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Jueves, 22 de octubre de 2026

Cómo los migrantes del Pacífico se mantienen conectados con su tierra

En un apartamento pequeño de Santiago de Chile suena una marimba de chonta por el parlante de un celular. A...

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En un apartamento pequeño de Santiago de Chile suena una marimba de chonta por el parlante de un celular. A esa misma hora, en São Paulo, alguien sirve arroz con coco y le encuentra un defecto. Nunca queda como en Tumaco.

En Buenaventura, Quibdó, Guapi o Timbiquí cuesta encontrar una familia sin un hijo, un hermano o una tía viviendo lejos. Son muchos kilómetros. Aun así, el lazo con los ríos y la costa del suroccidente se sostiene con gestos de todos los días, casi siempre pequeños.

Buena parte de eso es pura logística. Está la llamada del domingo después del almuerzo, para saber quién se casó, quién se fue y cómo amaneció el enfermo. Están las emisoras comunitarias por internet, donde suenan los mismos arrullos, alabaos y currulaos que se oían en la sala de la casa cuando uno era niño. Eso no se olvida por cruzar una frontera.

Dos rayitas de señal

La comunicación no siempre fluye. El que llama desde Cali, Bogotá o Santiago tiene fibra óptica en el apartamento. La mamá que contesta está en una vereda del Atrato o del San Juan, donde la señal entra por ratos y a veces toca subir a una loma para agarrar dos rayitas. La llamada se cae a la mitad. Se vuelve a marcar.

El grupo de WhatsApp de la familia termina haciendo de noticiero. Fotos de la pesca del día, notas de voz con ese acento que no se pierde ni después de diez años afuera, videos cortos de las fiestas. Para San Pacho en Quibdó, o para el Festival Folclórico del Pacífico en Buenaventura, siempre hay alguien que transmite en vivo la procesión o la comparsa desde su celular, y del otro lado alguien la sigue en Santiago con la misma devoción que si estuviera parado en la calle.

Hay horarios que se respetan como misa. En la vereda ya saben que el primo de Santiago escribe a las nueve de la noche de allá (las siete acá), cuando sale del turno, y que la sobrina de São Paulo manda los audios largos los sábados por la mañana. Audios de cuatro minutos que se escuchan tres veces. Y abuelas que aprendieron a mandar stickers antes que a leer un mensaje entero, porque alguien desde afuera les tuvo paciencia por teléfono.

Plata que va, encomiendas que vienen

Las remesas sostienen a miles de hogares del litoral. Con lo que manda el hijo se paga la comida, la droga del abuelo y el colegio de los sobrinos. Cuando el giro se atrasa, en la casa se nota enseguida: se fía en la tienda y la cita médica espera. Según cifras de la Cancillería, millones de colombianos viven en el exterior, y sus giros mueven la economía de pueblos donde la inversión de afuera casi no llega.

El intercambio va en las dos direcciones. Del Pacífico salen encomiendas con remedios caseros, hierbas de azotea, borojó, chontaduro y dulces que hicieron las mamás. Abrir esa caja en pleno invierno santiaguino y sentir el olor a hoja de plátano (o a viche, cuando el paquete pasa la aduana) es lo más parecido a un abrazo de la casa.

Vacaciones con la cuenta abierta en otro país

Brasil y Chile aparecen seguido entre los destinos de los jóvenes del Pacífico que buscan oportunidades de estudio o de trabajo. Allá la vida diaria pasa por otros bancos digitales, otras apps de transporte y otros trámites, todos atados a una residencia sudamericana.

El lío aparece en vacaciones. Pongamos el caso de Yesenia, que trabaja en São Paulo y baja a Buenaventura en diciembre. Su banco brasileño ve una conexión desde Colombia y, por precaución, puede bloquearle la app justo cuando tiene que pagar el arriendo de allá. Para evitarlo, mucha gente en su situación se conecta a un VPN server Brasil y entra con IP brasileña a sus cuentas. Lo deja prendido también en el wifi del terminal o del aeropuerto, que es abierto y no inspira mucha confianza. Así paga, transfiere o revisa el saldo sin que el sistema la marque como sospechosa.

Antes de salir conviene ahondar en qué es una VPN y cómo funciona, sobre todo para entender qué protege y qué no. Son diez minutos de lectura. Mejor gastarlos en la casa que en una sala de espera, con el celular en la mano y la clave bloqueada.

Diciembre en el muelle

Ninguna videollamada reemplaza el territorio. En diciembre se nota en los puertos y embarcaderos del litoral: la lancha rápida llega remontando el río cargada de maletas grandes, regalos para los niños y viajeros cansados que vuelven a pisar la madera de los palafitos o el cemento del muelle.

El que llega recorre el barrio y va notando los cambios. La casa que pintaron de otro color. La tienda que ahora tiene otro dueño. Lo demás sigue igual: la música en las esquinas, la sopa de pescado humeando en las cocinas, una mesa larga donde por fin caben todos. Amarrada al muelle, la lancha espera el siguiente viaje. En enero va a salir llena otra vez.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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