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Lunes, 19 de octubre de 2026

Oficinas de prensa que fabrican semidioses con posesivos y mayúsculas

El servilismo administrativo tiene gramática propia. Cada vez que una oficina de prensa estatal escribe «nuestro Presidente», «nuestra Directora», «nuestro...

Oficinas de prensa que fabrican semidioses con posesivos y mayúsculas

Alfonso Luna Geller

El servilismo administrativo tiene gramática propia. Cada vez que una oficina de prensa estatal escribe «nuestro Presidente», «nuestra Directora», «nuestro Alcalde», o «nuestro Ministro», con posesivo apropiador y mayúscula reverencial, retrata una mentalidad cortesana que sobrevive dentro del aparato público colombiano.

La reciente comunicación de la Agencia Nacional de Tierras en Montería ofrece un ejemplo de manual. El texto celebra la presencia de la directora de la entidad y del ministro de Agricultura con un lenguaje de adulación que agranda al superior y empequeñece al ciudadano. La oficina que lo firmó olvidó su encargo elemental. Un servidor público informa; el cortesano rinde pleitesía al jefe de despacho.

La gramática de la apropiación

Oficinas de prensa que fabrican semidioses con posesivos y mayúsculas

El pronombre posesivo apropia y excluye por naturaleza. Al repetir «nuestra Directora» y «nuestro Ministro», la burocracia presenta al funcionario como patrimonio privado del séquito, una figura cercana a la cual solo los iniciados tienen acceso. El mensaje que recibe el ciudadano resulta transparente. El ministro pertenece a la oficina, la directora pertenece a la oficina, y a usted le corresponde aplaudir desde la platea.

Ese posesivo levanta un muro entre la institución y la gente. El funcionario que pagan todos los colombianos con sus impuestos aparece convertido en propiedad de un grupo. La falsa cercanía que proyecta el redactor marca quién manda y quién obedece dentro de la pequeña corte, mientras el aludido posa en las fotos con la vanidad del semidiós rodeado de mortales agradecidos.

Una oficina de prensa estatal debería informar: “La directora de la Agencia Nacional de Tierras, Lina María Garrido, y el ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, se reunieron…”

Perfecto. Información. Jerarquía clara. Ningún problema. Pero cuando aparece: nuestra Directora … junto a nuestro Ministro…, la comunicación cambia de naturaleza. Ya no solamente cuenta qué hicieron. Nos dice cómo debemos someternos a ellos.

El fetiche de la mayúscula reverencial

La lengua española escribe los cargos con minúscula. Presidente se escribe presidente, ministro se escribe ministro, directora se escribe directora, alcalde se escribe alcalde, gobernador se escribe gobernador. Pero la nueva burocracia desconoce esa regla elemental y agiganta el título con mayúscula, convencida de que la tipografía otorga estatura moral al ocupante de la silla.

La mayúscula reverencial produce el efecto contrario al buscado. Mientras más grande queda el jefe en el texto, más pequeño se retrata el redactor frente a él. Cada «Ministro» y cada «Directora» con mayúscula servil delata el complejo de quien escribe y su necesidad de agradar.

La ortografía de los lambones

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Además, el adulador profesional cambia de objeto con facilidad asombrosa. Ayer escribía maravillas del funcionario saliente; hoy descubre virtudes excepcionales en el recién posesionado. Rara vez cree en ellos, porque lo mueve el cálculo. El elogio funciona como moneda burocrática y compra cercanía, fotografía, oído y permanencia. Por eso desarrolla un olfato veloz para ubicar dónde reposa el poder y acomodar allí sus adjetivos.

La adulación exige el empequeñecimiento voluntario. Para elevar al jefe por encima de su tamaño real, el cortesano se arrodilla primero en el lenguaje.

Una democracia sin genuflexiones

Las democracias modernas suprimieron los títulos nobiliarios, los tratamientos de excelencia y las reverencias al soberano. La burocracia encontró mecanismos nuevos para reconstruir esas pequeñas monarquías. La foto omnipresente, el posesivo, la mayúscula, el «bajo el liderazgo de», el «gracias a la visión de» y el nombre repetido hasta el cansancio cumplen hoy la función que antes cumplían la corona y el cetro.

La ciudadanía de mediana cultura reconoce esa retórica y siente repulsión frente a ella. Una democracia adulta reconoce al servidor público cuando cumple y lo cuestiona cuando falla, sin genuflexiones, sin posesivos reverenciales y, ya que estamos, sin mayúsculas donde el español ordena minúsculas. El ministro trabaja como empleado de la gente y responde ante ella. La productividad del campo y la dignidad institucional se construyen con eficiencia y humildad, jamás con altares burocráticos ni con adjetivos de vasallo.

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Imágenes: https://www.facebook.com/agencianacionaldetierras?locale=es_LA


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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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