios del lector que fui en otro tiempo: frases garabateadas, servilletas escritas, pedazos de papel con nombres y números reservados, el nombre de la librería donde compré el libro y su precio, a veces una fecha y un lugar en la solapa del libro que me hacen devolver a determinados sitios, a un remoto otro tiempo.

He estado siempre interesado en los libros, pero les traigo a colación una microhistoria de libros y lectores para que entiendan su importancia.

Fue la revolución francesa la que intentó romper la idea de que el pasado era propiedad de una sola clase social. Lo consiguió al menos en un aspecto: coleccionar antigüedades pasó de ser un regodeo de la rancia monarquía a convertirse en el pasatiempo preferido de la naciente burguesía.

Las bibliotecas privadas medievales eran joyas familiares, atesoradas y aumentadas de generación en generación por esa rancia nobleza, y los libros que contenían eran tanto símbolos de dominio y posición social como adornos distinguidos.

Los numerosos libros que dejó el paso arrollador de la revolución se distribuyeron, tiempo después, entre las recién creadas bibliotecas públicas francesas, pero había pocos lectores. Las horas de atención al público eran exiguas y los libros preciosos almacenaban polvo en los anaqueles.

Después de 1850, en pleno auge de la revolución industrial, el desarrollo del transporte impactó positivamente en la distribución de libros, permitiendo que llegaran a un público más extenso. A continuación, la comercialización de libros había aumentado como para que se los pusiera en la lista de mercancías vendidas en las principales ferias comerciales de Europa.

En el siglo XV, exactamente en 1462, se realizó la primera feria del libro en Frankfurt. La importancia de esta feria se hizo manifiesta por su proximidad a Mainz, donde Gutenberg, el padre de la imprenta, trabajaba. A partir de esa época en Europa se desarrollaron ferias de libros.

En España, el ritual se consolidó en el siglo XX con la inauguración de la feria del libro de Madrid en 1933, promovida por impresores y libreros con el fin de sembrar la lectura y la comercialización editorial.

Desde entonces, las ferias del libro se organizaron en muchas ciudades de Europa y América Latina. Hoy se celebran las de Londres, París, Bologna, Guadalajara, Sao Paulo, Buenos Aires, Bogotá, entre otras. Más allá de lo estrictamente comercial, se han transformado en conmemoraciones del pensamiento, la pluralidad y la libertad de expresión.

La afición por los libros y la lectura no es más que, de un lado, una relación íntima, física, en las que participan todos los sentidos: los ojos, los oídos, la nariz, el tacto, incluso, la lengua. Experimentarlo es único.

Por otro lado, la propiedad material se convierte en ocasiones en equivalente de aprehensión intelectual. Llegamos a sentir como el lomo de los libros que llamamos nuestros y que están allí en la biblioteca dispuestos a ser leídos nos permite decir, esta biblioteca es mía, como si su sola apariencia nos hinchara de saber.

Por todo lo anterior es que no me imagino abandonar ni mi casa ni mi biblioteca y comenzar de nuevo en algún otro sitio.

Pero debo mostrarme conforme que, si debo hacerlo, empacaré todos los libros que más pueda en cajas de cartón, porque renunciar a mis libros es renunciar a mi memoria.