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Viernes, 16 de octubre de 2026

¡Por favor! ¡Déjennos vivir en paz!

¡Por favor! ¡Déjennos vivir en paz!

¡No más sevicia con el Cauca!

Alfonso Luna Geller

Cualquiera que, averiguando la realidad del Cauca, se siente a charlar un rato en una banca del parque de Santander de Quilichao, o se tome un tinto en una esquina de Piendamó, o haya leído alguna crónica sobre esta tierra, se dará cuenta de lo que somos. Somos gente de trabajo, de manos curtidas, de trato sencillo y de una nobleza que no debería convertirse en motivo de castigo. Aquí la vida transcurre entre el esfuerzo diario, la esperanza y el apego a una tierra que lo ha dado todo, incluso en medio de la adversidad.

Porque aquí hay algo que la gente de afuera no entiende o no quiere entender: nosotros no somos los dueños de esta guerra. Nadie que yo conozca en mis setenta y pico de años de vivir aquí se levanta pensando en hacerle daño a alguien. Nadie. Mi vecino sueña con ampliar su negocio. La muchacha del frente estudia para ser enfermera. El señor de la otra esquina lleva treinta años cultivando la misma parcela. Eso somos los caucanos de verdad. Este es el Cauca real, el que procura salir adelante con dignidad, el que no aparece en los titulares cuando estallan las bombas.

Sin embargo, hace décadas que el Estado nos soltó la mano. Cedió el control de nuestros territorios a ejércitos flotantes de criminales que no tienen arraigo en la región, ni siquiera tienen nombre, tienen alias. Nos invadieron bandas de narcos, mercenarios del oro que envenenan el agua, contrabandistas de armas, delincuentes que reclutan menores a la fuerza, bandidos sórdidos que nos arrasan por las riquezas naturales y por la estratégica posición del Cauca sobre la ruta ilícita del Océano Pacífico, por donde despachan submarinos cargados de veneno, mientras otros aterrorizan y asesinan gente con la paradoja de defender causas sociales, o de llegar al poder político de la República.

Por eso, esta guerra no es nuestra. Estos exóticos criminales, que hoy se creen dueños de nuestra dignidad, de nuestras cosas, de nuestras vidas, no son caucanos. El caucano es el que madruga a sembrar café en Toribío, el que mantiene viva la tradición arquitectónica de Popayán, el que cuida los tesoros arqueológicos de Tierradentro y el que pesca con esperanza en el litoral. Somos víctimas de una violencia importada, de un terror impuesto por quienes no conocen nuestra hospitalidad ni nuestra historia, ni nuestra cultura.

Y lo más triste es ver cómo, en estas temporadas electorales, políticos inescrupulosos pescan en este río de sangre. Utilizan el miedo para vendernos su supuesta «seguridad». Usan nuestra tragedia como marketing para recuperar la aceptación que perdieron, mientras nosotros ponemos los muertos. ¡No jueguen con nuestro dolor! Los votos se ganan con ideas, en el debate, no con el miedo de una población que ya no aguanta una bomba más.

No podemos cansarnos de repetir que el verdadero Cauca es una joya para Colombia, pero nos tienen encerrados en un sótano de pólvora. Esos criminales desprecian, o desconocen, que el departamento del Cauca suministra agua a más del 70% de la nación, que la herencia afro es el ritmo social, cultural, económico de este país y que la sabiduría indígena es nuestra raíz. Todo eso está ahí, en este paraíso, esperando que los otros pueblos colombianos puedan venir a conocernos sin el miedo de no regresar.

Pero necesitamos que el Gobierno Nacional deje de mirarnos desde el mapa de tácticas militares y empiece a sentirnos como hemos sido a través de la historia de Colombia. Retomen el control, devuélvannos la autoridad que nunca debieron ceder. Queremos que el mundo venga a la Isla Gorgona, a la costa del Pacífico, que disfrute nuestra gastronomía y que vea que el Cauca, todo, es un vergel, no un cementerio. Lo natural es que este es un territorio con condiciones para la vida, no para la guerra.

En consecuencia, señores de la guerra, entiendan una cosa: llegaron al lugar equivocado. ¡Desocupen! Aquí no hay cómplices, aquí todos somos víctimas cansadas de callar. Dejen al Cauca en paz. Déjennos trabajar, déjennos soñar: déjennos vivir. Déjennos morir en paz, en familia. La guerra que nos impusieron no nos pertenece.

Dios nos oiga, porque nosotros ya no tenemos más voz para gritar.


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