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Lunes, 5 de octubre de 2026

POPAYÁN: ¡MÁS PASADO QUE FUTURO!

POPAYÁN MÁS PASADO QUE FUTURO

Imagen por: https://gemini.google.com/

Álvaro Jesus Urbano Rojas
En Popayán la innovación es un ritual discursivo: se invoca, se menciona en discursos oficiales, se imprime en folletos institucionales… y luego se archiva con el mismo cuidado con el que se guardan los documentos que nadie vuelve a leer.

 

La ciudad encontró una fórmula infalible para simular modernidad: habla de tecnología sin usarla, promueve emprendimientos sin financiarlos y educa la juventud para verla partir hacia ciudades donde sí hay futuro. Porque si algo caracteriza a Popayán no es la falta de talento, sino la eficiencia con la que lo expulsa.

 

Aquí, la transformación digital avanza a paso de procesión. Y no de cualquier procesión, sino de esas donde cada paso se mide, se duda y se consulta. Trámites que en otras ciudades se resuelven en línea en minutos, en Popayán siguen dependiendo de sellos, firmas, ventanillas y funcionarios que parecen defender el papel como si fuera patrimonio cultural.

 

Se habla de inteligencia artificial como si fuera una curiosidad lejana, casi exótica. Mientras tanto, oficinas públicas y privadas siguen atrapadas en Excel mal formulados, archivos físicos desordenados y procesos manuales que harían sonrojar a cualquier estándar mínimo de productividad. La verdadera inteligencia —la humana— parece estar subutilizada.

 

Pero no hay que ser injustos: la dirigencia local ha perfeccionado el arte de anunciar planes que no se ejecutan, de lanzar iniciativas sin continuidad y de crear mesas de trabajo donde lo único que se produce es desgaste improductivo.

 

El concepto de coworking, por ejemplo, podría revolucionar la ciudad. Espacios donde profesionales, técnicos y desarrolladores, emprendedores y creativos colaboren, compartan ideas y generen valor. Pero en Popayán eso suena peligroso: demasiada interacción, demasiada eficiencia, demasiada modernidad. Mucho mejor seguir en oficinas cerradas, trabajando cada quien, por su lado, reinventando la rueda con admirable constancia.

 

Y ni hablar de productividad. En una ciudad donde la jornada laboral muchas veces se mide más por presencia que por resultados, hablar de automatización, inteligencia artificial o herramientas digitales es casi una provocación. ¿Para qué hacer en una hora lo que puede tomar toda una mañana?

 

Lo paradójico es que Popayán lo tiene todo para ser un nodo de innovación: universidades, talento joven, costos bajos y ubicación estratégica. Pero también tiene algo más poderoso: una resistencia casi institucional al cambio. Una especie de alergia a la eficiencia que convierte cualquier intento de modernización en un trámite más.

 

La dirigencia actual parece cómoda en esa contradicción. Habla de futuro mientras administra el pasado. Promueve desarrollo mientras tolera la inercia. Y lo hace con una tranquilidad admirable, como si el mundo no estuviera avanzando a una velocidad que no espera a nadie. Donde las personas cambian o las cambian.

 

Al final, el problema no es la falta de recursos ni de ideas. Es la falta de dinámica. Porque en Popayán el atraso no genera alarma, genera costumbre. Y cuando el atraso se normaliza, deja de ser problema… para convertirse en identidad. Quizás por eso la ciudad sigue tan orgullosa de su historia: es lo único que no necesita actualizarse.


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