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Viernes, 23 de octubre de 2026

Mundial de fútbol y regiones: El var de la nación

Por Guido Germán Hurtado Vera. Historiador y politólogo.   Para Diego Fernández B: Fuerza, que los “maradonas” no se rinden. Se paran, amarran los guayos, y vuelven a la cancha. LA PREVIA: CALENTAMIENTO EN EL POTRERO. Pasa cada cuatro años...

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Guido Germán Hurtado Vera

Por Guido Germán Hurtado Vera.
Historiador y politólogo.

 

Para Diego Fernández B:
Fuerza, que los “maradonas” no se rinden.
Se paran, amarran los guayos, y vuelven a la cancha.

LA PREVIA: CALENTAMIENTO EN EL POTRERO.

Pasa cada cuatro años cuando la Selección clasifica al Mundial. El país se pone la camiseta, se pinta la cara y se sienta frente al mismo televisor. 39 días y, por un rato, somos nación. El Mundial tiene ese poder. Le pone gafas al gobernante y le muestra, sin anestesia, lo que en cuatro años tapa con discursos.

Pablo Alabarces lo dijo sin adorno: “El fútbol narra la nación mejor que el Congreso, porque no pide permiso para existir”. Y es verdad. Al Congreso lo frena la falta de quórum, las tretas y los discursos vacíos. Al fútbol lo activa un grito y dos piedras como arco.

Esa ventaja no es nueva. Johan Huizinga ya lo había coreado: “El juego es más viejo que la cultura”. Primero fue el potrero. Después vino la ley. En el barro nadie pregunta por el apellido. El otro es el socio para la pared y el gol. La política divide porque llegó tarde al partido y con el árbitro arreglado.

Por eso ser país de regiones es una buena táctica. Antioquia no tiene que dejar de ser Antioquia para que el Chocó marque el gol. La jugada sale cuando la diferencia se vuelve pase y no codazo.

LO QUE SE OYE EN LA TRIBUNA.

Eduardo Archetti lo explicó desde la grada: “El fútbol no tapa diferencias, las pone a jugar juntas”. No separa al rico o al pobre. Los obliga a buscarse con un centro. En la plaza pública la diferencia es miedo. En la cancha es asistencia.

Por eso Christian Bromberger anota algo que se siente en la piel: “El estadio es la única plaza donde rico y obrero cantan sin decreto”. Afuera, el Estado te ordena marchar. Adentro, la pasión te levanta. Y esa no se impone. Se suda.

Norbert Elías entendió por qué aguantamos noventa minutos sin matarnos: “El deporte es un espacio de liberación controlada de emociones en sociedades que reprimen el conflicto”.

El estadio es la olla que suelta vapor. El conflicto se juega, se llora, se grita, pero nadie sale envuelto en bolsa negra. Afuera, en cambio, el político lo administra. Lo incita si necesita votos. Lo apaga si le conviene. Por eso la tregua dura lo que dura el partido. Suena el pitazo final y vuelven los mismos pirómanos, ahora con curul, a vendernos el fósforo. Un país que se abraza no les compra el incendio.

EL PRIMER TIEMPO: EL VAR NO MIENTE.

Mundial de fútbol y regiones: El var de la nación

Orlando Fals Borda nos leyó el partido hace rato: regiones fuertes, centro que manda. En el papel, la descentralización es discurso de posesión. En la nómina, el centralismo se come la torta.

Revisión del VAR: La Guajira nos prende el país con carbón y sus niños se acuestan con sed. El Pacífico nos da oro y puertos, y de vuelta le mandan tanquetas. Los Llanos producen petróleo y ruegan una vía sin huecos. La Amazonía le da agua y aire al planeta y en el presupuesto aparece en letra chiquita.

Arturo Escobar le puso nombre a esa trampa: el desarrollo crea periferia para justificar el centro. Y nosotros lo volvimos norma: el OCAD Paz, los contratos amarrados y una coima del 10%. Al Cauca le dicen “territorio complejo” para no tener que visitarlo.

Lo que Escobar llama periferia, David Harvey lo llama negocio: acumulación por despojo. Primero te alejan la escuela de la vereda. Después te venden la solución en un comité con queso y bocadillo. Para repartirse el país, ahí sí somos una sola Selección.

Pero el robo no es solo de tierra. Boaventura de Sousa Santos lo grita: hay epistemicidio. Borran el saber del pescador, la receta de la abuela, la lengua del mayor. Aníbal Quijano lo remata: eso es colonialidad del poder. La otra región no es hermana. Es bodega. Se extrae, se vacía, se olvida.

En la Selección hay táctica, hay técnico, hay banca, hay pasión. En el Cauca, el profesor rural dicta clase entre el barro, la lluvia y el fusil. Así nos va. Elegimos incendiarios, no estrategas. Por eso el VAR del fútbol es más poderoso que una tutela.

ENTRETIEMPO: CON EL MARCADOR EN CONTRA.

Sergio Villena Fiengo nos tomó la radiografía: morimos por la Selección. Nos damos palo y chuzo por un clásico de domingo. Pero si juega Colombia, todos somos familia. El problema es que nos gobiernan los que viven del clásico.

Por eso Osvaldo Soriano nos quedó corto: el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Le dimos la vuelta. Hoy la licitación de doscientos mil millones es un Consejo de Ministros en cadena nacional. El acueducto de un pueblo es “falta de gestión del alcalde”.

Así nos pasa. La Constitución la cantamos cada cuatro años, con la mano en el pecho. El resto del tiempo, los politiqueros, la interpretan a su favor.

Como diría Zygmunt Bauman, vivimos en modernidad líquida. Todo se escurre. Y nuestra unión del Mundial también. Nace con el himno, vibrante. Se evapora con el pitazo final, como si nada.

SEGUNDO TIEMPO: HAY QUE JUGAR CON LO QUE HAY.

Y sin embargo, la Selección nos da la clase gratis. Colombia es un 4-4-2 de regiones. Y no hay tutía. Sin el central del Cauca, grandote y rápido, no hay quien saque los balones de arriba. Sin el volante de Nariño, pensador, no hay quien ponga la pausa. Sin el delantero de La Guajira, rápido como el viento, no hay quien la mande a guardar.

Porque esto es un solo cuerpo. El eje cafetero no exporta un grano de café si Buenaventura no le abre el mar. Bogotá no legisla dos días si Chingaza le cierra la llave. El centro no desayuna si Boyacá no siembra.

Se gana con la diferencia en la cancha, no con decretos desde la capital. Que el Magdalena desborde y tire el centro. Que Putumayo piense y filtre el pase. Que Quindío muerda en la mitad. Que el Meta vuele por la banda. Que Caldas llegue y defina.

Pero gobernamos al revés. Como si el dolor del dedo chiquito no fuera problema de todo el cuerpo. Para repartir culpas sí somos descentralizados. Ningún equipo es campeón con once arqueros debajo del palo. Ningún país despega con treinta y dos republiquitas mirándose feo.

TIEMPO DE DESCUENTO: EL DEL HONOR.

Por eso Eduardo Galeano nos tira la toalla para que despertemos: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. El gol no cae del cielo. Se fabrica. Se suda. Se grita. Aplaudimos cada cuatro años. Nos enterramos todos los días.

Entonces, el tiro libre es este: el lío no es ser un país de regiones. El lío son los bomberos que nos vendieron el partido antes de jugarlo. Necesitan el camerino roto para cobrar por remendarlo. Prenden el incendio para salir en la foto apagándolo.

Usan la descentralización para morder el contrato en la región. Usan el centralismo para atornillarse al poder en Bogotá. Pero un equipo que toca de primera, que se conoce de memoria, no necesita al vivo bobo que esconde el balón.

Si once manes se pasan la pelota sin pedir peaje, podemos hacer política sin pedir favor. Organizar al país es simple. Es sacarle roja directa a los que viven del incendio.

PITAZO FINAL: PARA NO VOLVER A LO MISMO.

Lo cierra Valdano, que de esto sabe: “El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes. Pero también es lo menos importante entre las cosas más importantes”. Y nosotros lo hicimos al revés. Inflamos el partido del domingo. Vaciamos el agua, la escuela, la vida. Se nos arruga el alma por un penal errado. No por un niño que se muere de sed. Pusimos el país patas arriba. Volvimos ley lo banal. Volvimos trámite lo vital.

Por eso el Mundial no se gana con decreto presidencial. Se gana jugando como lo que somos. Una sola nación. Diferentes en el acento. Idénticos en el pase.

El VAR mostró: llevamos doscientos años en fuera de lugar. La culpa no es del árbitro. Es de los que cobran el saque de banda y se llevan el balón para la casa. La tarea es clara. Roja directa a los incendiarios.

Porque el gol que nos falta no lo mete un Mesías con la 10 en la espalda. Lo teje un país que por fin aprendió a tocar de primera. A mirarse. A creer. Sin trampa. Sin miedo. Sin esos hijueputas que beben whisky en la suite del estadio mientras el pueblo huele a potrero.

Ese gol no se grita. Se siembra. Y el día que germine, dejaremos de ser hinchas de la tragedia. Ese día, por fin, seremos nación.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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