Recordando a Gerardo Bermeo y Hugo Dorado



Eran los máximos exponentes de la bohemia exquisita de finales del siglo XX, expresada en su ameno y correcto uso del idioma sin caer en farragosos engolamientos.
Ambos tenían sus raíces en Bolívar, Cauca, “donde la inteligencia es peste”, según dicho popular.
Así, como en la época de auge del primer Viñedo, en la esquina oriental de la calle 9ª con carrera 7ª, -cuando en su Renault 4 rojo, Hugo, madrugaba a recoger a Bermeo para ir a buscar aguardiente-, parece que se hubieran puesto de acuerdo hasta para morir, con una semana de diferencia y en plenas fiestas de fin y comienzo de año.
Gerardo, el día de inocentes del 2003, sin cumplir los 70. Hugo, el 4 de enero de 2004, aún sin celebrar el 50 aniversario ni alcanzar a publicar la novela “Sol de América”, sobre la que había trabajado juiciosamente y de la cual alcanzó a comentarme que giraba en torno al fútbol y había enviado a un concurso en la Universidad Industrial de Santander, UIS.
Gerardo Bermeo Velasco, “Gervemelas”, se caracterizaba por su depurada riqueza verbal y sin apoyarse en vulgaridades, como solíamos hacer la mayoría de beodos reemplazando adjetivos por madrazos.
Bermeo impresionó a su frecuente contertulio Juan Esteban Constain; después de quedar fascinado por el acertado e inteligente comentario sobre la novela de Dickens, que el columnista de El Tiempo leía en una de las bancas de la plazoleta del Banco de la República. En sus entonces frecuentes visitas a Popayán, lo buscaba para durante largas horas conversar sobre literatura. En su novela histórica “El naufragio del imperio” bautizó como Gerardo Bermeo, al comandante de la fragata de bonapartistas que se lanzó a la aventura de rescatar a Napoleón de la prisión en la isla del Elba
Cuando los tragos le dejaban tiempo, Gerardo de vez en cuando plasmaba su donosura literaria en depuradas columnas de opinión publicadas en Tribuna al Sur, de Neiva, periódico del que era su corresponsal y distribuidor en Popayán.
Hugo Dorado Zúñiga, además por su don de gentes y calurosa amistad, impresionaba por la maestría, ritmo y humor para escribir cuentos y crónicas inspiradas en la vida cotidiana de su juventud en el barrio Santa Inés, cuando en la cancha del Maracaná, se enfrentaron al equipo del Alfonso López, y otras muy amenas sobre sus experiencias en Mosoco y otras poblaciones del oriente caucano afectadas por el terremoto y la avalancha del río Páez, en junio de 1994, donde estuvo de profesor, conviviendo con las comunidades que lo apreciaban no sólo por su labor docente. También por la creación de grupos de teatro para los que escribía obras y apoyo a proyectos de beneficio comunitario.
En la presentación del único libro que publicó en la imprenta Mundo Gráfico, titulado “Como dejar el trago y otros relatos”, el ex director de El Liberal, Eduardo Gómez Cerón, escribió:
“Constituye un honor para quien suscribe, presentar las crónicas del profesor Hugo Dorado. Hoy por hoy está haciendo el mejor periodismo literario del Cauca”.
“Con perspicacia de fotógrafo de cine percibe las múltiples aristas de una realidad, algunas cómicas, otras trágicas, no pocas inesperadas y las más, desconcertantes, como cuando se refiere que un grupo de dipsómanos despistó a la Policía haciendo inocentes compras de supermercado, lista en mano… …O cuando retrata a personajes contemporáneos que ya son míticos y no solo se han creado, sino que se han creído su propio mito, como aquel que porta un carnet laminado de nadaista, o aquel otro que hace a sus contertulios pronósticos políticos y procaces advertencias a la voz de “ojo con eso”.
“La más empecinada lealtad del profesor Dorado, es con individuos, paisajes y costumbres de Tierradentro y demás territorios indígenas del Cauca donde hizo su carrera docente. ¡Qué manera de comprometerse con las gentes y de comprender situaciones! ¡Que manera de registrar, desde dentro, las pulsiones y los guiños colectivos de un pueblo silencioso y aparentemente impasible, inconmovible como estatua de piedra, que es, de todos modos, muy capaz de mofarse, a plena luz del día y dentro de las más convencionales cortesías, de los casposos poderes letrados que vienen de la capital y hasta de los poderes armados, y a la final, hacer su santa voluntad, como en “El buldócer de Mosoco”!
La muerte de Hugo, por lo inesperada, me afectó profundamente, pues, convaleciente de la enfermedad hepática que lo afectó, sin reflejar en su cuerpo y rostro, señales de gravedad, meses y días antes de su partida, solíamos conversar acerca de sus proyectos y la novela sobre fútbol que acababa de escribir, y cuando en internet todavía no existía You Tube, disfrutábamos, en borrosos videos grabados en Betamax, de los conciertos de Richi Ray y la Fania All Stars.
Ocho días después de que el 28 de diciembre de 2003, como una cruel inocentada, no se había despertado del guayabo su entrañable amigo y compañero de farras, Gerardo Bermeo Velasco, “Gervemelas; el 4 de enero de 2004, falleció Hugo Dorado Zúñiga.
Para sus familiares y amigos fueron duros golpes, como esos contundentes que recordó en los versos de “Los Heraldos Negros”, el poeta peruano Cesar Vallejo, y en mi caso, con mayor razón, pues con frecuencia compartí con Hugo, meses y días antes de su imprevista muerte, acelerada además de su enfermedad silenciosa, sin alterar el color del rostro, por las fallas del sistema de salud, que al igual que ahora somete a los pacientes a tardíos paseos de la muerte, a la demora en el suministro de atención especializada y de medicamentos, en especial en temporadas como las festividades de Navidad, Año nuevo y de Reyes, con las salas de Urgencias y hospitalización congestionadas.
Entonces dirigía el “cadapuedario”, El Provincial del Cauca, en cuyos espaciados números alcancé a publicar algunas de las originales, bien elaboradas y amenas narraciones escritas por Hugo, en su tránsito como docente por varios colegios rurales del oriente caucano, después que abandonara sus estudios de Derecho en la universidad del Cauca, pasándose a la licenciatura en Educación que terminó, alternando sus clases con la organización de grupos de teatro y escritura de algunas obras, que al igual que su novela sobre fútbol, no se conservaron y sus originales se perdieron en los archivos del computador que los ladrones se robaron cuando penetraron a su residencia mientras su cadáver era velado en una sala de servicios exequiales.

En la tarde del pasado 30 de diciembre, en el auditorio de la Cámara de Comercio del Cauca, su madre hermanos, hermanas, sobrinos, hijas, nietos y amigos de Hugo, se reunieron para recordar la vida y obra del entrañable ser humano que fue Hugo Dorado Zúñiga.
Por iniciativa de su hija Susana, abogada residenciada en Medellín y su hermano, el exdirector del Diario del Cauca y novelista Jair Dorado Zúñiga, con la ayuda de algunos de sus amigos que conserven textos de Hugo, se proponen recopilar los cuentos, crónicas y obras de teatro que escribió para publicarlos en una edición digna del sitial que ocupa en el periodismo y letras caucanas.
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