Receta para polarizar un país

Por: Luis Esteban Rivera Fuli
Estimado estratega electoral
Si alguna vez ha querido dividir un país hasta convertir cualquier conversación en una pelea y cualquier elección en un campo de batalla, esta receta es para usted.
No requiere experiencia previa; basta con seguir estos sencillos pasos.
Ingredientes:
● Un líder mesiánico que prometa salvar la patria.
● Un contrincante que parezca su antítesis, pero que comparta su misma
necesidad de dividir al país.
● Un enemigo permanente.
● Redes sociales y algoritmos que premien la indignación.
● Medios dispuestos a amplificar el conflicto.
● Ciudadanos que reaccionen más de lo que reflexionen.
● Una pizca de verdad mezclada con mucha exageración.
● Cero autocrítica.
La polarización no nace sola; se cocina. Y, como toda receta, necesita ingredientes,
cocineros y ciudadanos dispuestos a servirse otro plato.
Preparación:
Empiece convenciendo a la ciudadanía de que el problema del país tiene un único responsable. Puede hablar del odio de clases, del pueblo contra las élites, de la gente de bien contra los enemigos de la nación o de cualquier otra división que simplifique una realidad compleja. Lo importante es que cada persona encuentre un culpable antes que una solución.
Añada un líder mesiánico. Si promete salvar la patria en un solo período presidencial, mejor. Si además asegura que todos los gobiernos anteriores fueron un desastre absoluto y que él representa el comienzo de una nueva era, la mezcla empezará a espesar. Toda buena polarización necesita una figura providencial que afirme representar al verdadero pueblo y que convierta cualquier crítica en un ataque contra la nación misma.
Después elimine los matices. Quien no esté completamente de acuerdo será un traidor, un vendido, un comunista, un fascista o cualquier etiqueta que evite el esfuerzo de debatir ideas. Recuerde que las descalificaciones siempre son más rentables que los argumentos.
Añada campañas basadas en el miedo. Si las propuestas no emocionan, exagere los riesgos de que gane el adversario. Si tampoco es suficiente, convierta los procesos judiciales, las filtraciones, los escándalos y las redes sociales en armas electorales. En esta receta no importa tanto la verdad como el impacto.
Deje cocinar durante varios meses de campaña. El resultado será un país donde las familias dejan de hablar de política para empezar a discutir por ella, donde las instituciones sólo son legítimas cuando favorecen a los propios y donde perder una elección se interpreta como una amenaza a la democracia.
Lo más curioso de esta receta es que funciona sin importar quién la prepare.
Cambian los protagonistas y los discursos, pero los ingredientes suelen ser los mismos.
Tal vez por eso Colombia ha llegado a uno de los momentos de mayor polarización de su historia reciente. Y, paradójicamente, es posible que ese mismo exceso termine obligándonos a redescubrir el valor de los acuerdos. No porque el centro tenga siempre la razón, sino porque ninguna democracia puede sostenerse indefinidamente sobre la lógica del enemigo permanente.
Otras sociedades aprendieron esa lección después de pagar altos costos políticos y sociales. Nosotros parecemos empeñados en comprobarla por cuenta propia. Como si las lecciones de la historia nunca fueran suficientes y necesitáramos convertirlas en experiencia antes de creer en ellas.
Quizá ese sea nuestro mayor atraso: no la falta de diagnósticos, sino la costumbre de ignorarlos hasta sufrir sus consecuencias.
Cuando finalmente entendamos que ningún mesías era tan extraordinario, que ningún adversario era tan diabólico y que ningún país puede gobernarse eternamente desde los extremos, descubriremos que la receta nunca fue para ganar una elección.
Fue para perder un país.
Y, como toda buena receta, siempre habrá alguien dispuesto a prepararla de nuevo.
La pregunta es si nosotros seguiremos sentándonos en la mesa.
Buen provecho.
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