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Jueves, 1 de octubre de 2026

Las siete plagas del Cauca

Luis-Esteban-Rivera-Fuli---Opinión---Columnista-Proclama-del-Pacífico

Luis Esteban Rivera Fuli.

Dice La Biblia que Dios mandó diez plagas sobre Egipto para que el faraón entendiera el mensaje. Pero en otro pasaje, más discreto, solo alcanza a contar siete: como si hasta la Biblia, a mitad de camino, se hubiera cansado de tanto castigo. Uno sospecha que esas siete plagas, cansadas de Egipto, decidieron buscar nuevo territorio, y encontraron en el Cauca un anfitrión más entregado que cualquier faraón.

El río que se volvió sangre en el Nilo hace tres mil años no tuvo que viajar muy lejos en símbolo: al Cauca le sobra sangre derramada por un conflicto que ningún gobierno, de ningún color, ha logrado apagar. Las ranas que invadieron cada rincón de Egipto encontraron su versión local en los bloqueos de la vía Panamericana, que saltan y se multiplican con cada reivindicación pendiente, hasta convertir el paso por el departamento en una lotería. Los piojos y los tábanos que atormentaron a hombres y animales por igual tienen su heredera perfecta en la politiquería regional, esa plaga que no distingue entre gobierno de turno y se mete debajo de la piel de cualquier administración. La peste que mató al ganado egipcio encontró un eco cruel en una economía regional que agoniza cada vez que se cierra la carretera, y que sangra sin que a nadie en Bogotá parezca importarle demasiado.

El granizo que Moisés hizo caer sobre los campos de Faraón, ahora cae en forma de ceniza: el volcán Puracé decidió esta semana recordarle al país que el Cauca también tiene derecho a su propio desastre natural, cerrando el aeropuerto de Popayán en los últimos días y obligando al presidente electo a mudar su posesión, como faraón que finalmente cede terreno. Las langostas que devoraron hasta la última hoja verde de Egipto hoy tienen forma de un CRIC que ejerce cogobierno de facto sobre buena parte del territorio, arrasando con lo poco que la institucionalidad logra sembrar. Y las tinieblas que cubrieron Egipto durante tres días encuentran su versión más duradera en el olvido: un Estado central que, cuando mira hacia el suroccidente, parece que el país terminara en Cali y que el Cauca ni siquiera existiera en el mapa.

La última plaga bíblica, la muerte de los primogénitos, no hizo falta importarla: el Cauca ya se encarga solo de sepultar a sus mejores hijos, o de mandarlos a Bogotá, Cali, Medellín o al exterior en cuanto encuentran la primera salida. Y como si fuera poco, cuando por fin le tocaba recibir en casa al primogénito de toda la nación (el presidente electo, que para bien o para mal lo es tanto de los Patojos como de los Rolos), buena parte de la clase política caucana, empezando por sus opositores, decidió que prefería no abrirle la puerta. Entre sus simpatizantes petristas más acérrimos, además, ya se está volviendo costumbre desearle el fracaso al gobierno entrante. Ni el faraón fue tan terco.

Así que no hace falta preguntarse qué bruja maldijo al Cauca. La maldición tiene nombre bíblico, siete plagas de apellido, y una dirección clara: El Departamento del Cauca, Colombia.

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