Ocasión perfecta

Ocasión perfecta

¿Cuántas veces hemos deplorado la pérdida de una importante oportunidad y cuántas veces logramos decir que pudimos aprovechar la oportunidad que se nos presentó?
Las oportunidades las vemos con mayor claridad cuando tenemos una mentalidad atenta, concentrada y sobre todo alerta.
En alguna reunión alguien preguntó: ¿Qué es mejor, casi condenarse o casi salvarse?
Una buena cantidad de personas apresuradas y con intención de sobresalir contestaron de inmediato: Es mejor casi salvarse. Otros, la mayoría, reflexionaron unos instantes, repasaron la pregunta y le encontraron el sentido correcto, contestaron: Es mejor casi condenarse pues implica que nos salvamos.
En otra ocasión alguien para lucirse en una reunión y manifestarse fuerte, recitó una frase ya dicha en el pasado: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.
Esta fue una de las posibilidades de respuesta jugando todo al azar, pero también a ese corazón se lo habían podido ganar la prudencia, la paciencia, la paz y en fin una multitud de posibilidades.
Intentemos entonces analizar con muchos fundamentos y justificaciones la importancia de la reflexión y no dejar asuntos esenciales al azar que nos puede producir tormentosas respuestas.
En alguna ocasión, conversando con un amigo ateo, me argumentó que todo era producto del azar, la creación y la totalidad de sus seres. De inmediato le contesté: ¡Pero qué azar tan inteligente! Mi amigo no insistió, sonrió y se retiró.
Pensar que el azar ha determinado las leyes de la naturaleza, las leyes espaciales, las leyes de operación de las ciencias o la hermosa arquitectura del universo, la sincronización de sus planetas y la maravillosa mente consciente de los seres humanos sería un despropósito.
Eso sería darle al azar inteligencia y si hay asomo de inteligencia estaríamos en presencia de una categoría preexistente a toda la creación, la inteligencia, cuya única fuente es Dios.
Preguntarán y a esta inteligencia ¿quién la creó? Mi teoría explica que Dios como fuente de la inteligencia, es el poseedor inicial de esta calidad que además es consustancial con Dios.
Me preguntarán entonces, ¿quién creó a Dios, de dónde salió Dios? Les respondo, a Dios nadie lo creó, porque entonces su creador pasaría a ser Dios. Dios Es y siempre será.
Todas las calidades en número infinito y en grado infinito están contenidas en Dios. El amor contenido en Dios lo inclinó a crear al hombre, que una vez evolucionado en la parte física y mental recibe de Dios la capacidad de pensar, discernir y crear, pues somos hechos a su imagen y semejanza.
Aprovechemos entonces esta semejanza para erigirnos como las principales criaturas sobre el planeta tierra y dirijamos nuestras acciones, como brazos de Dios o herramientas sagradas, a ayudar a completar la creación y admiremos y agradezcamos la grandeza de un Universo y de una Tierra donde habitamos suspendidos en el espacio en la más maravillosa existencia consciente que nos permite vivir, sentir, amar, pensar y soñar. Esto no lo hace la inteligencia artificial ni ninguna red social puede crear estos sentimientos o conductas.
¿Por qué entonces existen las guerras? Porque el Ser Humano pierde la razón principal de su existencia que debe ser pacífica, constructiva y servicial. En muchas ocasiones, la ambición, las envidias, el orgullo, la corrupción, la lujuria, las vanidades y soberbias desatan guerras interminables para saciar perversos sentimientos.
Cuando analizamos las guerras y las víctimas que dejan, no podemos menos que sentir el corazón adolorido al ver tanta destrucción y maldad brotando de los corazones de líderes impulsores de tales barbaries.
Si pensáramos en las excelentes oportunidades que se nos presentan en una creación densa y hermosa podríamos realizar las grandes gestas de progreso, justicia y equidad entre los Hombres.
La ocasión más perfecta es cuando jugando, no al azar sino acudiendo a la conciencia natural, comprendamos que el mejor negocio del mundo es la paz y que quienes dividen, odian y vuelcan sus resentimientos en la destrucción de las sociedades se hacen responsables de la peor tragedia: el abismo infernal de la guerra.
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